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Etiquetas:   Antes muerto que en silencio   -   Sección:   Opinión

¿Por qué no?

Tomás Salinas
Tomás Salinas
@tomassalinasgar
jueves, 2 de diciembre de 2010, 08:07 h (CET)
Un buen amigo que sabe lo quemado que ando con el gobierno del innombrable y lo atónito que me quedo cuando el mago saca conejos de chisteras vacías, me ha enviado uno de esos correos plagados de soluciones a la crisis. Lo he leído porque leo todo lo que cae cerca de mis ojos y también porque todo lo que se refiere a la búsqueda de un bálsamo sanador para la ruina que llevamos encima me parece, como poco, interesante.

A grandes rasgos, lo que manifiesta el autor del mismo supondría, según sus cálculos, un ahorro de más de 45.000 millones de euros, cantidad suficiente como para darle tres pases de pecho a la crisis. Vamos allá con lo expuesto. Por un lado, propone eliminar el Senado, una cámara de relleno inútil y absurda, un garaje para políticos de vuelta de todo que en algún sitio han de poner el huevo. Por aquí, 3.500 millones menos de gasto. En segundo lugar, fuera finiquitos y pensiones vitalicias para los padres de la patria. A currar hasta el final como todos y, con el cómputo de meses que se aplica al resto de los mortales, se calcula lo que toca y punto.

Siguiendo en su argumentación, el escritor considera más que oportuno revisar con lupa los sueldos que se otorgan alcaldes y concejales de pueblos varios, y meterles un machetazo. Hay que cambiar el concepto de política como chollo donde llevárselo calentito, y no sería un mal lugar por el que empezar. Y, ya que estamos, al que pillen con las manos en la saca pública, quitarle hasta el calcio de los huesos hasta que pague por lo usurpado.

En el capítulo de gastos sin sentido y sin justificación, se detiene en el exceso de vehículos oficiales, todos de alta gama e insultante precio, en el abuso descontrolado de las tarjetas VISA que circulan como cucarachas entre manos derrochadoras y, como no podría ser de otra manera, en el lacerante, vergonzoso y ultrajante número de asesores y parásitos de seis mil euros al mes que, como una plaga, devoran las administraciones, desempeñando cometidos para los que ya hay funcionarios con la preparación más que suficiente y necesaria.

En la línea de inutilidades destaca también el elevado gasto que genera nuestra diplomacia, superior en cuantía y notablemente inferior en capacidad y calidad a la de Alemania y Reino Unido. A todo este cocido, le añade una rebaja del 30 % de las partidas 4, 6 y 7 de los Presupuestos Generales del Estado (transferencias a sindicatos, partidos políticos, colegas y fundaciones varias) y se encuentra con que no haría falta recortar 6.000 millones en inversión pública ni tocar los sueldos de los funcionarios y, ni mucho menos, congelar las pensiones.
Bueno. Sonar, suena bien, como ideas no están mal, son incluso sabrosos y apetecibles sopapos en los morros de la clase política dirigente. El problema, querido amigo, es que quiénes tienen que valorarlas son los mismos a los que dejaría en cueros su aplicación. Pero, lo dicho, si te lo piensas y sumas, resulta que no son para nada una memez. Una utopía, sí. Pero no una memez.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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