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La moral a micrófono cerrado de Esperanza Aguirre
Mario López
Esperanza Aguirre bien podría escribir un libro de estilo para la prensa canalla, que ayudara a los profesionales del medio a salir de las situaciones más embarazosas y comprometidas. A cualquier tropelía cometida por algún miembro de su corte le encuentra explicación y es un crack en eso de quitarle hierro a las cosas. Cualquier barbaridad que se pueda decir a micrófono cerrado es perfectamente aceptable para ella, siempre y cuando salga de los labios de uno de los suyos o de ella misma; "va, eso lo dijo en tono jocoso y sin ánimo de ofender a nadie".
Al parecer, ella es la única que puede apreciar el matiz y la intención de las palabras propias y ajenas; si a los demás no nos parecen bien, es porque las sacamos de contexto. Lo que no parece entender la lideresa es que, gracias al desparpajo con el que se desenvuelven ella y sus acólitos, su pensamiento más cierto y profundo nos es absolutamente conocido y nos resulta muy familiar pues lo padecimos durante el franquismo, en la época de los santos inocentes, aquella en la que las "señoras" refiriéndose a sus "criadas" decían aquello de "tenemos al enemigo en casa".
De momento, con su Telemadrid, Esperanza Aguirre ha dejado para la posteridad una galería de personajes que bien podrían constituir el elenco de la historia universal de la infamia borgiana: Hermann Terstch, Fernando Sánchez Dragó y Salvador Sostres, entre otros de menor prosapia. Enhorabuena, presidenta.
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