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Etiquetas:   Reportaje de actualidad   -   Sección:  

El espectáculo de las teorías de la conspiración

Johari Gautier Carmona
Johari Gautier Carmona
@JohariGautier
viernes, 10 de diciembre de 2010, 10:54 h (CET)
Aplausos y aclamaciones acogen a David Icke en su entrada al escenario. Ante él yacen casi dos mil personas que han pagado su entrada religiosamente, más de cincuenta euros cada uno, y han preparado sus bocadillos y bebidas para pasar un día entero en el teatro musical de Barcelona, como si se tratara de un día de visita a un parque de atracciones o un museo. Les espera una conferencia con efectos espectaculares de más de ocho horas. Sólo dispondrán de breves pausas de quince minutos, ni más ni menos, para relajar sus piernas o fumar un cigarrillo. Detrás del conferenciante, una pantalla gigantesca multicolor, como también podría tener Shakira o U2 en uno de sus conciertos multitudinarios, bombea unos colores hipnóticos, ondas que se afirman y desaparecen como en el clip de una música chill out o techno. El misterio está servido con esta presentación estelar y, enseguida, sorprende la presencia de tanta gente en un acto tan poco mediatizado. Aquí no han colaborado ni la Fnac ni el Corte Inglés y mucho menos los medios de comunicación, pero esto no parece ser una traba. El conferenciante explica que ha iniciado una gira mundial y que viene justamente de otro acto en Lisboa en el que miles de personas se han congregado para escucharle.




David Icke en la conferencia.


Esta noche la estrella de rock no es precisamente un cantante ni tampoco un presentador de televisión o actor de Hollywood aunque su voz suene del mismo modo. Es un británico intrigante que viene a presentar un discurso un tanto perturbador, algo distinto y aparentemente redentor, medio político medio profético. Al encararse con el público, David Icke adopta un tono altisonante e irónico. Dice que los medios de comunicación le han tachado de loco, que muy posiblemente lo sea, pero que, en el fondo, le agrada compartir este estado de locura con otros miles de personas. Esto le tranquiliza. “¡Este mundo está enfermo!” clama él para abrir su argumentación y luego explica que, para sanarse (léase esto de forma metafórica), uno ha de ser tachado de enfermo por la mayor parte de la sociedad. Es un proceso importante para conocer la verdad y saber quién eres. La mentira está en todas partes. “En América ahora ––explica David Icke––, existe una nueva enfermedad que se llama el Desorden de Desafío Oposicional”. Esta enfermedad se caracteriza por una desobediencia sistemática, un comportamiento hostil y desafiante, síntomas que incluyen cuestionar la autoridad, la negatividad o ser fácilmente irritado. Tras esta breve introducción, el locutor explica que, en estos tiempos, el control es tan fuerte que hasta las personas que cuestionan el sistema son consideradas peligrosas. “Por eso, ¡Celebro que seamos muchos enfermos hoy!”.

Una presentación atípica, llena de desengaños y aprendizajes
El discurso de la insumisión parece alegrar la masa. El público aplaude y el locutor sonríe. Ahora, es el momento de presentarse. Aunque la ambientación y las diapositivas apunten a que David Icke es un hombre un poco especial, él trata de mostrar su lado más humano. Es quizás parte del espectáculo. Primero habla de su infancia con detalles humorísticos, su corta pero intensa carrera futbolística y las numerosas comparaciones que le han hecho recientemente con Lionel Messi (aunque todas en su desfavor, bien evidentemente). Los aplausos se multiplican y el espectáculo de David Icke se asemeja cada vez más a un monólogo con acentos cómicos e irónicos. Luego, habla de una dolencia que le obligó a dejar el futbol para dedicarse al trabajo de presentador de televisión en los canales públicos. Un trabajo que muchos considerarían honorable pero que él tilda de primer desengaño. “Esto me ha abierto los ojos sobre los grandes medios de comunicación ––explica y luego añade––: Si quieres saber lo que ocurre ahí afuera, no los escuches”. Así pues, David Icke decide dejar el mundo audiovisual para dedicarse a la política y se convierte en el portavoz del partido ecológico en Inglaterra. Su versatilidad y sus ganas de protagonismo son notables. La política, sin embargo, no le ofrece un espacio para cambiar las cosas y mucho menos para expresarse. “Si quieres cambiar algo en este mundo ––explica David Icke––, no creas que lo puedas hacer con la política. Es justamente un instrumento de la elite para bloquear todo cambio que beneficie a las masas”. Tras ese viento de perplejidad, unos aplausos complacientes refuerzan el discurso del conferenciante. Sus palabras son tragadas con el máximo regocijo por una multitud que ya no cree en las ideologías ni tampoco en la honestidad de la política.

