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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El fantasma que persigue a Obama

E.J Dionne
E. J. Dionne
martes, 14 de diciembre de 2010, 08:15 h (CET)
WASHINGTON - El declive estadounidense es el fantasma que persigue a nuestra política. Esto podría ser la ruina del Presidente Obama - o puede proporcionarle la oportunidad de vigorizar su presidencia.

El miedo a la decadencia es una crónica americana con solera. El fatalismo campaba a sus anchas a finales de los años 70 y principios de los 80. La estanflación, la crisis de los rehenes iraníes, la inquietud motivada por la economía de Japón entonces pujante o la invasión soviética de Afganistán, todo parecía ser indicadores de unos Estados Unidos que ya no controlaban su destino.

Estos temores se disiparon durante la década de los 80 y, al margen de los defectos de sus políticas, Ronald Reagan presidió la restauración del ánimo estadounidense. Su anuncio "Morning in America" de 1984 fue políticamente brillante pero también fue un himno a una confianza americana renovada.

George H.W. Bush le siguió, y merece el gran mérito de su gestión de la Guerra del Golfo y la transición internacional en general tras el derrumbe de la Unión Soviética. Bill Clinton aprovechó los presupuestos impopulares pero necesarios de Bush y restauró la solvencia de la administración federal al tiempo que también actuaba como azafato atento de la influencia estadounidense y de nuestra imagen en el exterior. A Charles Krauthammer, mi colega columnista, le gusta referirse a la década de los años 90 como "las vacaciones de la historia", pero la verdad es que el poder estadounidense alcanzó sus cotas más altas con Clinton. Si eso son vacaciones, nos hacen falta más vacaciones así.

La sensación fatalista actual se deriva de la impresión generalizada de que durante la primera década del nuevo milenio, nuestro país desperdició sus ventajas internacionales, degradó su influencia con una larga e innecesaria implicación en Irak, echó a perder las cuentas del gobierno federal -- y luego vio su economía devastada por la peor crisis económica en 80 años. Todo esto sucedió a medida que China especialmente pero también la India empiezan a rivalizar con la superioridad estadounidense. Los estadounidenses intuyen que algo marcha tremendamente mal, y se sienten plenamente justificados en su alarma.

Obama salió elegido por muchas razones en 2008, pero el deseo subyacente del país de invertir esta impresión de declive fue central en su victoria. Piense en el énfasis de sus carteles sobre "Esperanza" y su consigna "Cambio en el que podemos creer". Por diseño o por fortuna, las palabras "cambio" y "creer" fueron respuestas concisas a la crisis espiritual que engendraron los miedos a la pérdida de supremacía y que explican el matiz casi religioso de la cruzada de Obama.

Los fracasos más estrepitosos de Obama durante sus dos primeros años no residen en no saber captar por completo la oportunidad que crea este anuncio de crisis o en no apreciar que se le estaba pidiendo más que arreglar la economía.

Por supuesto adoptar medidas prácticas y difíciles para evitar el derrumbe financiero fue la principal prioridad de Obama. Y, sí, una buena parte de la tónica nacional se puede explicar mediante las miserables cifras del paro. Sin embargo, la llegada de movimientos nacionalistas de derechas -- y el movimiento fiscal tiene tanto de nacionalismo asertivo como de libertad -- habla del deseo del país de seguridad en poder conservar su posición de liderazgo en el mundo. Lo mismo dice el tenaz diálogo de sus potenciales rivales Republicanos acerca de América como nación excepcional.

Obama compone su retórica con menciones a competir y ganar en el siglo XXI, y con frecuencia insinúa que China está haciendo cosas que nosotros no hacemos (energías, transporte público y educación, por ejemplo). Lo que brilla por su ausencia es un llamamiento coherente a la reforma y la restauración que sea patriótico y desafiante sin contemplaciones.

Precisa una narrativa propia sobre el excepcionalismo estadounidense. No se pretende que Estados Unidos pueda ocupar exactamente la misma posición que disfrutaba antes de la llegada de China. Pero su visión haría hincapié en que no es el destino de nuestro país ser otra más de las potencias globales de la historia que se asomaron a la impotencia a medida que su influencia y su estándar de vida descendían.

Obama debería insistir aún más en utilizar la rivalidad con China como acicate, de manera muy parecida a como John F. Kennedy se valió de la rivalidad con la Unión Soviética para "volver a poner en marcha el país" tanto nacionalmente como en el exterior. Hay prioridades más importantes que conservar bajos los tipos fiscales de los ricos, inquietudes estratégicas más importantes que Irak o incluso Afganistán, y motivaciones políticas más atractivas que los ataques crudos contra el gobierno o el miedo a los nuevos inmigrantes, al islam, o a nuestra diversidad como nación. Y todos vamos a estar juntos en esta iniciativa solamente si todos nuestros ciudadanos saben que van a tener oportunidad de compartir el éxito de una América que sale del agujero.

Para Obama, la renovación política exige una campaña audaz y tenaz por la renovación nacional. Esto pondría en entredicho a sus rivales políticos. Pero más importante aún, nos retaría a todos nosotros.

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