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A vueltas con el dinero
Mario López
Cuando se habla del Estado, del gasto social, de los impuestos, estamos hartos de oír decir a los liberalísimos como Esperanza Aguirre que el dinero hay que dárselo a los ciudadanos.
¿Por qué ahora ponen el grito en el cielo cuando se convoca a la ciudadanía a sacar sus ahorros del banco? ¿En qué quedamos? A diferencia de los liberalísimos, yo estoy de acuerdo con tener un Estado fuerte que garantice las necesidades básicas de todo el mundo y también en que, efectivamente, el dinero lo tengamos los ciudadanos y no... la banca. En primer lugar, por cuestión de higiene. La historia del dinero es verdaderamente apasionante. Desde sus orígenes hasta hoy en día, ese gran señor que lo puede todo pasó por las más variadas vicisitudes hasta acabar convirtiéndose en el ectoplasma de sí mismo.
Gracias a la informática, al protocolo TCP/IP y la ingeniería financiera, el dinero ha escapado de su cuerpo físico para volatilizarse en un espacio imposible de precisar. Los libros de los bancos han pasado de ser registros contables a cuentos de hadas, y no creo que eso sea nada bueno.
Los gobiernos están ofuscados en darle una solución a algo que el sentido común dice que no la tiene; han caído en un bucle mortal, en un campo vectorial con tres tristes vectores: inflación, recesión y deuda; las tres manos que persiguen a ese pez huidizo y extraordinariamente escurridizo que un día valía su peso en oro y ahora apenas sabemos qué cosa es. Los mercaderes han rizado tanto el rizo, han exprimido tanto el limón que lo sensato es que la ciudadanía les quite su juguete favorito: el dinero en efectivo, el emitido por la Casa de la Moneda. Posiblemente eso nos lleve a la ruina; nada nuevo, en la ruina ya estamos muchos. Así que mejor con el dinero en el colchón: conoceremos todos nuestra verdadera riqueza y gastaremos nuestro dinero sensatamente.
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