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Despertares

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 14 de diciembre de 2010, 08:21 h (CET)
Cuando el duque de Gandía, Virrey de Cataluña en tiempos de Carlos I, presenció los restos mortales de la bellísima Emperatriz Isabel, comprendiendo al punto la volatilidad de la vida humana y lo efímero de su vanidad, pronunció su famosa frase “Nunca más servir a un señor que se pueda morir”, y al punto repartió sus bienes, abandonó cuanto tenía e ingresó en la Compañía de Jesús, alcanzando el otro virreinato espiritual con el aura ya de san Francisco de Borja.

Las conversiones, que no son sino una profunda toma de conciencia de la realidad, suelen producirse de forma inopinada, violenta, fulminante, lo mismo derribando a impetuosos caballeros de sus alazanes como íntimamente abriendo llagas de luz de las más cernidas tinieblas de algunas almas. El perseguidor, así, se convierte en perseguido, el negador en asertivo y el agnóstico en creyente. La imagen y el reflejo, confrontar la realidad con el deseo, no suele ser sino un acto inconsciente que a veces conduce a descorrer el velo que cubre la esencia de la vida y su condición.

Cada individuo subjetiva el orden y el mundo en virtud de su propio criterio, que no es sino una distorsión de la realidad que lo sumerge en un intrincado laberinto en el que nadie entiende a nadie porque los términos comunes tienen significados distintos: el ideológico, el del interés vital, el del propio punto de vista… Si decimos sociedad, ¿todos entienden lo mismo, o acaso dibujan en sus mentes modelos incluso antitéticos?..., ¿y si decimos patria, orden, fe, libertad o cual otra palabra que se concreta y condensa en los valores de cada individuo?... Los hechos, incluso, son valorados de forma diferente si son distintos los observadores, porque la objetividad sólo –y no siempre- concierne al pasado, si es que el pasado es lejano.

La sociedad -nuestra sociedad- hoy se contempla a sí misma frente al espejo, y, por lo enorme del cambio de paradigma que a un nivel global se está verificando, se encuentra particularmente confusa, por igual misoneísta con su sino como alentada a una conversión radical de sus principios. Nada es lo que fue o lo que creíamos que era, y quienes ayer defendieron unos valores determinados, hoy se empeñan con inusitado afán en conculcarlos, habiendo envuelto sus actos en ambos casos con iguales hermosas palabras y con parecidos poderosos argumentos. ¡Hasta el diablo tiene argumentos para renunciar al cielo!, como John Milton refirió en El Paraíso Perdido.

La sociedad, en fin, borracha de progreso, trastabilla ahora en la oca soledad de la noche bajo la mortecina luz de unas farolas que apenas si alumbran los charcos sobre los que se tambalea. Los licores de la codicia y la vanidad, si es que no de la soberbia, entenebrecieron el pensamiento y creyó el hombre que podría llegar en ascensor al cielo. Sin embargo, al cielo se sube andando y es muy larga y muy penosa la escalera. Ha llegado la hora de despertar, y, aún con los oídos zumbando por el resonar de la música y las palmas, se enfrenta el hombre común, la sociedad, a la realidad más cruda: todo fue un sueño, desenfreno, locura propiciada por el alcohol o las drogas. No éramos tanto, no fuimos lo que creímos, seguimos siendo nada. Y, con rencor o con dolor, como con sordina, vamos comprendiendo que la fiesta ha terminado y que descendemos del nuevo al mundo de nieblas, de oscuridad y de charcos: los derechos que creímos conquistados, se nos niegan; quienes dijeron querernos, nos odian; los que anunciaron con trompeterías el fin de las clases sociales, las reinstauran, y niegan el pan y la sal a los débiles y a los trabajadores les devuelven al hambre y al látigo; y los que nos dijeron patria, nos dicen circo.

La belleza de aquella a quien admiramos con singular pleitesía, acaso imaginándola tendida en el lecho seduciéndonos con la voluptuosidad de su geometría, es nada más que un cadáver cuya carne agusanada se retrae, mostrándonos sin ambages la extrema horridez de la muerte y la efímera validez de la hermosura, el deseo y la vida frente a la eternidad de la desolación y la nada. Tiempo que pintiparado para la conversión, o para la reflexión al menos, acerca del paradigma de lo que imperará mañana. Vuelven los mercaderes del voto –los que ni sufren ni penan las miserias de la vida- a referirnos la belleza de su dama, a reclamarnos el deseo y el ansia y a ofrecernos el oropel y la soflama; pero tal vez, sólo tal vez, para muchos sea el momento de saber que nunca se debe servir a un señor que se pueda morir. Nuestra, pero libre, es la elección de tener algo para siempre: o belleza, o gusanos.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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