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Dejad que los muertos entierren a los muertos
Ángel Ruiz Cediel
Nadie sabe con seguridad absoluta si los muertos saben que lo están, pero no queda ninguna duda de que muchos que se creen vivos ignoran que están muertos. Al menos, ésa es la impresión que da el que algunos vivan experiencias que no aprovechan, cayendo una vez y otra en los mismos errores. Bien está que en una nueva situación uno se pueda equivocar y fracasar, pero insistir en ello sólo puede suponer dos cosas: o no entiende cuanto le sucede, o está muerto y lo sabe.
Para algunos iniciados, e incluso para algunas religiones, hay tres clases de personas: las que tienen cuerpo y alma, las que tienen cuerpo y espíritu y las que sólo tienen cuerpo. Éstos últimos, claro está, para ellos son considerados poco menos que animalitos, que sienten y padecen pero que ni comprenden ni falta que les hace. Siempre me parecieron repugnantes estas doctrinas, pero, a la vista de los sucesos y nuestra realidad de cada día, no va a quedar otra que darles la razón y decir, haciendo propias las palabras de Jesús, “dejad que los muertos entierren a los muertos.”
Uno ve la deriva de los políticos y no puede sino enfermar de los nervios por el número de votantes que, a pesar de los actos de éstos, piensan acudir a las urnas. Participar de este juego terrible, ya sea para premiar a los que tan nefasto servicio han hecho, o ya para castigar a quienes han producido tantos daños, no deja de ser algo tan desquiciante como incomprensible. La crisis la producen unos, y la pagan todos, especialmente los que no han tenido nada que ver con ella; mientras el país se descuartiza entre la ignominia y la miseria, los políticos viven como maharajás; en vez de hacer un país fuerte, siembran la división; en vez de premiar el talento, entontecen elevando inútiles a los atriles sociales; en vez de decir la verdad, mienten; en vez de combatir la corrupción, denuncian la del opositor y protegen la propia; etcétera, y éste es un etcétera muy, pero muy laaaaargo. Cómo es posible que, así las cosas, haya alguien que es capaz de votar a unos u otros, si todos hacen más o menos lo mismo... es algo que no se entiende. Debe ser que tienen razón esos iniciados o místicos y que hay una gran cantidad de personas que está muerta y lo ignora, quién sabe.
Algunos podrían argumentar que votan a éstos porque de no hacerlo ganarían aquéllos, y que eso no puede ser; pero ¿y qué más da, si ya han pasado todos por el poder y todo sigue todo manga por hombro, y, lejos de progresar, cada vez estamos peor y en un mundo más injusto y con mayor desorden?... ¿No sería lógico pensar que ninguno de ellos vale?... Si uno analiza las estrategias políticas por las que han conseguido el poder los que están –mentiras, compras de votos, delirios, etc.-, y las técnicas que están empleando en las actuales elecciones catalanas –prólogo del circo que serán las nacionales- para conseguir arrastrar a los votantes a las urnas (orgasmos electorales, desnudos, mentiras a todo color, etc.), pues la conclusión no puede ser otra que el que son muertos que reclaman a los muertos.
Recientemente, por suerte, están comenzando a aparecer diversos movimientos en todo el mundo que de uno u otro modo están llamando a los vivos a la acción, ya sea con Tea Parties o ya con reclamos para que la revolución pasiva se manifieste sacando los dineros del banco y dejando al sistema que nos concierne en cueros. No son malas las propuestas para algunos, pero queda por verse el efecto real que pueden tener. De lo que no cabe la menor duda es de que haciendo lo mismo obtendremos lo mismo: si votar ayer nos trajo esto, votar hoy nos traerá más de esto, independientemente del color de los ojos del candidato, de su nivel friki, de lo que quiera que sea que prometan o de lo que le gusten a las señoras ésas de las revistas rosas. A igual acción, idéntica reacción: de cajón. Es necesario cambiar la ecuación si queremos obtener un resultado distinto.
Por mi parte, este sistema ya no vale. En realidad, no vale desde hace mucho, pero mucho tiempo: desde que dejé de votar allá por el 82, cuando me engañaron por primera y última vez. Desde entonces estoy exento de los atropellos de los políticos: vivo. Ya han pasado todos los partidos políticos varias veces por el poder, y, aunque las personas que encabezaban las listas son diferentes, los resultados han sido idénticos porque no importa quién sea el cadáver: está igual muerto. Lo mismo podríamos decir de los votantes. Los vivos, según lo veo, buscamos otras soluciones, otras fórmulas para organizarnos y entendernos, y aun para modificar la realidad que vivimos. En lo que a mí respecta, no es que critique sin aportar o que lo haga gratuitamente como quien tiene una pataleta y busca destruir nada más: desarrollé la Deontocracia, un sistema de organización social que, aunque sólo sea nivel teórico e intelectual, ya es mucho más de lo que han hecho todos estos cadáveres empeñados únicamente en un porvenir de corrupción y gusanos. No sé si se puede comparar a la Utopía de Thomas Moro, pero pueden verlo en mi web. Los vivos, en fin, dejamos que los muertos entierren a sus muertos: que vote y sean votados. Sólo pueden ir a peor, porque los cadáveres sólo pueden descomponerse. Todo sea que, por no movernos demasiado los vivos, nos terminen enterrando también.
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