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La verdad revelada de Julian Assange
Mario López
WikiLeaks nos está devolviendo a la ciudadanía parte de la dignidad que habíamos entregado por un plato de lentejas a todos aquellos que nos han querido y quieren gobernar, que son legión. El problema es que una gran parte de la ciudadanía está inquieta y no quiere saber nada de esas cosas que se filtran por las vías de agua abiertas en la sentina del Estado más poderoso del planeta.
Muchos ciudadanos prefieren vivir en la precariedad, con el agua al cuello, sometidos a doctrinas que cercenan su propia naturaleza, antes que enfrentarse a la certidumbre de que los que les gobiernan son unos miserables. WikiLeaks ha destapado muchos crímenes de Estado que muchos intuíamos, y aún les queda otros muchos por destapar.
Julian Assange es el único predicador, a su pesar, que predica la verdad; el primer profeta cierto que se conoce en la historia. Y lo es simplemente porque lo que predica está celosamente guardado bajo el secreto de Estado. produce pánico a los gobiernos y despierta las conciencias aletargadas de la ciudadanía.
Gracias a la labor de WikiLeaks ya podemos demostrar muchas cosas que sabíamos pero que pocos querían oír: que la Unión Soviética se fue al carajo porque las élites que la gobernaban decidieron que defendían mejor sus intereses ingresando en los mercados a costa del dinero público que expoliaron a los trabajadores después de dinamitar el Estado; que el gobierno español prestaba servicio de catering a los aviones de la CIA. Y tantas otras cosas que muchos sabíamos desde el corazón porque, de tanto tiempo que llevamos padeciendo el engaño, sabemos desentrañar las verdades que ocultan los silencios de nuestros gobernantes.
Si la ciudadanía estuviera preparada para hacerse cargo de sí misma, con dos revelaciones más del foro de Julian Assange sería suficiente para echar a los mercaderes del templo. Pero no se puede ser optimista cuando se observa a diario la falta de sentido colectivo que tiene la inmensa mayoría de la población. Son gregarios pero extraordinariamente individualistas. Una fatal paradoja, en absoluto involuntaria.
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