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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

¿Quién está siendo Melindres?

E.J Dionne
E. J. Dionne
martes, 14 de diciembre de 2010, 08:02 h (CET)
WASHINGTON - ¿Qué piensa el Presidente Obama de los que se dejaron sangre y sudor para tramitar los anteproyectos de leyes de él en el Congreso (perdiendo en algunos casos las elecciones de este año a su pesar) mientras le defienden de las desproporcionadas acusaciones vertidas por la derecha? ¿Entran en la categoría de los izquierdistas a los que describía como "mojigatos" por anhelar "la satisfacción de tener una posición purista y no anotar ninguna victoria para el pueblo estadounidense"?

Las declaraciones de Obama te hacen preguntarte: ¿Con quién piensa poder contar mientras los conservadores tratan de derogar la reforma sanitaria, imponer recortes a programas que él apoya, abrir investigaciones a su administración hasta justificar el último lápiz y que siguen denunciándole como un socialista antiamericano?

Un lugarteniente de Obama insistía en que el presidente no estaba atacando a los izquierdistas. Sólo estaba respondiendo a los que le condenan como "un vendido" por una reforma fiscal que logra muchos objetivos progresistas al precio de ampliar deducciones fiscales a las rentas altas y que entrega insultantemente miles de millones a personas muy ricas que heredan grandes fortunas.

Pero simultáneamente la Casa Blanca también enviaba indicaciones de estar posicionando conscientemente al presidente como un bombero centrista en una nueva interpretación de la vieja estrategia "carambola a tres bandas" de Bill Clinton.

Esto sugiere que Obama está totalmente satisfecho de ver a los izquierdistas indignados públicamente, y más satisfecho aún de ver a ciertos políticos Republicanos y colectivos de derechas, sobre todo el Senador de Carolina del Sur Jim DeMint y el Club del Crecimiento, salir también en contra del arreglo fiscal. No hay como ocupar las sublimes cumbres de la moderación, especialmente en lo que se refiere a la opinión generalizada en Washington.

Lo que resulta más llamativo del arreglo de Obama con el secretario de los Republicanos en el Senado Mitch McConnell es el grado al que no hace sino reforzar la imagen de Obama como un iniciado bombero tecnócrata. Resulta que negociará con cualquiera para obtener lo que le parece sensato.

El problema es que este enfoque traiciona la necesidad de presentar un argumento sólido en defensa de sus objetivos generales y rechaza la idea de que algunos "enfrentamientos", un término que Obama utiliza con desprecio (menos, tal vez, cuando él critica a los de izquierdas), son instructivos y pueden ayudar a lograr el cambio a largo plazo.

A corto plazo, Obama hizo más de lo que esperaban la mayoría de los izquierdistas. Es buena noticia que esté centrado en la necesidad de dar otro empujón a la economía, incluso si parte de las medidas que incluye el acuerdo no son muy estimulantes.

El resto de la batería de medidas traslada beneficios tangibles a los parados y los contribuyentes de rentas medias y bajas. A cambio de alrededor de 100.000 millones de dólares a los ricos, Obama obtiene 197.000 millones de dólares en prestaciones que solicitaba para los que no lo son y 146.000 millones de dólares en deducciones fiscales al sector privado para generar empleo, además de una ampliación de la bajada tributaria a la clase media por valor de 280.000 millones. Muchos Demócratas insisten en que los Republicanos habrían tenido que ceder con el tiempo a medidas de apoyo a la clase media; la administración no está tan segura.

Estas concesiones sustanciales han inducido a muchos legisladores de izquierdas -- Bob Greenstein, del Centro de Prioridades Legislativas y Presupuestarias; John Podesta, del Centro para el Progreso Americano; y Larry Mishel, del Instituto de Legislación Económica entre ellos - a apoyar el acuerdo, en parte según la teoría de que cualquier acuerdo posterior sería peor. Otros izquierdistas darían su apoyo si la deducción del impuesto de sucesiones se pudiera hacer menos generosa.

Y al menos estas negociaciones han surtido el efecto benéfico de demostrar de manera concluyente que la única gente por la que los Republicanos conservadores van a pelear son los ciudadanos más acomodados del país -- y al diablo con los déficit.

¿Pero será capaz Obama de ganar a largo plazo los futuros enfrentamientos con los Republicanos que propicia este acuerdo temporal? Al ampliar el déficit, va a hacer más fácil que los Republicanos impongan acusados recortes en toda suerte de programas nacionales, incluyendo la seguridad social y Medicare. Este acuerdo no va a impedir que los Republicanos den la matraca con regularidad con "el déficit de Obama", ni que intenten encasillarle una y otra vez con la excusa de los recortes fiscales.

Un Demócrata de la Cámara, que pide conservar el anonimato por respeto a Obama, ofrecía una inesperada defensa de la batería de medidas que indica al presidente el largo camino que le queda por recorrer con aquellos que en tiempos fueron sus partidarios más incondicionales.

"Si yo creyera que estamos listos para un combate a 12 asaltos el próximo año, yo la tumbaría inmediatamente", decía de la administración. "Pero si van a seguir abandonando la lona tras el primer puñetazo, es la mejor alternativa que tenemos para mantener activa esta recuperación y ayudar a aquellos más perjudicados". Esto no tiene ningún purismo ni ninguna mojigatería, sólo un sentido común sobrio y nostálgico.

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