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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
Sonsonetes


Ángel Ruiz Cediel


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 27 de noviembre de 2010, 00:00
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No hay manera de conectar un aparato eléctrico, aunque sea una tostadora, y no escuchar alguna clase de sonsonete. En este alegre país, que está como unas castañuelas de contento por lo bien que nos va, canta hasta el Potito. ¡Qué aburrimiento, qué hartazón, qué hastío! Efectivamente, harta, cansa, aburre el que haya tal proliferación de cigarras, que más parece esto la plaga bíblica de las langostas de Egipto que cultura ninguna. Y es que entre ellos, los que cantan, los hay para todos los gustos: macizas en la flor y nata reproductiva, galanes de mucho rizo y paquete, sandungueros de variados orígenes, héroes del silencio que no se callan, andróginos diablejos del heavy metal, rascamoñas del esperpento y un sinfín de variedades, a cual más esperpéntica, que para qué cuento. Y todos, todos, con un elemento común: berrean como su falta de talento les da a entender, bien agarraditos a cuatro notitas cogidas por los pelos.

Ya sé, ya sé que en los últimos decenios se han hecho dos o tres temas que, vaya, pueden pasar; pero ¿de veras que es preciso este martirio de nubes de cigarras frotándose la patita de en medio con las otras patitas para dos temitas salvables de un par de minutos cada uno?... ¡Cara está la calidad, pardiez! Debussy en rebajas, a euro el CD, y la de las caderas -¿qué tendrán esas reproductivas geometrías que ver con la música?- a veinte euros la canción. Vamos, que ascendimos a las cumbres de Schubert, Chopin, Grieg, Dvorak o Sibelius para arrojarnos al precipicio de los sonsonetes. ¡Cómo está el mundo, Facundo!

En mi caso será cuestión de incultura –de todo ha de haber-, pero creo que mejor estaría el planeta en silencio que con tanto infernal tiroliro, porque esto es un sinvivir y no hay modo de librarse de ellos ni a sol ni a sombra. Están en las radios, en las televisiones, en las músicas ambientes de oficinas o tiendas, en los túneles del metro, en la calle y hasta en la sala de uno se cuelan aunque no tenga enchufado ni el secador, porque, si no te sale alguien cantando del aparatejo que te acaricie o te mese el cabello, es el vecino quien está en sus horas románticas, sandungueras o étnicas, y tiene la música a todo trapo. Y cansa, oiga usted, hastía. Vamos, que uno pone la minipimer para hacerse un batido y le sale Bisbal con sus calambres o la Shakira con sus meneos, si es que no Julio Iglesias y –¡hey!- te regala un shock hiperglucémico. Deja uno la minipimer, conecta la maquinilla eléctrica, y te rapa el mentón y los oídos el plasta del Serrat con sus canciones del milenio pasado, o la Ana Belén te da un after shave ñoño y blandiblup, o Juan Luís Guerra te hace una plantación de café entre la caspa. Y, si uno se prepara un baño de inmersión por ver si sumergiendo la cabeza en el agua puede dar cierto relajo a sus tímpanos, pues que te tienes que dar un agüita con los de la Palacagüina, con el espíritu de Mercedes Sosa o con Beyoncé en persona: vamos, toda una orgía.

No vayan ustedes a pensarse por estas palabras que soy un insensible o algo así. No; ni mucho menos. Sé de sobra que el grupo, la tribu, tira un montón y que hay que darse viso de moderno y tal si uno quiere ser aceptado o se quiere comer un colín. Pero, por experiencia, les sugiero a las nuevas generaciones que se controlen, que luego pasa lo que pasa. En mi juventud (anteayer) se ligaba cantidad con el truco de la tristeza, y, oye, como que las chicas se ponían tiernas, maternales o lo que fuera, y, ¡zas!, hasta la cocina. Por eso íbamos todos con ojeras, el pelo largo y cara de habernos fumado el bidé. Y cuantas más ojeras, más delgado y con aspecto de mayor desamparo, más se ligaba. Baste con decir que algunos nos sacudíamos tres o cuatro hostias delante del espejo antes de ir con la peña, si es que esa tarde o esa noche queríamos tener un affaire con Maripili o así. Pero, ya ven lo que son las cosas, en nuestro pecado iba la penitencia, y elevamos a los altares a Serrat –que se llamaba Manuel y no nació en España-, a Víctor Manuel, a Aute y…, no se lo pierdan, a José Luís Perales. Vamos, que si sobrevivías al uno, ya podías gozar con Miripili, porque en el último estertor tenías que estar ojo avizor y, o localizabas enseguida un psiquiatra de urgencias, o habrías quedado estupendo de las entrepiernas, pero en el cerebro podías haber sufrido daños irreversibles. Vean cómo quedaron muchos del PSOE, que ya son drogodependientes de los de la Ceja. ¡Ah, pillines, pero yo os he descubierto la tostada!

En fin, el caso es que nunca de tan poco (notas empleadas en una canción estándar) se sacó tanto, oiga usted. Porque mire que dan de sí cuatro notitas desparramadas. Lo mismo tienen la culpa esos jovenzuelos que confunden el amor con los impulsos reproductivos, o esos horteras que compran ruido a paletadas para ponerla a todo volumen en sus cochecitos tuneados y obligar a que se enteren en sus barrios de que existen, o aun los de RNE, que venden por música clásica los desafinos experimentales de vaya usted a saber que trasnochado, obviando a la flor y nata de la verdadera música y echando así de sus ámbitos a quienes pudieran aprender qué es calidad y qué talento. O, todavía, tengan la culpa las mutilacionales de los CDs del tiroliro, que hay que ver cómo hinchan, oiga, que le colocan a la peña lo que sea y son más que capaces de sacar leche de una alcuza. Y todo ello, claro está, para que la SGAE meta las manos en los bolsillos incluso de los que odiamos este mareo (si todavía fuera para que se callaran y dejaran descansar nuestra perilinfa y nuestra endolinfa…), y luego va y se lo reparten con los tres o cuatro tronquetes que hace mil años hicieron una canción que ni siquiera era suya, pero que son de la ceja y tal, y eso pesa mucho.

En fin, que si música es todo esto que atruena nuestros oídos desde la mañana a la mañana siguiente, y así todos los días, mejor hace uno alpinismo, aunque seguro que escala el Tirich Mir y se encuentra en la cumbre con un macroconcierto de Lady Gaga al alimón con Chenoa, Pixie Lott y vaya a saber cuántos más. Entonces, aprovechando que uno estaría en el techo del mundo, lo único que podría hacer, ya que sería evidente que no puede vencer al enemigo, sería unirse a él y cantar a pleno pulmón: ¡auxilio! El éxito de la temporada, oiga.

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