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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Mi hijo ha muerto

Jorge Skibinsky (Palma de Mallorca)
Redacción
miércoles, 1 de diciembre de 2010, 15:52 h (CET)
Soy padre. Tengo dos hijos maravillosos. Ahora son mayores de edad pero hubo un tiempo en que eran tiernos infantes que llenaban mi vida de alegría con su mundo imaginario y sus juegos asombrosos. Tuve una niña y un niño y, con sus diferencias y similitudes, con su amor y sus rabietas, con su punto de vista sencillo y a la vez su ocurrente inocencia me han enseñado mucho de la vida que yo, en mi egoísmo de adulto que todo-lo-sabe creía conocer.

Desde entonces asumo el reto diario de vivir con otros ojos. Cuando me enfrento a un problema intento buscar el sencillo entender de un niño para descubrir que la solución más simple es casi siempre la mejor. Cuando veo a un niño me detengo en sus movimientos primitivos, sus juegos, su dulce mirada y su sonrisa fácil y sincera que me retrotraen a la infancia de los míos que lo fueron hace mucho, en un tiempo perdido en mi memoria.

Pero hoy estoy triste. No me cabe en la cabeza que una madre haya podida matar a su propio hijo de nueve años porque le molestaba en su vida. Sencillamente no alcanzo a comprenderlo. No fue un arrebato, tampoco un acto de locura, fue premeditado. ¿En que piensa una persona que antepone su propio beneficio en grave (fatal) perjuicio de su propio hijo? No lo entiendo.

Con nueve años mi hija dibujaba como los dioses, hoy es artista y dibuja mejor aún. Con nueve años mi hijo jugaba conmigo al boxeo demostrándome lo fuerte que era al derrotarme, hoy lucha con sus iguales para imponer sus ideas maravillosas. Con nueve años mi hijo César, el hijo que no he conocido, el hijo que pudo haber sido el de cualquiera de nosotros que amamos a nuestros hijos ha muerto para siempre. Ya no llegará la persona que hubiera podido ser; sus sueños, su ilusión y su futuro se han perdido definitivamente. Una madre que nunca lo quiso, que no pensó que a lo mejor alguna otra persona podría haberlo acogido y criado como se merecía, que creyó que era de su propiedad como para decidir por él si debía vivir o no, se lo ha llevado para siempre. Hoy estoy triste, hoy he perdido a un hijo. Adiós César, descansa en paz.

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