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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La compra del cava

Manuel Villena (Granada)
Redacción
lunes, 13 de diciembre de 2010, 09:57 h (CET)
La autoridad máxima de la intendencia y logística familia ha declarado el estado de alerta prenavideño y en este puente ha impuesto la ingente tarea de abastecer el hogar para las fiestas que se avecinan. Para esta misión ha concebido un exhaustivo y estratégico plan. Todos los miembros de la unidad familiar nos hemos dirigido a una gran superficie comercial. Una vez dadas las ordenes precisas por la superioridad cada cual se ha dirigido a su objetivo específico. A mí me correspondió la adquisición de las bebidas propias de estas fiestas. Una vez cumplido a la perfección mi misión (15 min) allí permanecí 4 horas 25 min hasta recibir nuevas órdenes. En tan larga espera tuve ocasión de observar al resto de comparadores. Me llamó poderosamente la atención, el detenimiento con que gran número de clientes escudriñaban, principalmente las botellas de cava; sus etiquetas eran analizadas hasta en el más mínimo detalle, en la mayoría de los casos volviéndolas a dejar en su lugar de origen. Un señor, ya entrados en años, me sacó de mis dudas, cuando en voz alta dijo:” ¡A ver cuándo ponen de una (...) vez en el código de barras el número 15, que esta letrilla apenas se ve.”

Esta forma de comprar, con total seguridad, gran parte de la clase política catalana la calificará como profundamente anticatalanista sin detenerse a pensar que ella y sólo ella es la principal causante de esta forma de elegir. Y que siempre tengan en cuenta, y no lo echen en el olvido, que en un mercado libre la libre elección del comprador merece todos los respetos.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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