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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Una presa equivocada

Manuel Olmeda
Redacción
miércoles, 15 de diciembre de 2010, 13:01 h (CET)
Plauto, hace más de dos mil doscientos años, sentenciaba: "Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit". Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro. Thomas Hobbes, en el siglo XVII, resumía una frase parecida: "Homo homini lupus". El hombre es un lobo para el hombre. Ambos debían conocer a fondo el alma humana, tanto en su envoltura individual cuanto colectiva. Creo, no obstante, que las referencias arrastran una notable carga social. El lobo evidencia su peligro en grupo, cuando caza, a la hora de hincar el diente. Jamás lo hace en solitario, sería inútil. Mata para comer y lo consuma junto a otros por necesidad El hombre lo hace, real o metafóricamente, por placer, aun por inconsciencia; junto a otros, casi siempre, de manera cobarde.

Mi labor educativa, a lo largo de cuarenta años, me ha permitido constatar (en propia carne) la razón que amparaba las lucubraciones de tan preclaros pensadores. Cuántas veces hemos sufrido masivas quejas airadas, incluso violencia, sin comerlo ni beberlo. No éramos el sujeto agente provocador del conflicto, de ese odio impelido que reflejaban con gran plasticidad rostros crispados por la cólera. Pagábamos el pato como aquel alguacil que recibía las bofetadas en nombre del corregidor y cuando le indicaba a éste el agravio, la respuesta, invariable, era: "pues ahí me las den todas". Esta situación -injusta y lamentable- puede trasladarse al conjunto de funcionarios: médicos, policía, guardia civil, etc. Alguien ansía concebir, probablemente alentar, que "en el pecado llevamos la penitencia". Hiriente e inmerecido adosamiento, en este caso. ¿Qué motivo o designio se ha de argüir para vernos obligados, tácitamente, a exponer nuestras posaderas cuando los azotes deben ir dirigidos a la Administración? ¿Acaso los empleados públicos tienen cubierto un plus de peligrosidad o plácet punitivo?

El reciente caos aéreo nos ofrece una espléndida, a la par que inicua, lección de cuanto llevamos dicho. Los controladores, auténticos conejillos de indias, no fueron negligentes ni otros apelativos menos decorosos; eligieron una senda errónea, confiaron (sin base alguna, con crédito irracional) en la masa, juzgaron mal el sentido de su furia. Si hubiesen designado estratega jefe a un funcionario -diestro a palos, cual médico de Molière, en dinámica social- hoy no estarían pasando el calvario que los envuelve; detestados cual madrastra de cuento infantil, nunca mejor dicho. No quiero defender al colectivo rico en estipendio, docto en explorar espacios exteriores, mas indigente, asimismo, sorteando vericuetos humanos. Persigo algo menos conflictivo; pretendo, para compensar, romper una lanza a su favor. Deben quedar pocas intactas tras la quiebra masiva que se efectuó en la huelga del metro madrileño, recabando apoyo para unos sindicatos y una acción mucho más gravosos, sin olvidar el tono pendenciero de sus prédicas: "vamos a reventar Madrid". Sólo el ademán la hizo meritoria de conjuntar los tres estados de excepción. El Consejo de Ministros (qué maravilla) consintió. Sus dictámenes, denuedos y decretos se gestan por impulsos afectivos.

Lejos de adentrarme en la problemática laboral -ya lejana, viciada- de los controladores (que no conozco, por tanto no examino), el gabinete, concretamente el señor Blanco, debería haber puesto tasa definitiva a sus reivindicaciones con prelación. Tuvo para ello casi un año. Sueldos, horas, circunstancias, alternativas, etc. Escudarse ahora en el argumento fácil de que fue Aznar quien motivó el horizonte actual, no resta un ápice de incumbencia a un gobierno añejo. Desconozco si por ineptitud (así lo parece), por estratagema difuminadora de diferentes perfiles diseñados en taller privativo o por todo ello, el gobierno -lo sospecho autor mediato e intelectual, quien acopia mayor delito- desplegó un avispero que le ha obligado a establecer el Estado de Alarma, un recurso que retrotrae a tiempos pasados, genera no pocos temores, empobrece derechos constitucionales y propala una imagen nada atractiva en los países de nuestro entorno. No debe uno, pues, fijar los dardos dialécticos, ensañarse con los controladores; en esta ocasión cabezas de turco que redimen vicios ajenos.

El individuo se determina no por concebirse animal racional, sino por su efecto: ser libre. La libertad y el hombre se conjugan mediante una proporción directa. No hay poder que no sea liberticida. Por este motivo, yo arremeto a priori contra él (acromático pese a santones que predican lo contrario) y el establishment necesario para sustentarlo. Luego, efectuada honda deliberación, siempre encuentro fundamentos para seguir haciéndolo.

Cuando mordemos al próximo (prójimo), cuando la dentellada queda rastrera, cuando, henchidos de candor, imaginamos estar revestidos con atributos de poder, entrar en su campo magnético, hemos equivocado la captura. ¿Ha utilizado la mesura, el entendimiento, algún político o felón aprehendido al establishment -villano auto estafado- al opinar de los controladores? Estos no hunden el país; ciertos próceres sí. No nos engañemos: el poder jamás se confunde de presa.

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