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Etiquetas:   Artículo taurino   -   Sección:   Toros

La elegancia de Antonio Fuentes

Ignacio de Cossío
Ignacio de Cossío
miércoles, 6 de abril de 2005, 08:10 h (CET)
Paco Reina ha pintado un imposible, la elegancia de Antonio Fuentes Zurita. Antonio, uno de los mejores herederos junto a Guerrita, Rodolfo Gaona y Rafael El Gallo, de ese concepto del toreo lagartijista y decimonónico, tan lleno de valentía y domínio como de finura y nobleza, se nos aparece sentado con su vieja montera, capote al hombro y vestido de luces antes de iniciar el paseillo. El mentón al cuello, la cara algo inclinada hacia la izquierda y su brazo diestro apoyado sobre la taleguilla, cuanta inspiración torera... Los colores parecen diluirse en el cartel de la próxima temporada taurina sevillana, un bello óleo, sobre lienzo en busca del torero. Su éxito esta asegurado, ya se sabe que Reina es uno de esos pintores, como él mismo se define, que pintan sentados, empleando más la cabeza que los músculos. Su pintura cabalga entre el realismo más minucioso y una abstracción radical y geométrica. Algo de eso también tenía Fuentes y sobre todas las cosas esa elegancia desprendida, en sus faenas como en su conversación pausada.

Aquella pose tan torera, no sólo estuvo presente en el ruedo cada tarde frente a sus fatales saltillos sino también fuera de él, pues no podemos de olvidar que antes de que lo hiciera Belmonte, llegó a ser el primer precursor en vestir de gala, con traje y pañuelo de seda al cuello, por las calles de Sevilla. Nuestro torero alcanza el trono del toreo en una época desierta de figuras, época puente sin duda, entre la retirada del mejor discípulo de Lagartijo, el gran Guerrita, y la llegada de la durísima competencia de Machaquito y Bombita. En aquellos años de la transición, finales del S.XIX y prinicipios del XX, Fuentes es el mejor estandarte del toreo clásico y elegante, brillando especialmente en la suerte de banderillas. Sus quiebros junto a las tablas de la Real Maestranza todavían hoy resuenan como un disparo al aire.

El Guerra que despreciaba según él, a Mazzantini por su vulgaridad y tosquedad y ridiculizaba sobre la belleza de Antonio Reverte, amparó siempre, con protección casi paternal, a Fuentes. Ya lo demostró en aquella ocasión con una de sus cordobesas frases lapidarias: Después de mi “naide”, y después de “naide”, Fuentes.

Antonio recibió la alternativa de manos de Fernando El Gallo en Madrid en 1893 y terminó su carrera en Zaragoza en 1908. Su luz se apagó definitivamente el 9 de mayo de 1938 en aquella Sevilla gris de la Guerra Civil, casi en el más absoluto olvido y abandono, en su última casa de la calle Conde de Barajas a la vera de la Almeda de los Gallos y Chicuelos. Desde el pasado lunes el maestro de la paleta, Paco Reina lo ha sacado a hombros del polvo de los años y pronto cubriran con su retrato las calles de Sevilla por primavera. Sólo entonces, su espíritu volverá a Sevilla, habrá un Fuentes en cada calle, y todos gritaremos: ¡Yo he visto también a Antonio Fuentes, volver a pasear ayer tarde, frente a la Maestranza!.

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