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Etiquetas:   El rincón del niño voltio   -   Sección:  

Yo canto.Tú cantas. Ellos no cantan

Fernando Nuñez
Fernando Nuñez
miércoles, 15 de diciembre de 2010, 08:31 h (CET)
Que Hollywood sufre sequía de ideas no es ningún secreto. Atrás quedaron esos años dorados en los que guionistas de prestigio creaban obras originales, personales, inéditas. Obras con las que conseguían hacernos soñar sumidos en la oscuridad de la sala de cine. De las mentes de un puñado de buenos escritores surgían cada año cientos de historias románticas. De aventuras. Épicas.

Dramáticas. Aterradoras. Historias nunca contadas. Historias nunca vistas.

Pero aquellas mentes que antaño regaban el panorama cinematográfico con creatividad y sorpresa, ahora se han secado para siempre. Se han vuelto vagas. O les han obligado a serlo. Con algunas notables excepciones, el guionista de hoy se ha convertido en un mero adaptador. Videojuegos. Textos teatrales. Cómics. Remakes. Obras literarias de éxito. A eso se reduce la producción de un Hollywood cobarde y falto de iniciativa. Un Hollywood que apuesta a caballo ganador, pisoteando y pasando por encima de cualquier atisbo de autoría. De cualquier resquicio de novedad.

Por eso no es de extrañar que en los últimos años haya resurgido con fuerza el biopic. Esa suerte de biografía en imágenes de personajes célebres. Célebres por su carrera artística pero también por su tortuosa vida, pues si no hay morbo no hay beneficios. Uno de los más esperados es, sin lugar a dudas, el que está preparando Universal Pictures sobre Milli Vanilli. Ese dúo de ébano, que protagonizó uno de los mayores escándalos que se recuerdan en la industria musical, tendrá su propia película. El proyecto lleva desde 2007 dando tumbos por los despachos de la productora. Y parece que por fin podría ponerse en marcha. Lo cierto es que la historia del grupo tiene lo suyo…

Tanto Pilatus como Fabrice Morvan eran dos bailarines excepcionales. Incluso llegaron a formar parte del cuerpo de baile que acompañaba a esa cantante que tantas alegrías nos dio, especialmente en una Nochevieja memorable donde sacó a pasear un pecho enorme y morenito al ritmo de su ‘Boys, boys, boys’. Sí, la misma. Sabrina Salerno. Esa italiana cachondona que humedeció los sueños de medio mundo.

Por aquel entonces el productor Frank Farian quería lanzar al mercado un nuevo grupo pop. Y se fijó en ellos. Ese rostro exótico, esos cuerpos fibrados, esas largas extensiones, esos movimientos sexuales. Todo eso era lo que estaba buscando el bueno de Frank. Así, les propuso a los dos jóvenes formar parte del proyecto y ellos aceptaron sin pestañear. Pilatus y Morvan, además de tener el don del ritmo, tenían unas ganas locas de triunfar sin importar ni el precio ni la disciplina. Encontraron en Frank lo que tanto tiempo habían buscado.

Quedaron para hacer una prueba de voces. Algo rutinario. Y surgió el problema. El productor se dio cuenta de que sus dotes musicales eran más bien escasas. ¿Qué hacer? Frank Farian, que de marketing sabía mucho, no se amedrentó. Les colocó unas lentillas de colores, les sometió a una sesión de chapa y pintura, y se puso a buscar las voces de aquellos que podrían encajar con los dos bailarines. Pilatus y Morvan pondrían la cara y moverían los labios. El playback aupado a la categoría de disciplina artística. El playback en todo su esplendor. Así nacía Milli Vanilli.

Todo salió a la perfección. Pronto comenzaron a copar las listas de éxitos de medio mundo. A vender millones de discos. Incluso a ganar un Grammy en 1989 al mejor nuevo artista musical. Y el éxito se les subió a la cabeza. Especialmente a Pilatus, quién comenzó a tontear con la cocaína y a tener un comportamiento raro, raro, raro. En una entrevista, embriagado de fama, llegó a decir que Milli Vanilli eran mejores que Elvis, Dylan o los Beatles. Las risas de la prensa musical todavía hoy se pueden escuchar retumbando por todos los rincones del planeta.

Pilatus y Morvan, creyéndose los reyes del mambo, presionaron a Frank Farian para sacar un disco con sus propias voces. Fue entonces cuando el productor, cansado de sus exigencias y manías, convocó en 1990 una rueda de prensa y confesó que el grupo no había cantado ni una sola nota en ninguno de sus discos. Y la bomba estalló. El escándalo impactó a todo el mundo. Milli Vanilli fue obligado a devolver el Grammy que ganaron el año anterior. Hecho insólito, pues nunca antes había ocurrido algo similar. Obviamente se les rescindió el contrato. E incluso la compañía y distribuidora de sus discos se comprometió a indemnizar a aquellos que habían gastado sus cuartos comprando un vinilo del grupo o asistiendo a sus conciertos. Comenzó así su descenso a los infiernos.

En 1993, Pilatus y Morvan se reagrupan bajo el nombre ‘Rob y Fab’, en un intento por demostrar que ellos podían cantar. Que no eran simples caras bonitas y que tenían mucho que decir en la industria musical. Que habían sido las víctimas del tirano Farian, que nunca les dejó expresarse, pero que en realidad sabían lo que era un Do. Sin embargo, su credibilidad no estaba como para echar cohetes. Se les seguía viendo como los farsantes que intentaron venderle la moto a todo el mundo. Como los cantantes mudos. Como dos estafadores. Como un fraude. Y el disco sólo vendió las copias que se dignaron a comprar sus familiares y amigos. Fue un desastre descomunal.

Desde entonces Pilatus no levantó cabeza. Inmerso en una rueda de drogadicción y violencia, fue detenido en innumerables ocasiones por asaltos, vandalismo, posesión de drogas… Esa espiral de autodestrucción culminó en el año 1998, cuando fue encontrado en un hotel de Frankfurt con una sobredosis de cocaína y alcohol. No pudo afrontar el hecho de ser una estrella caída.

Por su parte, Morvan dio un giro surrealista a su vida. Decidió que, para pagar las facturas y sus clases de canto, se metería a profesor de francés en una escuela de idiomas. Los alumnos debían alucinar al comprobar que su profesor era el ex-Milli Vanilli. Y el cachondeo debía ser generalizado. Lo cual no pareció afectar en nada a Morvan, porque al poco tiempo comenzó a cantar en pequeños pubs de Los Ángeles. Y ahí sigue. Intentando que las discográficas se fijen en él.

Ya lo decía la profesora sargento del bastón. La fama cuesta.

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