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Las cuitas de Gallardón
Mario López
Nuestro alcalde Gallardón -que tiene mucha ilustración- acaba de recibir una varapalo del presidente Rodríguez Zapatero que quizá le haga pensarse dos veces lo de volver a postularse como regidor de la villa y corte en la próxima convocatoria electoral. Él pensaba que podría llegar a recabar la ayuda del Gobierno de España para refinanciar la deuda que tanto alimentó su faraónico natural.
Pero se encontró con el no del presidente; algo así como lo que le ocurrió el niño que, a sabiendas de que había abusado de la prodigalidad de su padre, pensó que con una lista de buenas intenciones, bien expuestas y edulcoradas con un par de gestos de filial amor, le valdría para volver a las andadas y se llevó el chasco al descubrir que su padre era un hombre sensato.
Pues igual que ese niño que despechado por la negativa paterna se enzarza en una histriónica sucesión de amenazas adornadas con los más peregrinos presagios, el flamante émulo de Ramses II (faraón conocido por su obsesivo afán en construir el mayor número de templos colosales) ya ha vaticinado las infinitas plagas que azotarán a la capital madrileña y a sus habitantes por culpa, claro está, de Rodríguez Zapatero. Los proveedores del Ayuntamiento de Madrid ya se pueden armar de paciencia y buscarse la vida por otros pagos, porque los emolumentos que hayan devengado no los cobrarán, al menos en un plazo de tiempo razonable; sé de muchos pequeños constructores que ya están dejando las obras a la mitad, empantanadas ante la amenaza de no cobrar.
El caso es que la Comunidad de Madrid tampoco le suelta un duro a don Alberto; el Gobierno regional tiene dinero para todos los municipios de la región menos para su capital. Ay, qué caray. A don Alberto le están haciendo la pinza entre Zaptero y Aguirre; y él, con todo el dolor de su corazón y sintiéndose libre de toda culpa, nos hará la vida imposible a los madrileños. Una ciudad durante años intransitable, la decepción olímpica, el desmadre impositivo y, ahora, la quiebra: este es el legado del hombre que lloró cuando su jefe le dijo que no iba a ser incluido en las listas electorales para el Congreso de los Diputados. Ahora va a resultar que el faraón más bien era califa ("No llores como mujer lo que no defendiste como hombre").
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