A partir de 1989, David Icke perdió la cabeza. Así lo describe él. Pero, no fue algo repentino. Empezó a notar algo raro. “Cada vez que me encontraba solo, notaba una presencia a mi alrededor. Eso siguió durante un año hasta que la presencia fue tan poderosa que pensé: ¡algo me está pasando!”. Esta serie de hechos y una conversación que mantuvo con Betty Shine le llevaron a interesarse por los misterios paranormales y adoptar un discurso crítico sobre el mundo. Entonces, David Icke empezó a predicar el mensaje de la verdad en los platós de los grandes medios de comunicación. Aseveraba ser alguien distinto, un liberador, y divulgaba una realidad perturbadora: la conspiración de una clase en contra del resto de la humanidad. En una de esas entrevistas televisivas, sus revelaciones fueron tildadas de absurdas y David Icke se convirtió de repente en el hazmerreír de toda Gran Bretaña. Esta experiencia fue especialmente traumática, lo reconoce el ponente, pero le ayudó a comprender que, para ver la realidad en este mundo, uno debe ser considerado loco en algún momento de su vida. “Ahora, ya no temo lo que puedan pensar los demás de mí”.

Desde entonces, el conferencista británico ha demostrado ser un prolífico escritor con más de veinte libros publicados entre los que cabe destacar Truth Vibrations (Vibraciones verdaderas, 1991), Children of the matrix (Hijos de la matriz, 2001) y Infinite love is the Only truth (El amor infinito es la única verdad, 2005). Además, su actividad le ha llevado a recorrer más de cincuenta y tres países distintos en los que sus presentaciones generan siempre un máximo de expectación.

Una sorprendente teoría de la conspiración
Tras esta conmovedora presentación, David Icke empieza a hilvanar su versión de la historia con el apoyo de imágenes coloridas y entretenidas, comentarios impactantes y citas abundantes. Todos los datos son impresionantes pero pocos verificables. Según él, las clases dominantes, los monarcas y gobernadores aparecen ligados por algo más que ese concepto de poder, sino más bien por un vínculo sanguíneo o genético que hace de ellos una clase aparte, una familia o un clan, que, desde arriba, trata de controlar al resto de los mortales. ¿De qué manera? Pues de una manera que puede parecer muy sencilla: haciendo todo lo posible para que los seres humanos no levanten la cabeza y estén constantemente pendientes de cosas pequeñas (la televisión, el trabajo, una religión, un equipo de futbol o su hipoteca).

Así es como se logra controlar un rebaño de humanos. Así es como se construye una sociedad tiránica en el que el control está en todas partes pero no se nota. Una auténtica Matrix en la que somos una pieza o un código de barra. Esta comparación no es deliberada. Davíd Icke emplea a menudo las imágenes o los diálogos de la película americana para ilustrar lo que él considera una evidencia: “existe una conspiración para esclavizar la humanidad”. No obstante, el ponente no se limita al taquillazo de Hollywood para cautivar al espectador. Su teoría es lo suficientemente enrevesada para garantizar horas y horas de ponencia. Cuando ya consideramos que las revelaciones de Icke han llegado a un punto extremo, es cuando él justamente aprovecha para hacer otra revelación más pasmosa todavía. Según él, esta clase dominante que nos tiene sometidos no sólo comparte un nexo sanguíneo sino que también es descendiente de unos extraterrestres que tratan de mantenerse ocultos dentro de la población humana. Son reptilianos infiltrados que comparten una gran agilidad para camuflarse. Como prueba de ello, David Icke se refiere a la simbología que existe en torno a la figura de la serpiente en la mitología griega, egipcia y azteca. Además, señala la biblia y destaca el capítulo en el que los ángeles bajaron a la tierra para tener hijos con las mujeres.

