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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

La verdad revelada de Julian Assange

Mario López
Mario López
sábado, 4 de diciembre de 2010, 23:00 h (CET)
WikiLeaks nos está devolviendo a la ciudadanía parte de la dignidad que habíamos entregado por un plato de lentejas a todos aquellos que nos han querido y quieren gobernar, que son legión. El problema es que una gran parte de la ciudadanía está inquieta y no quiere saber nada de esas cosas que se filtran por las vías de agua abiertas en la sentina del Estado más poderoso del planeta.

Muchos ciudadanos prefieren vivir en la precariedad, con el agua al cuello, sometidos a doctrinas que cercenan su propia naturaleza, antes que enfrentarse a la certidumbre de que los que les gobiernan son unos miserables. WikiLeaks ha destapado muchos crímenes de Estado que muchos intuíamos, y aún les queda otros muchos por destapar.

Julian Assange es el único predicador, a su pesar, que predica la verdad; el primer profeta cierto que se conoce en la historia. Y lo es simplemente porque lo que predica está celosamente guardado bajo el secreto de Estado. produce pánico a los gobiernos y despierta las conciencias aletargadas de la ciudadanía.

Gracias a la labor de WikiLeaks ya podemos demostrar muchas cosas que sabíamos pero que pocos querían oír: que la Unión Soviética se fue al carajo porque las élites que la gobernaban decidieron que defendían mejor sus intereses ingresando en los mercados a costa del dinero público que expoliaron a los trabajadores después de dinamitar el Estado; que el gobierno español prestaba servicio de catering a los aviones de la CIA. Y tantas otras cosas que muchos sabíamos desde el corazón porque, de tanto tiempo que llevamos padeciendo el engaño, sabemos desentrañar las verdades que ocultan los silencios de nuestros gobernantes.

Si la ciudadanía estuviera preparada para hacerse cargo de sí misma, con dos revelaciones más del foro de Julian Assange sería suficiente para echar a los mercaderes del templo. Pero no se puede ser optimista cuando se observa a diario la falta de sentido colectivo que tiene la inmensa mayoría de la población. Son gregarios pero extraordinariamente individualistas. Una fatal paradoja, en absoluto involuntaria.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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