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La tumba del Visisr Huy (y II)
Luis del Palacio
La figura del egiptólogo conserva aún mucho de su halo romántico; de un cierto aroma a misterio y epopeya que nos devuelve con pasmosa facilidad a tiempos en que figuras casi míticas, como Carter, Petrie, Maspero e incluso algunas todavía más antiguas, de cuando la ciencia de la Egiptología estaba en sus albores, como Mariette, Belzoni o la de quien rescató la lengua jeroglífica e hizo que los muros y las piedras hablaran, tras casi mil quinientos años de silencio, Jean François Champollion, trabajaron aquí y dejaron su impronta.
Ese aire intemporal que se respira quizá se deba, en parte, a que todavía, a pesar de que las técnicas de excavación hayan evolucionado con el tiempo y las nuevas tecnologías supongan una valiosa ayuda en las tareas de datación y catalogación, lo básico –hacer las catas, elaborar los planos y, sobre todo, la paciente extracción del material acumulado durante miles de años- permanece prácticamente inalterado.
La cámara sepulcral del visir Amen Hotep Huy tiene unas dimensiones de casi quinientos metros cuadrados y está cegada en sus tres cuartas partes aproximadamente. Semejante cantidad de cascotes compactados por su misma presión obedece a dos causas principales: los derrumbes producidos por los movimientos de asentamiento de la propia roca y la destrucción debida a la mano del hombre. De las treinta columnas del templo- tumba sólo dos permanecen en pie; el resto son fragmentos de diverso tamaño que van siendo rescatados según avanza la excavación. La unión de dos de estos grandes fragmentos confirmó, en clave jeroglífica, que el visir Huy fue un alto dignatario de la corte de Amen Hotep III.
Todo es un enorme rompecabezas en el que, con enorme paciencia, cada pieza ocupará finalmente su lugar. Hace pocos días apareció un ánfora intacta y sellada que contenía vendajes de momificación. Otro recipiente guardaba más de veinte bolsas de natrón destinadas a absorber los fluidos corporales durante el proceso de desecación del cuerpo, que duraba setenta días. Hasta la fecha han aparecido más de cuarenta momias en distinto grado de conservación. Algunas son sólo fragmentos óseos con restos de vendaje, cráneos más o menos intactos; en otras ocasiones, el cuerpo momificado conservaba perfectamente los rasgos y la apariencia de quien fue su dueño en vida. Es el caso de la momia de un hombre de edad madura, dotado de una barba que denotaba su condición de personaje de cierta relevancia, cuyo semblante conservaba además todos sus rasgos (nariz pequeña algo aquilina, unas orejas bien formadas muy pegadas al cráneo) y una expresión de gran serenidad ante la muerte.
El pasado sábado visitó la excavación el doctor W. Raymond Johnson, del Instituto Oriental de Chicago, uno de los máximos expertos mundiales en el reinado de Amen Hotep III, que se mostró impresionado por la calidad de los relieves encontrados y el avance de la excavación.
No podría acabar esta última entrega de mis “crónicas egipcias” de este año sin dejar de referirme al excelente equipo de profesionales que, bajo la dirección del doctor Martín Valentín y la profesora Teresa Bedman, va rescatando de su olvido milenario piezas arqueológicas que ayudarán a recomponer, como si de un gigantesco e inverosímil puzle se tratara, las circunstancias especiales que rodearon la vida del visir Amen-Hotep, Huy, su ascenso a la más alta magistratura del gobierno faraónico y su caída en desgracia durante la que puede considerarse primera revolución conocida de la Historia.
En primer lugar me referiré a la importante labor de la arqueóloga Inés García, en su segunda campaña como responsable del almacén y del siglado y archivo de piezas. Y, aunque recién incorporadas, es preciso destacar el trabajo de dos jóvenes arqueólogas mallorquinas, Naty Sánchez Ortega y Pilar Pujol (esta última a punto de leer en Madrid su tesis doctoral sobre la presencia del dios escarabajo, Jepri, en el ámbito funerario) Mari Fe San Segundo, incansable fotógrafa y catalogadora; el experto en arte egipcio y hábil restaurador argentino Juan Friedrichs y la sapiencia del egiptólogo, experto en textos funerarios, José María Saldaña, a quien todos conocemos familiarmente como “Chemosis”.
La lista sería demasiado larga y no es posible incluir a todos y cada uno de los trabajadores que, bajo la fuerza abrasadora de Ra, se parten cada día el espinazo para que, literalmente, “las piedras hablen”. Sin embargo, no sería justo dejar de mencionar a Hassan, el “lector de piedras”, que, moviendo numerosos bloques y fragmentos, logra resultados asombrosos a la hora de recomponer las columnas, dinteles y trozos de pared que forman parte de la inmensa amalgama acumulada en la tumba. Todos creemos que, como él mismo afirma, las piedras le hablan.
Me gustaría cerrar mi última crónica con una breve reflexión:
Proyectos como este, avalados por otros anteriores, dejan muy alto el nombre de la Egiptología española; lo que equivale a decir, el nombre de España. Y la idea de España como unidad –“concepto discutido y discutible” para algunos- cobra fuerza cuando se observa la tarea conjunta de los que provienen de un mismo país y hablan una misma lengua. El “milagro del fútbol” ha contribuido recientemente a afianzar ese sentimiento común que aún pervive ¿Por qué no habría de hacerlo también la Egiptología?
Mucha suerte en la tercera campaña.
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