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Envidia y buenos sueldos

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 9 de diciembre de 2010, 09:05 h (CET)
Queda claro que el móvil principal del linchamiento al que se están viendo sometidos los controladores es la vieja conocidos de todos que alienta y jalea el Gobierno: la envidia. Y es que en España, ya se sabe, todo se perdona, menos el éxito de los demás. Que tenga un buen sueldo un Presidente o el Rey es lo de menos, porque pertenecen a otra galaxia: pero que lo tenga alguien que ficha como uno mismo, como que eso no se puede permitir. Prohibido, en fin, dejar de ser un bindundi.

Decía en una entrevista televisiva una de las señoras afectadas por el desconcierto aéreo que generó la iniciativa del Gobierno, que los echaran a todos, que había otras personas que hablaban idiomas y tal, y que les pusieran a ellos, a ella más concretamente. Del sueldo no dijo demasiado, pero estoy seguro que se conformaría con cien mil euros o así por mes nada más, y ello aunque tuviera que trabajar con una pistola pegada a la sien. Otro, más expedito y de un color bastante más verdoso, acusaba a “esos señoritos” de cuanto desvarío se le pasaba por la cabeza, resolviendo su entrañable rencor con una sentencia muy genuinamente española también: “todos a la cárcel”. Y se acabó. Nada, nada, que todos a la cárcel, excepto si los que se ganan una pasta son ellos mismos, sus hijitos del alma o sus conocidos, aunque esto último no es muy seguro, porque este tipo de personajes verdes limón son de los que felicitan a la cara y por la espalda le dejan a su felicitado como el trapo de un tren.

De sobra es sabido que en España no son las cosas como en los demás países, y que, si por ahí dicen que contra soberbia, humildad, y todo eso, aquí, en cuantito llegamos a esa gangrena que nos consume, decimos que contra envidia, ¡olé! O todos a la cárcel. O que les quiten a ellos y que me pongan a mí. Pero, en fin, la culpa la tienen los controladores por tontos, porque sólo a unos tontos de capirote se les puede ocurrir ser lo bastante inteligentes como para ganar mucho más que los demás, que sus conciudadanos. Fueron inteligentes, se formaron, se convirtieron en dos mil quinientas personas que por lo que se ve tienen el destino del país más en sus manos que en las del… gobierno, pongo por caso, y se han encontrado justito, justito, con la horma de su zapato: la envidia. Pero, en fin, puesto que tienen esa inteligencia que les distingue, saben también que la envidia es el adversario de los más afortunados.

Antes morirá España que lo haga envidia. Cuando vi en la tele las imágenes de ese hotel próximo al aeropuerto en que los controladores estaban asediados por una turba indignada, no pude evitar pensar en que si en vez de controladores con sueldos astronómicos hubieran estado reunidos… trabajadores del metro, pongo por caso, sin duda les hubiera comprendido y aplaudido en vez de querer pegar fuego al hotel. Seguro, sí, hubieran puesto cara de circunstancias y se habrían marcado a su casa, comprendiendo que los trabajadores deben defender sus derechos y todo eso. ¡Ah!, pero no: es que los controladores no son trabajadores, sino animalejos que se llevan la pasta por la fuerza, no trabajan y además merecen las furias ciudadanas como no las merece, verbigracia, ese Gobierno que nos está arruinando a todos, quitándoles el pan de la boca a los más necesitados y a los ancianos, vulnerando todos los derechos conseguidos por los trabajadores con tanta lucha y tanta sangre (incluso los de ésos que protestaban tan airadamente) y nos está sumiendo en un orden de corrupción galopante y de enfrentamiento social que ya veremos dónde acaba. Sin embargo, esa marabunta se conducía como esa ridícula e infeliz señora que corría delante de los controladores tomándoles fotografías con el móvil, sin duda para pavonearse ante sus amigos y familia de que su envidia era mucho mayor que la de sus semejantes, y ahí estaba la prueba, eternizada en el móvil. Habría que ver qué pasaría si, en vez de ser una turba en plan oeste con sogas y todo, estuviera un solo individuo frente a un controlador. Podría, eso sí, arrojarle un poquitín de su tóxica envidia, y moriría el controlador, envenenado al instante.
A todos estos necios que tanto les duele lo mucho que ganan estos trabajadores y tan poco que se esquilme su país con el derroche irracional de planes Z, autonomías y delirios semejantes, con la corrupción galopante que nos concierne, con la inoperancia dolosa y extrema del gobierno o que un individuo enfermizamente delirante haya desenterrado los viejos fantasmas del pasado y esté produciendo una división social de tal magnitud que no sabemos si finalmente va a llegar la sangre al río, es bueno que sepan (lo pueden leer letra a letra si les es difícil leerlo de un tirón), que pueden hacer el curso de controladores aéreos (que está abierto para todos y no hay que pertenecer a una casta espacial ni nada), que no hay desempleo en esa área y que los sueldos son estupendos. ¡Hala!, en vez de quejarse y rabiar de envidia, a estudiar, a formarse, a obtener su título y a trabajar. Y a ver si con el primer salario, que da para mucho, se compran una buena cantidad de cosmética para tapar el verde color de su envidia que les impregna la piel, y algún que otro fármaco para sanar la tiña que les corroe cuerpo y alma.

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