Los elementos de la narración se suceden a una velocidad lo suficientemente alta para sorprender y mantener al espectador enganchado. Todo parece cuajar mientras que, en la pantalla, surgen los rostros de George W. Bush, Tony Blair, Elisabeth II, el rey Juan Carlos o Aznar con una apariencia de reptil. Y esto no se detiene aquí. Más allá de los líderes, la luna también está implicada en esta gran conspiración. El astro que alumbra nuestro firmamento es, según el autor inglés, demasiado grande y ligero para ser el satélite de un planeta tan pequeño como la Tierra. Todo esto, ligado con las manchas artificiales de su superficie y otros testimonios de científicos incrédulos, basta para concluir que la luna no existe. Es un invento holográfico de los extraterrestres o de la raza reptiliana que nos mantiene sumisos gracias a una serie de ondas o frecuencias indetectables. Aquí la referencia cinematográfica ya no es Matrix sino Star Wars y su estrella oscura.

El método de la manipulación
Pero, ¿cómo logra la raza reptiliana perpetuarse en el poder sin que los humanos se den cuenta de nada? Es la gran pregunta que el espectador se hace frente a tantos datos y teorías de escándalo. La respuesta, sin embargo, es relativamente sencilla. Consiste en usar de manera calculada los cinco sentidos del ser humano para restringir su percepción o desviar su atención. Muchas de las ideas que sostiene David Icke son comparables con las que el sociólogo crítico Noam Chomsky comenta en sus publicaciones, aunque este último no las adorna con tanta fantasía.

Entre los métodos que ambos autores señalan resalta la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas o económicas. También despunta una tendencia de los poderes políticos para crear problemas y luego ofrecer las soluciones que más les conviene. David Icke alude con frecuencia a las guerras de Afganistán e Irak para ilustrar ese abuso perpetrado con la excusa del terrorismo. De ahí también parte una de sus ideas más polémicas que invita a ver los atentados del 11 de septiembre como el resultado de una trama para cambiar el mapa geostratégico de medio oriente.

Otros métodos empleados por los gobiernos para manipular a sus poblaciones consisten en introducir cambios al cuentagotas en distintos ámbitos sin que nadie se dé cuenta (estrategia de la gradualidad) o también mantener el público en la ignorancia y la mediocridad. Todas estas ideas conllevan un cierto control emocional, una manipulación de las imágenes o incluso el envío de mensajes subliminales a gran escala favorecidos por el uso de la televisión y los medios masivos. “Así es cómo se construyen los clones, los autómatas del presente”, explica David Icke. Según el autor británico, los tiempos del control masivo ya son patentes y todo esto se refleja en la omnipresencia de las tarjetas electrónicas, el uso diario de videocámaras en los espacios públicos, la habitual comida-basura o la alienación laboral. “El que dude de todo esto que viaje a China y comprenderá”, manifiesta el ponente antes de añadir: “el control es tan absoluto en nuestra sociedad que no conocemos el verdadero significado de la palabra libertad”.

Medias verdades y falsas expectativas
Tras el festival de imágenes explosivas y de tramas conspiratorias, el sentimiento de paranoia y de negativismo es inevitable. Este mundo se perpetua sin que nadie haga nada, explica David Icke asolando el espectador con un aluvión de medias verdades. Sin embargo, cuando llega la hora de ofrecer una respuesta a tanta opresión y manipulación, las ideas del conferenciante británico nos dejan sin aliento. La primera de ellas es tan sencilla como sorprendente: no votar. Distanciarse de la política y de todo lo que la rodea es un primer paso para la concienciación. Así es como uno se inmuniza de una plaga de seres interesados, corruptos y farsantes que luchan por el poder. Más adelante, los comentarios de David Icke consolidan la perplejidad y el desconsuelo. ¿Para qué arreglar este mundo? y ¿de qué sirve preocuparse por el medio ambiente? Son algunas de las reflexiones polémicas que formula el autor. Pero, si la manipulación está tan extendida, ¿es sensato alentar a la inacción y al desentendimiento?

