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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Toreros en la universidad

Julio Ortega (Pontevedra)
Redacción
miércoles, 1 de diciembre de 2010, 15:09 h (CET)
¿Estás en los veintitantos?, ¿recién licenciado y sin expectativas laborales? Pues deja ya de preocuparte. La solución a tan negro futuro te la brinda el matador y apoderado Eduardo Dávila Miura, que sin traje de luces pero con toga y birrete y de la mano de la Confederación de Empresarios de Andalucía, figura como conferenciante en el cartel de las principales Universidades de esa Comunidad para decirte: “Joven con título y sin trabajo: ¡hazte torero!”

El asunto, si se analiza, tiene su aquel. Años de codos y de exámenes para, una vez terminada la carrera, empuñar una espada y ensartársela a un toro. – “Mamá, voy a estudiar medicina en la facultad” – “¿Y en qué te vas a especializar hijo mío?” – “En destrozar trapecios y serratos, atravesar pleuras y pulmones y en seccionar médulas, además de cortar rabos y orejas”.

Ya puestos se podría edificar un campus en la Gran Dolina, pues si de un capotazo vamos a pulverizar millones de años de evolución, ese es el emplazamiento más idóneo para regresar académicamente a las cavernas. Aunque no las tengo todas conmigo, porque según creo, el Hombre de Atapuerca, a diferencia del Homo Sapiens Sapiens de la España del Siglo XXI, no hallaba placer en torturar y matar a un ser vivo. En eso estaban más avanzados que algunos hoy.

Encontrarse con noticias como ésta te lleva a comprobar la fecha por si has viajado en el tiempo sin darte cuenta, ya que habremos sido capaces de pisar la luna o de descifrar el genoma humano, pero hay quienes siguen mostrando conductas tan salvajes y primitivas que lo lógico es pensar que son antecesores de Darwin, Bentham o Da Vinci, y hasta de Pitágoras o Zaratustra, hombres que defendieron la necesidad de respetar la vida de otros, incluida la de los animales.

Ayer fue el premio de la Asociación Taurina Parlamentaria a Carlos Herrera, hoy matarifes con montera metidos a catedráticos, mañana Jesulín y Ortega Cano impartiendo clases de toreo a famosillos en un programa de Canal Sur. Y entonces, ahora y después, el irreductible Sánchez Dragó, que tan pronto eleva loas a la sublimidad de la agonía de un toro en la arena como al roce de un pubis núbil. Pero no hay puesta en escena que pueda pervertir la conciencia de los ciudadanos que, poco a poco, van despertando a la consideración moral ante el sufrimiento evitable de los seres con los que compartimos este Planeta. De cualquier modo, cuanto antes nos libremos del lastre de la tauromaquia, menos vergüenza acumularemos hacia unas generaciones posteriores en las que los jóvenes, con estudios o sin ellos, seguro que no querrán ser toreros.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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