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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

Ser feliz es otra cosa

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
martes, 7 de diciembre de 2010, 23:44 h (CET)
Al disponerme a relacionar las personas a las que debo felicitar por Navidad, he recordado un cuento de Bucay en el que se relata la visita a un cementerio, donde el visitante observa que en todas las lápidas, después del nombre, se indica: “vivió tantos días”, siempre en escaso número. Pensando que se tratara de tumbas de bebés, pregunta al guardián del cementerio la causa de tantos niños muertos. El guardián le informa de que no se trata de niños, sino de personas fallecidas a edades más o menos avanzadas, pero que en aquel pueblo, sus habitantes iban anotando cuidadosamente los días de su vida en que fueron felices, esos eran los que realmente vivieron y esos eran los que se grababan en las lápidas de sus tumbas.

Todos los cuentos de Bucay tienen por objeto hacernos pensar sobre algo, en este caso sobre la felicidad, esa aspiración permanente de toda persona que tratamos de alcanzar, pero se desvanece de inmediato. Creemos que la posesión de esta o aquella cosa nos harán felices, pero apenas la tenemos en nuestras manos ya estamos deseando otra en una carrera sin fin.

A veces pensamos que si alcanzamos una determinada posición se verán colmadas nuestras ansias de felicidad; si no la obtenemos nos sentiremos desgraciados y si la conseguimos, el contento por ello nos durará poco, pues seguiremos sintiendo la comezón por alcanzar otras cosas.

Cuando pensamos que es una persona la que nos hará feliz, podemos desengañarnos rápidamente, pues la pasión de un día se apaga pronto y pensaremos en sustituirla por otra y luego por otra, hasta el cansancio.

Si echamos una mirada a nuestro pasado, sin duda encontraremos en nuestros recuerdos días, cosas o personas con las que fuimos felices, pero en aquellos momentos no fuimos conscientes de serlo. Aquellos días en los que jugábamos en la placeta con unos juguetes de cartón, aquel verano en la playa, aquel viaje que hicimos para ver a nuestros primos, vistos desde la distancia se nos antojan maravillosos, más aún de lo que en realidad fueron. Quizás esos días recordados eran los que anotaban los vecinos de aquel pueblo como vividos.

Pero lo importante es conseguir ser felices en el presente y ser conscientes de que lo somos, porque aceptamos agradecidos cada día de vida, porque el camino que seguimos nos resulta tan apasionante como la meta a la que aspiramos, porque creemos que las cosas que nos ofrecen son caducas y pasajeras y no depende de ellas nuestra felicidad, porque conocemos nuestras limitaciones y desde ellas buscamos, de verdad, la verdad, porque hemos comprendido que el secreto del amor es sentir la satisfacción de amar, de buscar activamente el bien de quien amamos, porque vivimos en la esperanza de que no todo termina con la muerte y que las victimas y los verdugos no pueden tener un mismo destino.

Mucho menos podemos pensar que corresponde al Estado hacernos felices, a pesar de que hablen constantemente del estado de bienestar. El Estado carece de medios para hacernos felices, pero puede hacernos desgraciados, tiene la obligación de velar por nuestra libertad y nuestros derechos y de disminuir en lo posible el sufrimiento de los desfavorecidos. Si los gobernantes nos dicen que quieren que gocemos de todos los placeres, desconfiemos radicalmente; lo que pretenden es manipularnos en su propio beneficio.

Un año más vamos a intercambiar felicidades, pero ¿de qué felicidad hablamos?

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