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La soberbia de Rosa Diez
Mario López
En este país llamado España hay unos cuantos figurones que se nos cuelan hasta en la sopa sin que nadie les haya otorgado el menor beneplácito para ello y sin que nadie les muestre la salida. En política, en democracia, uno o una accede a los medios porque cuenta con un apoyo popular o, si no, para dar la nota. Así que si el político o política en cuestión no tiene apoyos populares, es fácil deducir porque está ahí: para pintar la mona. Y eso es exactamente lo que hace Rosa Diez.
A nivel estatal es menos que una anécdota y a nivel territorial inexistente. Pero ahí está ella. Su perfil político es tan esperpéntico como estrafalaria su forma de vestir. Es verdad que tiene la lengua suelta; lástima que no sea para contar algo de interés. Encastillada en tópicos y arquetipos dignos de una novela de Marcial Lafuente Estefanía o Manuel Fernández y González -por mentar a dos autoridades del género-, gastando trapos y peinados más propios de una actriz de variedades que de una congresista, se ha ganado el favor de ciertos medios de comunicación, pero la absoluta, frontal y radical desafección del pueblo soberano, que es el que a la postre da licencia para lucir el palmito en sede parlamentaria. Pero esta mujer es de una soberbia tal que ha sido capaz de ofrecer una segunda oportunidad a los catalanes.
Muy demócrata se la ve. Yo me puedo imaginar a mí mismo destrozando el aula donde imparto clase, mandando a la mierda a mis alumnos mientras me bebo una litrona de Mahou y siendo expulsado ipso facto por el director del centro. Lo que ya no me imagino es volver al día siguiente a la academia para ofrecerles otra oportunidad. Pero, bueno, cada uno es cada uno.
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