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Etiquetas:   The Washington Post Writters Group   -   Sección:   Opinión

La llorona de la cámara

Ruth Marcus
Ruth Marcus
jueves, 16 de diciembre de 2010, 07:55 h (CET)
WASHINGTON - El presidente de la Cámara nos salió rana.

No, la presidenta de la Cámara no - el presidente. El próximo presidente de la Cámara, el legislador Republicano de Ohio John Boehner, resulta ser un auténtico torrente emotivo. Primero en medio de su discurso de victoria la noche electoral, luego, más ampliamente, durante su entrevista el pasado fin de semana en "60 Minutes".

Boehner se hizo un nudo en la garganta al hablar de "perseguir el sueño americano". Se hizo un nudo hablando del orgullo de su mujer a tenor de su inminente presidencia legislativa. Se hizo un nudo hablando de hacerse un nudo en la garganta.

"No, no, mi nariz gotea", insistía Boehner de manera nada convincente mientras buscaba un pañuelo. Es tan dado a la lágrima, reconocía Boehner labios temblando, que "ya no puedo ir a la escuela... Veo todos esos chavalillos corriendo por ahí. No puedo hablar de ello". Y no pudo, literalmente.

Me sería fácil, desde mi perspectiva política, ponerme ahora sarcástica -- ya sabe, rompe a llorar por el sueño americano y luego vota contra la prestación por desempleo, solloza por los niños y luego rebaja drásticamente el gasto escolar.

Siento decepcionar, pero no voy por ahí. Tengo debilidad por los llorones.

De hecho, como mi a menudo sufrida familia puede dar fe, soy una tocaya llorona empedernida. De manera que me gustaría celebrar la llegada del próximo presidente lastimoso y esperar que ayude a hacer del mundo un lugar seguro para el berrinche público. Aquellos de nosotros con problemas en el conducto lacrimal podríamos ser la última minoría que queda de la que es socialmente aceptable burlarse. Puede escuchar la nota de desprecio en la voz de la periodista televisiva Lesley Stahl mientras pregunta a Boehner por lo suyo.

"Venga, qué ha sido esta veeez..." preguntaba a Boehner. "¿Llora todo el tiempo?" pregunta a la mujer de Boehner en el amable tono de una pediatra de cabecera preocupada porque uno de los chavales puede tener algo de retraso.

Boehner no pretendía ser avergonzado por su lloriqueo, aunque no fue convincente del todo -- véase la excusa del goteo de la nariz arriba. "Yo sé quién soy", dijo a Stahl. "Me siento cómodo en mi piel, y todo el mundo que me conoce sabe que me emocionan ciertas cosas".

Y esto me lleva a mi segunda idea: la paradoja de llorar en público. En términos generales, se considera más aceptable en el caso de las chicas que en el de los chicos, menos humillante para las mujeres que para los hombres. Piense en la reacción positiva despertada por Martha-Ann Alito después de abandonar llorando el Comité Judicial del Senado durante la vista de confirmación al Supremo de su marido.

En el caso de las figuras públicas, sin embargo, la situación se invierte. En estos tiempos, los políticos disfrutan de libertad para llorar -- un poco, en todo caso. Desde la ocasión en que la campaña presidencial de Edmund Muskie pudo resultar torpedeada por unas cuantas lágrimas -- quizá copos de nieve fundidos - ha llovido mucho. La lágrima humaniza. Le desafío a ver a Boehner luchando por mantener la compostura y que no le caiga mejor por ello. En todo caso, Barack Obama puede beneficiarse un poco llorando más.

Las mujeres en política, en contraste, aún tienen que guardar las formas -- momento casi olvidado de Hillary Clinton en New Hampshire aparte. Esa fue la excepción que confirma la regla: Pocos dudaban de la dureza de Clinton y el llanto sirvió para acercar su imagen.

Pero otras mujeres en política repartidas por el espectro entre Nancy Pelosi a Sarah Palin comprenden que es peligroso mostrar alguna debilidad o vulnerabilidad. Las políticas de verdad no lloran. Sienten la necesidad - y esta es la menos favorita de mis frases modernas - de aguantar el tipo.

Considere la forma en que Pelosi sentenció las lágrimas de Boehner. "¿Sabe qué? Es famoso por llorar", decía tras el episodio de la elección de Boehner. "A veces llora cuando estamos debatiendo anteproyectos. Si lloro, es por la pérdida personal de un amigo o algo parecido. Pero cuando se trata de política - no, no lloro".

Palin, de la misma manera, no llora. Vea su club de pesca o de caza del reno. Pasé los canales tras el lacrimeo de Boehner y vi a Palin poniendo a caldo a Kate Gosselin por hacer pucheros a causa de los rigores propios de acampar al raso en Alaska.

Así que se me ocurrió que las damas de "The View" estaban equivocadas -- y que hicieron un flaco sabor a la mujer cuando se cebaron con Boehner. Debieron haber celebrado su lágrima fácil y defendido la paridad en el llanto.

"La llorona de la Cámara", decía Joy Behar como haciendo pucheros.

"Este tipo tiene un problema emocional", decía la presentadora Bárbara Walters, siendo ella una famosa de entrevistas de lágrima fácil. "Cada vez que habla de algo que no sea 'subir los impuestos', se echa a llorar".

Bárbara, tú eres la menos indicada para hablar así. Sr. presidente, estoy con usted. Tenga un pañuelo.

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