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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

Carta a los abuelos en Navidad

Alfredo Hernández
Alfredo Hernández
viernes, 10 de diciembre de 2010, 08:06 h (CET)
Como siempre, a los que quieran leerme. Decid a los nietos, convencidos vosotros, que Dios siempre ha pensado en los hombres, en los hombres y en las mujeres. Si habrá pensado en ellas, que eligió a una mujer para aparecer en la tierra, hace algo mas de veinte siglos y convivir con nosotros.

Y en este pensar y amarnos desde siempre, tuvo esa “ ocurrencia “ maravillosa –las ocurrencias de Dios habitualmente son milagros – de vivir en la tierra; hacerse uno igual a nosotros, para que le conociéramos y para, al mezclarse con sus iguales en el mundo, abrir una senda que durante treinta años y en una aparente obscuridad, enseñarnos – con su ejemplo –a hacer de la vida un camino que nos lleva al final deseado, que será encontrarnos con quien, al hacerse niño muestra una de sus Manifestaciones que tal vez no sea la mas grandiosa, pero desde luego es la de mayor ternura. Hacerse Niño, tener una madre como la nuestra, que también es nuestra Madre. Una mujer excepcional, Excelsa Criatura la define la Iglesia; Excelsa pero sencilla, desconocida e ignorada en una aldea perdida en el mundo. María de Nazaret.

Si te parece algo complicado para el nietecillo, limítate a decirle que celebramos el cumpleaños de un Niño, que es tan niño como vosotros y le gustan las chucherías, los juguetes...y sobre todo, el cariño, el corazón y los besos de los hombres y mujeres –que se hagan también como niños – de todo color y raza. Y nace para todos, para los buenos y los menos buenos, que ante la mirada tierna de un niño, cuesta ser malo. A los maltratadores, por hoy ni los nombramos.

Podemos cogerle en brazos y decir a su Madre...déjame al Niño bailar, que es Madre lo que mas quiero. Y a José y María, que no son ni dioses ni semidioses, cántales con los niños...Enhorabuena María, enhorabuena José, ya nos ha nacido el Niño...qué bien se está con los tres.

María y José son entrañables, como todos los padres debieran ser, y quieren a su hijo, que es Dios, con locura y cuando ven la alegría, cuando ven nuestro contento y emoción, su ternura también se desborda y quieren mostrarnos a su Hijo, despertar nuestra inteligencia para poder comprender ese milagro de Amor, que es la presencia de Dios entre los hombres. Un Dios que nace pobre, derrochando amor se hace niño para que nos hagamos como tales, sin complicaciones y en la sencillez le merezcamos.

Y...Hombre imitable, nos quiere imitadores en la humildad, en el espíritu de servicio – que no es servilismo - generosidad y entrega; lo que un padre quiere y espera de un buen hijo. Nos da ejemplo, durante treinta años, trabajando y obedeciendo, y era Dios.

Ante esta entrega, sólo nos pide una correspondencia a su amor, que a la vez lo exterioricemos en los que nos rodean. Con naturalidad, sin aspavientos de fotografía, con sencillez, sin complicaciones.

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