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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

El caballo de troya

Luis del palacio
Luis del Palacio
martes, 14 de diciembre de 2010, 08:00 h (CET)
Poca duda hay de que las dos explosiones ocurridas en el centro de Estocolmo el pasado sábado son debidas a la acción terrorista islámica. La propia policía sueca no ha dudado al calificarlas de “atentados terroristas”, aunque la investigación siga abierta. Parece como si ese afán que tienen los integristas por convertirnos a su credo y acabar con los “vicios de Occidente” se exacerbara ante las Navidades, que, como me comentó hace pocos días en Egipto un destacado funcionario del Servicio de Antigüedades, son “una especie de Ramadám cristiano”. No sé si la comparación es aceptable, pero sirve como ejemplo de la idea que muchos musulmanes ilustrados tienen de nuestra religión y de nuestra cultura; es decir, muy poca.

La verdad es que da algo de miedo comprobar cómo el fundamentalismo islámico va impregnando capas de la sociedad que antes, en países tales como Egipto o Turquía, se libraban en parte de esta lacra. Me refiero en concreto a los intelectuales, que son quienes han tenido siempre más armas (no las automáticas, sino las del conocimiento) para enfrentarse a los axiomas del Corán y poder relativizarlos. Parece que desde la propia escuela y la universidad se ejerce una auténtica purga de las ideas que sustentan el modelo de libertad que es la base (al menos en teoría) de las sociedades occidentales, de abrumadora mayoría cristiana. Y, como afirmaba la periodista Oriana Fallaci en uno de sus últimos libros, La rabia y el orgullo, publicado cuatro años antes de su muerte en 2006, lo peor que puede hacerse es mantener una actitud pasiva o indiferente ante la gravedad del problema integrista. Uno se pregunta qué habría pensado la aguda periodista italiana sobre, por ejemplo, el proyecto de construir una mezquita en la llamada “zona 0”, donde hace algo más de nueve años perecieron cerca de 3.400 personas, víctimas de los terroristas islámicos (jamás escribiré “islamistas” ) de Al-Qaeda. Toda frivolidad por nuestra parte será aprovechada al instante por los enemigos de nuestra civilización; y esa actitud que se ha dado en llamar “buenismo” será interpretada exactamente como lo que es: un signo de debilidad por nuestra parte.

Aunque este espacio no sea un “blog” sino una columna de opinión, voy a permitirme hoy referir una experiencia personal, ocurrida durante mi estancia de cuatro semanas en las excavaciones de la tumba del visir Amen Hotep Huy, de cuyo desarrollo ya di cuenta en esta página:

El Servicio de Antigüedades, máxima autoridad que regula todo lo que se descubre, excava y restaura en Egipto, designa un inspector por cada concesión arqueológica. Este funcionario, con cierta formación egiptológica, deberá informar detalladamente de las actividades que se desarrollan cada día en el yacimiento. Se trata, en realidad, de una especie de espía impuesto desde arriba y lo más aconsejable que puede hacerse es tener un trato cordial con él. Me tocó así conocer y tratar a uno de estos jóvenes inspectores, de nombre Abuhayad, que me recibió al principio con cierto recelo, cuando le informaron que era periodista, pero que a los pocos días se mostraba afable y dispuesto a entablar conversación conmigo. Lo cierto es que me habían llegado rumores sobre sus ideas radicales, pero quise comprobar la veracidad de esta información; así que, como quien no quiere la cosa, fui sonsacándole lo mejor que supe sus opiniones sobre determinados temas. Me enteré, por ejemplo, de que era partidario de la aplicación de la sharia en la mayor parte de los casos y, en concreto, en lo que se refiere a la lapidación de mujeres que son infieles a sus maridos. Según afirmó en una ocasión “dos mujeres equivalen a un hombre”, así que no había que preocuparse demasiado si la población femenina, tan abundante, mermaba un poco… Otra vez me dijo, mirándome con cara cómplice, que él también era una suerte de periodista, ya que publicaba artículos en una revista mensual. Le pregunté sobre los temas que trataba, a lo cual respondió que eran principalmente de carácter arqueológico pero “desde el punto de vista musulmán”. Me pregunté qué demonios quería decir con eso de “desde el punto de vista musulmán”, así que, empleando una especie de circunloquio, indagué su opinión sobre la reciente “fetua” (o “fatua”) lanzada por un destacado “mufti” de El Cairo, según la cual “los restos de la civilización faraónica eran ejemplos de un pasado pagano que debía ser destruido” Me miró de soslayo y dijo, al cabo de unos instantes de meditación, que la voluntad de Alá está por encima de la de los hombres. Me estremecí, a pesar del calor que hacía en la necrópolis. Y pensé en las estatuas de Buda destruidas por los talibán afganos.

Una tarde me lo encontré de paseo con su esposa por la “corniche” del Nilo, frente al templo de Luxor. Ella iba impecablemente vestida, elegante y cubierta hasta los ojos. Adiviné que era muy joven y bastante guapa. No le dije que venía de tomarme unas cervezas, porque ya me había comentado que era partidario de la total prohibición del alcohol en el país. “Los turistas –me dijo- vendrán a admirar nuestra historia y nuestros monumentos, y no necesitarán emborracharse” Todavía deseaba sacarle más información y no era cuestión contrariarle.

Un día antes de mi marcha me pidió una recomendación para venir a Europa. Deseaba hacer un curso de Egiptología en Inglaterra.

Y, de pronto, me acordé del crimen del Pim Fortyum en 2002; del de Theo van Gogh, en 2004;de las amenazas a los caricaturistas del Jyllands Postem y de cómo Kurt Westergaard se libró de la muerte por los pelos a comienzos de año por el “grave delito” de haber hecho una caricatura de Mahoma.

Me asaltó entonces la inquietante visión de un caballo de Troya llenándose poco a poco de muyahidines.

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