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La mayor estafa de España

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 3 de diciembre de 2010, 07:47 h (CET)
Siempre ha sido un poco así, pero especialmente desde la llegada de la democracia el Estado ha machado hasta la saciedad con la cosa de la cultura y de la formación de los individuos, proclamando una vez y otra, como en un lavado de cerebro colectivo, que si los chicos querían tener un futuro no había otra que esforzarse hasta la sangre para obtener un título universitario: o eso o el hambre, que luego no se quejaran. Lo creíamos los padres, y así se lo transmitimos a nuestros hijos, conocedores como éramos entonces de la titulitis que aquejaba al país, y cómo se encomiaba que éste o aquél tuvieran no sé cuántas carreras universitarias, hablaran no sé cuántos idiomas y tal, además de que por aquella época, fines de los 70 y principios de los 80, comenzaban a aparecer los primeros MBA (máster, en plan doméstico, pero que se los nombraban con iniciales anglosajonas para hacerlos más rimbombantes), los cuales, dicho sea de paso, valían de bien poco pero costaban un huevo, que es decir un poquito más que un ojo de la cara.

En fin, que nos creímos esta atroz mentira los padres, y a nuestros hijos, la generación que hoy tiene alrededor de los treinta, les inculcamos un espíritu de esfuerzo y superación individual que redundaría en el colectivo, y ni siquiera nos conmovimos cuando les exigíamos más que un simple notable, y aún cuando renunciaban a nueve de cada diez salidas con los amiguetes: “No basta con ser buenos: hay que ser el mejor”, les decíamos machaconamente. Hoy, esos chicos, tienen alrededor o ligeramente por encima de los treinta años (como un grado masón), su formación es envidiable, son excelentes especialistas, tienen uno o varios títulos universitarios, hablan uno o varios idiomas y es más que probable que hayan hecho uno o varios másteres dentro y fuera de España, habiendo costado su formación un huevo a los chicos y los dos a la familia; pero…, sin embargo, ni tienen trabajo ni posibilidades de tenerlo. Padres e hijos fueron infamemente engañados por España. Ni siquiera tienen la décima parte de posibilidades de obtener un empelo que una persona no titulada, de aquéllos que, en muchos casos, se dieron al botellón, las reuniatas y la buena vida, mientras los estos titulados se quedaban en casa quemándose las pestañas y siempre a la cuarta pregunta… empeñados en un dorado porvenir individual que redundara en el colectivo. ¡Ja!

España no sólo engañó a padres e hijos, sino que se rió de todos nosotros a mandíbula batiente. De todos estos chicos hoy, los que no están becados todavía, tienen una rabia tal incrustada en el alma que les hablan de esfuerzo, honestidad o España y es que se les revuelven las tripas. Y con razón. Saben mejor que nadie, por propia experiencia, que los puestos que se convocan para titulados están dados de antemano, especialmente en las Administraciones, que sus compañeros sin padrinos igualmente están en el desempleo o jamás han tenido la menor oportunidad de conseguir uno, y se enfurecen hasta el rencor porque tienen que mentir en los currículos que presentan como vendedor de supermercado o lo que sea, ocultando toda una vida de esfuerzo continuado y de formación exquisita (sus títulos, másteres e idiomas), para tener una oportunidad de ganar unos cientos de euros, como todos aquéllos que en su vida dieron un palo al agua. Y, lo que es peor, se enfierecen contra todo lo humano y lo sagrado porque comprueban, con indecible dolor, que los torpes, inútiles, babosos, sinvergüenzas y pillos comandan la sociedad, no importa en qué sector o desde qué ángulo sea, comenzando, como no puede ser de otro modo, por gobernantes y políticos.

La estafa que perpetró España con su ciudadanía no sólo ha quedado impune (por mucho menos hay gente en la cárcel), sino que las nuevas generaciones de políticos insisten reiteradamente en el mismo falaz cuento de hadas. Y, tal vez, sea la hora de comenzar a decirles a los chicos, estos más jóvenes que hoy están en periodo de formación, que no, que todo eso es mentira sobre mentira, como todo cuanto sale de los labios de los políticos, que los que deberían decir la verdad siempre porque trabajan para nosotros nos engañan, y que cuanto más tonto sea, mejor, que aprovechen y que se diviertan, y que a lo demás –aun el país-, que lo Joan. Que vivan, en fin, y que desatiendan esos cantos de sirena que son la verborrea politiquera, y que disfruten ahora que pueden, para evitarse rabiar después.

En España, y es algo que puedo decir después de 55 años de experiencia muy consciente y muy activa en dos regímenes supuestamente contrarios, casi todo es mentira: no vale de nada ser superdotado, sino que es un obstáculo insalvable; no vale de nada esforzarse por la formación, a no ser a título individual como un placer onanista, porque más oportunidades tiene una puta, un imberbe que dé patadas a un balón, un rascamoñas que tararee sonsonetes o un tránsfuga de la ética que viva mamando de la política; y que tendrá más oportunidades de según que mafioso se rodee y tenga por amigo, que con esfuerzo ninguno. Que se esfuercen ellos, en fin, y que cada cual a lo suyo. En España, más que en ningún otro rincón del mundo, prima el eslogan: “Sálvese el que pueda.” Formarse académicamente en España sólo vale si uno tiene en mente prepararse para emigrar a cualquier otro país, el que sea: aquí, con formación, no se tiene la más mínima oportunidad. Un asco, en fin; pero una realidad incontestable.

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