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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Un sargento en el turrón

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 16 de diciembre de 2010, 08:05 h (CET)
Nada, nada, que estamos todos como unas pascuas de contentos con la cosa ésta de que hayan militarizado a los controladores (ilegalmente) con el Estado de Alarma, y con que ahora prorroguen hasta enero (de momento, que verán que no) igual de ilegalmente ese mismo estado de buena esperanza por si acaso la lían estos pillines en Navidad y se nos atraganta el turrón, o por si quienes tienen una pasta y tal no pueden viajar. Muy bien, sí señor, y, aunque no se lo merecen tanto porque son viajeros son unos bindundis de medio pelo, también deberían militarizar por si acaso las empresas de viajeros en autocar y a los ferrocarriles de larga distancia, y aun si me apuran, aunque los usuarios sean unos pringaos que no merecen demasiada consideración, al metro y a los autobuses urbanos, que lo mismo a los trabajadores de estos medios de transporte les da por liarla y cantamos los villancicos en las terminales, estaciones o las marquesinas de las paradas. Y a los taxis, que no se olviden de militarizar a los taxis. Y a los zapatos, que lo mismo también se complotan para montarle al PSOE sabotajes delirantes y todo eso, y no está la Nochebuena para fandangos. Nada, nada, un sargento junto a cada conductor, con la mano en las pistolera en plan Billy the Kid y siempre preparado un vivísimo y ardoroso “Se sienten, ¡coño!”

Si es que no puede ser, que aquí, en cuantito te descuidas, van los ciudadanos y se creen que tienen derechos y que lo que dice la Constitución es para que lo cumplan los poderes. Al que se menee, no importa en qué ámbito laboral sea, ¡zas!, militarizado, para que aprendan que aquí no tiene derechos ni Dios. Dios, especialmente. Todavía hay ingenuos que se han creído que tienen derecho a otra cosa que a pagar, pagar, pagar y obedecer, cuando los derechos aquí son sólo cosa de los que maman a dos carrillos (con perdón) de las ubres del Estado, esté en Alarma o no. Por cojones, vaya. No se enteran estos inocentes civiles de nada, a pesar de los Elefantes Blancos que corretean cada tanto por nuestras calles, ni dan su OK Mackey a que ellos están sólo para el látigo y que ya se preocupan lo bastante los sociatas regalándoles cada tanto un hueso para roñar y que se entretengan, como el de los controladores, verbigracia, a quienes pueden perseguir con total impunidad y acosar como culpables de que estemos como estamos. Ellos, los controladores, no tienen derechos porque ganan mucho; los otros, los civiles, tampoco, porque están de paganinis… ¡y chitón que saco los tanques a la rúe!; pero los del Gobierno, sí, y sus tronquetes, puestos por los sociatas a capón y calzador en los puestos de privilegio de los pezones patrios para que mamen a base de bien, también, oiga, que está fetén (“¡señor, sus órdenes, señor!”).

Nada, nada, militarización activa total en plan Kosovo, en plan Líbano o en plan Afganistán, que para eso tenemos la práctica que tenemos ya llevando el botijo del Imperio y aquí hay mucho talibán que se cree que puede ser libre así, porque sí. Militares a tutiplén por todos lados, e incluso, para distinguir a los obsecuentes ciudadanos que balan (de balar) de los displicentes que debían ser balados (de bala), camisas pardas o rojas o azules, y boinas rojas o negras, según, y brazo en alto. De cómo hay que poner la mano, ya hablaremos, que variará del recio ademán patrio de la mano extendida al puño revolucionario (stalinista o bolivariano) según se vayan dando las cosas. Un sargento en cada comunidad de vecinos, en cada vagón de tren, en cada autobús, en cada vivienda y en cada puesto de trabajo. Un sargento, en fin, junto al portal de Belén, y un sargento en cada turrón. En la voz, vibren las canciones patrias “¡A las barricadas!”, “¡Ay, Manuela!” o “Montañas Nevadas”, ya veremos, en vez de esos memos villancicos que refieren aventuras de dioses que no existen o de vivas a una vida neonata que en breve será proscrita para que vivan como reyes los criminales, los terroristas que son buenos chicos y hombres de paz, y todos aquellos a quienes les gusta el bacalao a base de bien. ¡Que cante el Faisán!

Los tiempos cambian, y las crisis son buenas para implantar un porvenir de Montañas Nevadas ahora que estamos en invierno, aunque sea untando las guardas de los otros coleguis políticos de las periferia en plan Berlusconi para poder dar cierta cobertura de apariencia legal a los atropellos contra toda esta borregada que no puede revolverse ni indignarse porque ya está atada y bien atada a un crédito hipotecario y a un empleo basura, si es que no al desempleo o al hambre. Esto marcha, en fin, y, en poco tiempo, podremos comenzar a meterle mano de veras a todos los problemas que nos aquejan de verdad, ahora que tenemos disciplina castrense: acabaremos con el desempleo, permitiendo que mueran de inanición (o fusilados) esos cinco millones de parados y sus familias, a los que se les ha negado el pan y la sal en beneficio de los muy ricos y más caraduras; y acabaremos con lo poco que quede de español, vendiendo a la barata a las mafias italianas o rusas lo que nos quede y dé beneficios, como loterías y tal; y nos integraremos en el mundo modernísimo del “por el Imperio hacia Satán” que tanto mola en esa Europa y ese Club que nos domina desde las logias, al ritmo gregoriano de emocionantes liturgias en que se reparten a mansalva acídulas hostias tintas en sangre inocente en estas misas negras del poder de los advenedizos.

Prietas las filas, triunfaremos aunque se fracasara el 23F, porque tenemos la oportunidad de corregirlo con este memorable 3-12 (números masones). Pongamos, pues, un militar en nuestra vida y sentemos un militar a nuestra mesa esta inefable Navidad: que dichosamente vibre un sargento chusquero en el turrón. Feliz Navidad, ¡imbéciles!, y marcial 2011, ¡ar!

Y los hay que sueñan con elecciones, anticipadas o no: ¡ingenuotes!...

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