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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Esperanza en forma de acuerdo fiscal

Ruth Marcus
Ruth Marcus
domingo, 12 de diciembre de 2010, 08:06 h (CET)
WASHINGTON - A lo mejor me estoy dejando llevar por ser época de creer en milagros, pero el acuerdo fiscal alcanzado podría resultar precisamente una bendición disfrazada. Vaya novedad.

Nunca he visto a los legisladores Demócratas, los congresistas en especial, tan indignados con la Casa Blanca, y entiendo el motivo. Es irritante que las bajadas tributarias Bush vayan a estar en vigor durante toda la legislatura del Presidente Obama. Los argumentos contrarios a dejar que los recortes de las rentas superiores a 250.000 dólares -- o incluso 1 millón -- expiren eran falsos. Sólo una fracción de la pequeña empresa se vería afectada. La recuperación económica no se habría visto amenazada.

Aún más irritante fue la disposición de los Republicanos a utilizar la ampliación de la prestación por desempleo como rehén para alcanzar un acuerdo relativo a la ampliación de las bajadas tributarias destinadas a las rentas más altas. Los Republicanos insistieron en que el coste de la prestación del paro tuviera financiación asignada -- al tiempo que se mostraban alegremente dispuestos a añadir billones más a la deuda ampliando la bajada tributaria.

Y hablando de irritar: ¿Cómo puede haber pasado esto con los Demócratas al timón de la Casa Blanca y de las dos cámaras del Congreso? Esperar hasta después de las elecciones, con sus resultados previsiblemente nefastos para los Demócratas, dejó a la administración negociando desde la posición de debilidad.

Vaya bendición, ¿eh?
Puede ser. Si Obama explota al máximo la oportunidad que ello plantea, el acuerdo le ofrece una forma relativamente indolora de zafarse de su promesa de campaña más insensata: hacer permanentes los llamados "recortes tributarios de la clase media", siendo en este caso la clase media el 98% de los hogares. Hacer permanentes esos recortes, como querían el Presidente y los legisladores Demócratas, costaría más de 2 billones de dólares durante la próxima década.

De aquí a los próximos años, en mitad de una recuperación económica vacilante, prolongar los recortes fiscales de la clase media tiene sentido. A largo plazo, esos recortes -- apoyados en la noción de que algún superávit proyectado será lo bastante sustancial para financiar la deuda y bajar los impuestos a todo hijo de vecino -- son simplemente inasequibles.

Además, la desventaja del acuerdo no es el gasto añadido en el que se incurre -- alrededor de 70.000 millones de dólares -- al ampliar las bajadas tributarias a las rentas intermedias durante otros pocos años junto a las de la clase media. En términos de estímulo a la economía, que precisa desesperadamente de un empujón, se trata de un uso imbécil de una cantidad de dinero relativamente pequeña, y la administración garantizó alguna forma de estímulo real -- excepciones fiscales y deducciones por contratación -- como parte del acuerdo.

El riesgo real de ampliar temporalmente todas las bajadas tributarias es que ello eleve las probabilidades de ampliarlas todas de manera permanente. Los avispados que consideraban la ampliación de las bajadas tributarias de la clase media un hecho consumado exorbitante por lo menos querían asegurarse de evitar incurrir en gastos adicionales -- 700.000 millones de dólares -- fruto de incluir las bajadas tributarias del margen superior de la horquilla fiscal.

Era un temor razonable, pero yo creo que el informe de la comisión del déficit podría alterar la evaluación de riesgos. Me consta que los Republicanos, hasta los Republicanos extraordinariamente conservadores como el Senador de Oklahoma Tom Coburn, estaban dispuestos a elevar la recaudación. Y ello ilustra la fascinación de un régimen fiscal reformado, con una base impositiva más amplia y menos lagunas que explotar por los grupos de interés.

De ahí la bendición potencial de ampliar unos cuantos años las bajadas tributarias. No es la maniobra que yo habría elegido, pero deja cancha a un debate más amplio del sistema tributario y simultáneamente obliga a adoptar medidas. La Casa Blanca podría aprovechar la ocasión para dispersar el argumento favorable a la cuestión de que hay que subir los tipos, en favor del terreno de juego más atractivo de cómo se pueden bajar -- y recaudar más en el acuerdo.

Es fácil concebir las muchas formas en las que una iniciativa así podría salir derrotada: la cantidad de recaudación que recaudar; el importe, y el concepto, de los recortes consiguientes; las miles de deducciones tributarias cuya desaparición va a ser combatida por legiones de grupos de interés.

Es justo sospechar que los Republicanos están más centrados en tumbar al presidente en 2012 que en redactar un acuerdo fiscal bipartidista. Es justo temer que la historia fiscal se va a repetir -- que la Casa Blanca, al calor de la campaña de reelección, accederá a otra ampliación.

En política, como en religión, los que dudan no carecen de pruebas para avalar su cinismo. Pero los políticos deberían de preguntarse: Si no se permite la posibilidad de milagros legislativos puntuales, si su labor no se dirige a lograr tales momentos de transformación, entonces ¿para qué meterse en el oficio exactamente?

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