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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

‘El invierno del dibujante’ de Paco Roca, una apuesta arriesgada

Herme Cerezo
Herme Cerezo
viernes, 3 de diciembre de 2010, 09:21 h (CET)
Barcelona gris. Barcelona en invierno. Año 1959. Al fondo la Plaza de Toros Monumental, entonces lugar de referencia taurina, hoy de repulsa. En primer plano un trolebús de dos pisos, con anuncio de Cinzano, letras blancas sobre fondo azulgrana, circula por la calzada ante la atenta mirada de un guardia urbano, aupado en su pedestal, sobre el que descansan varios obsequios navideños: botellas de champán, turrones y ¡un pavo! Algún transeúnte, cabizbajo, manos hundidas en los bolsillos del gabán, bufanda alrededor del cuello, camina presuroso… Esta es la primera imagen, espectacular, con la que Paco Roca (Valencia, 1968) ilustra el comienzo de su último cómic ‘El invierno del dibujante’. A partir de aquí y utilizando esta misma mecánica, una postal de época de la capital catalana al inicio de cada capítulo (un grupo de limpiabotas, unos transeúntes bajo un toldo, las Ramblas bajo la lluvia con Colón en lo alto, un puesto de venta de castañas …), se desarrolla el álbum.




Portada del cómic de Paco Roca.


‘El invierno del dibujante’ se basa en unos hechos concretos e históricos, a los que Roca se ciñe. En 1957, un grupo de dibujantes, Conti, Cifré, Nadal, Peñarroya y Escobar, pertenecientes a la extinta editorial Bruguera, deciden abandonar la empresa para fundar por su cuenta una cooperativa laboral, toda una hazaña en aquellos años de represión política y, no digamos, obrera, que alumbrará una nueva revista de historietas: ‘Tio Vivo’. Sin embargo, este intento innovador será torpedeado por Bruguera con todos los medios a su alcance. El pez grande se come al pez chico y un año después, el nuevo semanario bajará la persiana y los dibujantes, cabizbajos, pero DIGNOS, han de regresar a su antigua casa, llamar a su puerta y pedir trabajo: todos tienen una familia que mantener, que vestir, que comer, en una palabra: subsistir.

‘El invierno del dibujante’ es todo un retrato de época, de un momento histórico y de una profesión: la del dibujante de Bruguera, toda una especie dentro del mundo de la historieta. En los años 50 y 60 y, aun después, los dibujantes no contaban mucho como profesionales. Eran poco más que ceros a la izquierda. Cobraban por página entregada o por viñetas, perdían los derechos de sus originales, que pasaban a engrosar ese fondo documental inagotable de la editorial, frecuentemente mutilados por sus márgenes para reducir su tamaño y poder almacenar mayor cantidad. Gracias a este archivo monstruosamente grande, Bruguera podía reeditar las historietas cuantas veces quisiera y en cualquiera de sus revistas – o en varias de ellas a la vez – sin tener que desembolsar ni una peseta más a sus autores. Con estos casi pasaba lo mismo que con sus derechos: no existían. De vez en cuando, tal vez como una deferencia misericordiosa, las propias publicaciones incluían entrevistas, lo que permitía a los lectores descubrir los rostros de las personas que hacían sus delicias cada semana. Sin embargo, era más fácil conocerlos a través de sus propios dibujos, ya que frecuentemente hacían “cameos” en sus viñetas. Vázquez, Ibáñez o Escobar utilizaron en más de una ocasión este método para mostrar su rostro, rostro caricaturizado, claro está, a sus lectores. Bruguera era el ama y señora. Muchos de los dibujantes, antiguos represaliados políticos, como Escobar, no tenían otro remedio que trabajar allí. Su propio jefe, Rafael González, escritor frustrado y a hurtadillas, era otro represaliado que, a su vez, trataba con pocos escrúpulos a sus subordinados. Aunque era consciente de ello. Lo reconoce en una viñeta de la página 111: “He conseguido que todos los dibujantes me odien”. Otro personaje que recorre estas viñetas es el sobrino del señor González, Francisco González Ledesma, un literato prohibido por el régimen, que se ganaba los garbanzos como abogado de la editorial y, más tarde, escribiendo novelas del Oeste de cien páginas bajo el seudónimo de Silver Kane. Y lo cierto es que su papel en este álbum resulta un poco ambiguo a mi entender.

Paco Roca, en la última página del álbum, reconoce que tenía una deuda pendiente o un runrún en la cabeza con relación a aquellos tebeos que le iniciaron en la senda del cómic y alumbraron sus años infantiles y no tan infantiles: ‘Pulgarcito’, ‘Tío Vivo’ o ‘DDT’, en resumen, las publicaciones de Bruguera. Durante mucho tiempo, Roca se ha preguntado qué habría detrás de aquellas páginas, de aquellos chistes, de aquellos dibujos. Y eso es lo que ha tratado de explicar (o de explicarse a sí mismo) en ‘El invierno del dibujante’. Porque en este álbum, a través de una estructura casi coral, los protagonistas son varios y varias son las voces que escuchamos. Estamos ante una visión del mundo del cómic y de sus autores hecha por un artista del cómic, la obra de un profesional que reflexiona sobre los problemas de su propia profesión y sobre sus compañeros de épocas pretéritas. En este sentido, el álbum, en mi opinión, va dirigido a un público muy concreto, el de los lectores que crecieron al calor de las páginas de Bruguera, o sea, los cuarentones, cincuentones y sesentones de hoy, a los frikis y a los gurús del noveno arte. Eso lo convierte en una apuesta arriesgada, valiente (como casi todas las que hace últimamente el dibujante valenciano) y poco comercial. Sin embargo, espero que su enorme calidad, la belleza de sus imágenes y la técnica narrativa que emplea Paco Roca en este álbum, rompiendo el tiempo una y otra vez, resulte suficientemente atractiva para lectores más jóvenes, que desconocen el pasado de la historieta en España y que pueden introducirse en él gracias a este trabajo.

El único pero es el de la impresión. Para cambiar de época, Paco Roca ha escogido papeles con márgenes de distintos colores, que en algunos casos, el azul o el rosa por ejemplo, ayudados por el tono mate de la impresión, salpican el interior de las viñetas, uniformándolas en exceso y haciéndoles perder una buena parte de su riqueza cromática. No es la primera vez que le ocurre esto o algo parecido. Ya le pasó con ‘Las calles de arena’. Y pienso que el resultado final no es culpa suya. Creo que la editorial debería hacérselo mirar para evitar repeticiones futuras. Curiosamente en este sentido, el del color digo, la atmósfera ideada por el artista valenciano para ‘El invierno del dibujante’ se asemeja mucho al tono escogido en su día para la película ‘Tiovivo’ por el director de cine español José Luis Garci. Lo cual no es un demérito, sino todo lo contrario.

‘El invierno del dibujante’ es una de las poquísimas aproximaciones a esta historia, a la de los historietistas y sus vivencias. Paco Roca la ha hecho con cariño y respeto, pero también con verismo y coherencia con lo que explica. No todo es bonito, pero la verdad es a veces dolorosa”. Estas son las palabras que el historiador y crítico de cómics, Antoni Guiral, incluye en la contraportada del álbum. Ahí quedan.

- ‘El invierno del dibujante’ de Paco Roca.
- Astiberri Ediciones. Noviembre, 2010.
- Tapa dura, color, 128 páginas, 16 euros.

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