En un mundo tan falto de escrúpulos, David Icke añade una nota esperanzadora a su discurso y aboga por una nueva espiritualidad. Una espiritualidad a nivel personal que debe edificarse sobre un sentimiento crítico y analítico, sin el patrocinio de grandes instituciones o la influencia de personalidades. Luego, el autor menciona al estilo de un gurú mediático unos vagos conceptos asiáticos como los chakras, las energías distribuidas en todo el cuerpo, y diferentes caminos de crecimiento y de sanación. En resumidas cuentas, muchos conceptos sacados de la medicina y la espiritualidad oriental que parecen reciclarse en una oferta actualizada. ¿Y qué hacer con los extraterrestres, los reptiles infiltrados y líderes corruptos que controlan este planeta? ¿Cómo conciliar esta presencia alienígena inquisidora, la existencia de un satélite holográfico con una simple espiritualidad practicada en la soledad?

Con todo esto, el espectador sale del evento con más preguntas que respuestas. Es quizás el propósito del espectáculo. Como también lo es el de toda religión o de todo movimiento profético. Lo cierto es que, a la salida del teatro, pilas enteras del primer libro de David Icke traducido al español, “Hijos de la Matriz”, esperan para ser vendidos. El precio de 25 euros no asusta a nadie y, pese al precio alto de la entrada, los espectadores forman colas interminables para comprarlo. Evidentemente, la espiritualidad puede ser un negocio rentable cuando se mezcla con lagartos y Star Wars.

Un movimiento conspiratorio masivo nacido en EEUU
Si bien se considera que la manipulación es una constante en la historia de la política, las teorías conspirativas se han desarrollado muy especialmente en los Estados Unidos estos últimos años. El autor José Gregorio González lo describe como el resultado de una saturación ligada con la desinformación y explica en el prólogo de la obra “10 conspiraciones que cambiaron el mundo”, que existe una manipulación de la realidad tan desarrollada que la mayoría de los estadounidenses piensa que su gobierno conspira sobre cualquier cosa. “Por eso los argumentos cinematográficos conspiranoicos tienen tanto éxito en EEUU”.

En el cine, algunas de las más notables teorías se han conocido a través de los documentales de Michael Moore con “Farenheit 9/11” o “Capitalismo: una historia de amor”. En cada una de ellas, el realizador retrata a grupos de la elite en situaciones que comprometen al resto de la ciudadanía de Estados Unidos y reivindica así la necesidad de una justicia social a gran escala. También el realizador americano Peter Joseph vigorizó el pensamiento conspiratorio con su movimiento Zeitgeist que dio lugar en 2007 a la publicación de una película en Internet: Zeitgeist, the movie. En ella, se habla de Cristo como una herramienta de control masivo usada por la Iglesia pero también se refiere al atentado de Nueva York como el resultado de las confabulaciones de un grupo de poder en Estados Unidos para facilitar la aplicación de una política agresiva en el Medio Oriente. De esta manera, los cerebros de este complot se asegurarían unas fuentes de ingresos enormes.

Una de las últimas teorías de la conspiración en haber visto la luz nació a principios del 2010 en Internet y tiene que ver con el terremoto de Haití. El diario Público divulgó en su edición digital un reportaje en el que se habla de distintas maquinaciones y, entre ellas, la posibilidad de que este trágico suceso fuera propiciado por EEUU para probar armas de destrucción masiva que, más tarde, podrían ser usadas contra Irán. También se habla de la patente influencia de las redes sociales en la difusión de rumores y teorías de conspiración. Twitter, Facebook, Flickr y Youtube se han convertido en enormes canales que facilitan la difusión de estas teorías. Algunos podrían incluso hablar de nuevos instrumentos concebidos por la raza reptiliana o extraterrestre a la que David Icke alude con tanta energía en sus espectáculos. Lo seguro es que el espectáculo de la conspiración sólo ha hecho que empezar.

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