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Guionista de mesa

Luis López
Luis López
martes, 14 de diciembre de 2010, 09:02 h (CET)
La consideración del guión cinematográfico como obra de arte está dentro de todas las dudas posibles. No obedece a unos cánones estéticos propios de la literatura, aunque pueda contener pasajes de alto valor artístico. Es una expresión para otro medio. Sirve como manual de instrucciones, una vez desglosadas las secuencias que lo dividen, a todo el equipo técnico dentro de un rodaje, además puede ser modificado durante la preproducción y la postproducción, para llegar al destino que lo concibe, la obra visual. A veces del guión aprobado al metraje final hay tantas diferencias que resulta difícil definir la autoría, aunque los créditos digan lo contrario.

Sirve también para que el equipo artístico compuesto por todo el elenco actoral dé vida a los personajes que en él se desenvuelven. La obra teatral, que sí es publicada y difundida como literaria, contiene de igual forma personajes que evolucionan a través de un conflicto esgrimido en diversos actos, con una estructura similar; planteamiento, nudo y desenlace. Este nexo es asimismo vértice de su gran diferencia, la unidad básica de significado. La palabra en teatro, la acción en el guión. El cine convencional son 24 fotogramas por segundo, en los cuales el actor lucha por su objetivo a través de sus acciones, no a través de su parlamento. El peso del papel reside en la impresión de su movimiento físico o emocional. La puesta en escena de una película gira en torno a estas percepciones, menos trascendentes en teatro, donde la proyección del actor, está más unida a que el espectador de la última fila sea igual de partícipe que el de la primera, a través de su voz.

El guionista quizás pueda compararse al arquitecto que diseña un edificio. Trabaja con conceptos e ideas que desarrolla sobre un papel, que tampoco será publicado pues no es dibujo artístico, para luego ser levantadas por el director o arquitecto técnico, que tendrá que lidiar con todos los departamentos o gremios durante el rodaje u obra. Pero mientras el guionista vive aparte la ejecución de su proyecto ajeno a este proceso, el arquitecto suele ejercer su protagonismo creativo en las llamadas “visitas de obra”. Ambos elucubraron una aspiración concreta, son el máximo conocedor de su criatura, aunque a ningún productor juicioso se le ocurriría que su guionista contratado fuera al rodaje. En cambio, cualquier promotor cabal considera indispensable que su arquitecto contratado acuda frecuentemente a la obra que ha parido.

No es que un escritor cinematográfico sepa menos de su área de trabajo que un maestro alarife, pues tras plantear sobre papel el fruto de su imaginación, las labores más específicas son realizadas por personal cualificado en ambos casos. Es una diferencia de control sobre el producto final que se adquiere en un contrato, desempleando al guionista nada más terminar su escritura. Lo normal durante cualquier producción es que el proyecto cambie a medida que avanza, debido a incompatibilidades presupuestarias, deseos del cliente a última hora, o fallos del plan inicial pasados por alto en primera instancia. Aún así, rara vez estará el guionista presente en las soluciones que se adopten, ni siquiera se le consultará si puede aportar algún arreglo una vez aparezca el problema. Es tarea del director y el productor resolver las dificultades de rodaje. El guionista no está autorizado para realizar “visitas de obra”.

La escritura cinematográfica requiere visualizar la película en primera instancia y sus componentes que la forman. Un buen guión contiene información para todos los departamentos desde la fotografía e iluminación hasta sastrería y vestuario. En sus páginas puede encontrarse la música diegética, indispensable para el desarrollo narrativo de los hechos, y el modelo y pintura del coche que el actor protagonista lucirá en escena para que luego muchos lo compren. El guión lo incluye todo, mientras el guionista está excluido cuando teclea la palabra Fin.

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