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El odio a España
Ángel Ruiz Cediel
Nada hay más genuinamente español que odiar a España. No es nada nuevo. Ya desde los primeros renglones de la Protohistoria la división de los pueblos de España eran tan cervales que luchaban con mayor encono entre ellos que contra cualquier enemigo común, propiciando que la península pudiera fácilmente ser conquistada por quien lo quisiera, porque siempre había alguien de dentro que odiaba más a sus vecinos que a los invasores. Y lo mismo podemos decir de la España remota, aquélla de Indíbil y Mandonio, quienes lo mismo luchaban contra romanos que contra cartagineses, y siempre contra otros pueblos iberos, como de Viriato, quien sólo pudo ser eliminado para Roma por los traidores de su propio pueblo.
Desde aquellos primeros garabatos de nuestra esencia histórica hasta hoy, poco o nada ha cambiado. La Historia de España es una sucesión de intereses particulares en las que unos reinos luchaban contra otros, debilitando al conjunto. Ésta fue la causa por la fue una vez y otra conquistada España, y ésta por la que reconquistar el territorio a los invasores nos demoró siglos. Es cierto que durante el gobierno de los Reyes Católicos, primero, y de los primeros tres Austrias, después, no sólo se logró una unidad de España tal que aunó voluntades, facultando que en pocos años este pequeño país emergente extendiera sus dominios por todo el globo, conformando el mayor Imperio de la Historia; pero fue por poco tiempo, ya digo, porque las intrigas palaciegas de las dos Españas, halcones y palomas –la de Éboli, duque de Alba, Juan de Austria, etcétera-, dieron con él en el traste en muy poco tiempo, consiguiendo un simple Antonio Pérez lo que no lograron juntos todos los temibles adversarios de España: destruirla en base a fábulas, mentiras y manipulaciones. La tan falsa como perversa Historia Negra de España, la cual, siendo una aberrante e increíble mentira de punta a término, es considerada como la verdad universal más difundida de España, sin que jamás España se haya empeñado en desmontarla.
La Inquisición fue atroz en toda la cristiandad –anglicanos, luteranos, calvinistas y católicos incluidos- y sus hogueras iluminaron tétricamente Europa de punta a cabo, pero sólo la Española y Torquemada son los que figuran con letras de oro en los anales de la memora colectiva, gracias a los españoles que odiaban a España. El Imperio mismo podría ser un encomiable ejemplo –conforme a los métodos de la época dominantes en todas las naciones de su tiempo (incluso las conquistadas)- no sólo de colonización, sino también de respeto de los derechos de los ciudadanos; pero de todo ello ha sobrevivido sólo la fábula inventada de barbaries que nunca lo fueron, gracias a españoles que odiaban España. Figura en los libros de Historia de esas naciones que fueron parte vida de España, que los pueblos supuestamente sometidos se levantaron contra el colonialismo español, aderezándolo con no pocas notas épicas de heroísmo inventado; pero lo cierto es que los que obligaron a los naturales a levantarse fueron los españoles que odiaban a España, quienes retuvieron para sí todo el poder que nos arrebataron y sin que ni una sola mácula de él les llegara a esos pueblos supuestamente heroicos que se levantaron contra el que era su país. Valga como ejemplo que en Argentina prácticamente no quedan aborígenes (pampas, aimaras, etc.), que en Chile están recluidos en reservas o empleados en tareas domésticas (mapuches), o que en México son poco menos que despreciados (aztecas, mayas, etc.). Y así, con todo.
Así, podríamos repasar toda nuestra Historia desde lo más remoto a lo más reciente, y lo mismo daría que lo hiciéramos sobre cualquier parte del mundo donde hayamos puesto establecido nuestro dominio que en el interior de la península. España siempre ha tenido su más peligrosos enemigos dentro de España. Tanto da que analicemos el caso de las Germanías o la Guerra de las Alpujarras, el de Cuba o Filipinas, o que nos detengamos en las falazmente llamadas comunidades históricas o en la falsamente nombrada como descolonización del Sahara. Ninguna de ellas eran colonias, sino partes de España (provincias) como lo podían ser Valladolid o Madrid, y todas, todas ellas, fueron traicionadas por españoles contra España.
Hoy, sigue sucediendo lo mismo. Aquéllas partes de nuestro cuerpo nacional que hoy son naciones independientes inventaron su propia Historia en base a fábulas, imposturas o manipulaciones, sin que desde España nadie haya hecho nada por exigir que demuestren documentalmente sus aseveraciones falaces, cual si tuviéramos miedo de ser lo que somos. Pero, lo más grave de todo, es que hoy, ahora, está sucediendo esto mismo en lo que nos queda, y se juega torticeramente y sin ningún rigor con nuestra Historia reciente redibujándola en base a mentiras, imposturas o manipulaciones, incluso en los libros escolares de según qué regiones o en según qué acontecimientos: las autonomías, la Guerra Civil o la cobarde huida del Sahara, por ejemplo. Los enemigos de España, como siempre, siguen españoles, e incluso ocupan los puestos del poder. La página siguiente de nuestra andadura, gracias a estos traidores, ya podemos suponer cuál es, si el emblema de los progres es su odio a España.
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