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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

A vuelta con el estado de alarma

Mario López
Mario López
viernes, 10 de diciembre de 2010, 23:00 h (CET)
Esto del culo veo, culo quiero es tan español como follar de boquilla. Ahora multitud de individuos han visto un maravilloso precedente en la huelga encubierta de los controladores para solicitar del Gobierno la declaración de estado de alerta en Euskadi por acabar con ETA; en Catalunya, para acabar con el independentismo, y en toda España por hacer lo propio con el botellón. También es verdad que otros sectores ven en la reciente declaración de estado de alerta una tenebrosa amenaza que se cierne sobre los trabajadores, que verán cómo con la Ley Orgánica 4/1981 de 1 de junio el Gobierno va a terminar con el derecho de huelga.

Ambas posturas me parecen profundamente ingenuas. Con la ley en la mano, el Gobierno puede acabar con el botellón sin necesidad de militarizar a nuestros adolescentes, y jamás podrá despojar a los trabajadores del derecho de huelga, que hasta la Guardia Civil le ha cogido gusto; en todo caso, seríamos los trabajadores los que deberíamos preguntarnos para qué narices nos sirven nuestras huelgas, que tienen menos share que una misa televisada y menos efectos que una película de Woody Allen. Nos hemos quedado desfasados. Deberíamos cambiar de lenguaje; introducir nuevas voces, nuevos conceptos.

Hoy Internet nos ofrece muchas posibilidades en este sentido. Por ejemplo, podríamos crear enjambres de hackers para tirar páginas de bancos cabrones, filtrar secretos inconfesables de nuestros gobiernos o sabotear las orgías de Berlusconi. Se pueden hacer muchas cosas, pero todavía estamos un poco verdes. Nos falta más php y más MySQL. Ahora que podemos hacer la revolución sin salir de casa, ¡hagámosla!

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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