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Señal equivocada de los Demócratas
David S. Broder
WASHINGTON -- Cuando el reglamento de la Cámara de Representantes obligó a los Demócratas a enfrentarse a una dolorosa elección entre sus líderes, ellos hicieron lo que a menudo se inclinan por hacer los Demócratas. Cambiar el reglamento.
Por lo general, una treta así sólo importaría a los legisladores afectados por el cambio. Pero ésta envía una peligrosa señal en un momento crucial, cuando ambas formaciones están siendo puestas a prueba en su disposición a responder a las lecciones de los comicios más recientes. Es un suceso inquietante.
Cuando los Demócratas perdieron su mayoría legislativa en el cataclismo político del 2 de noviembre, también perdieron uno de sus cuatro puestos de liderazgo. Puesto que el presidente de la Cámara ya no saldría de su representación parlamentaria, el reglamento de la Cámara les obliga a rendir el cargo a los Republicanos, que se valdrán del reglamento para ascender a John Boehner.
En lugar de tener a cuatro personas en la dirección formal de la Cámara, los Demócratas deberían tener tres -- un secretario de la oposición, un representante en funciones o coordinador, y el secretario del comité Demócrata.
Siempre que unas elecciones cambian el control sobre la cámara entre las formaciones, ha funcionado de esta forma. Alguien del bando derrotado pierde su puesto rector.
Los Republicanos han sentado un patrón y un precedente de recortar su dirección desde la cúpula, ya sea deponiendo al presidente saliente o alentándole a abandonar la Cámara. Cuando los Republicanos perdieron su mayoría en 2006, el presidente de la Cámara Denny Hastert lo interpretó como señal de que era hora de volver a Illinois.
Había abundantes precedentes de despido desde la cúpula también en el bando Demócrata. El presidente Tom Foley perdió su puesto cuando los votantes de su distrito se revelaron en el vuelco Republicano de 1994. El presidente de la Cámara Jim Wright se vio obligado a abandonarla tras serle abierta una investigación por violaciones del reglamento deontológico.
Pero la presidenta de la Cámara Nancy Pelosi no perdió tiempo tras conocerse los resultados de este mes indicando que ella no se iba a marchar por las buenas. A las 24 horas de saber que ya no iba a ser presidenta, informaba a su representación parlamentaria de que se presentaría candidata a secretario de la oposición -- puesto con el que se alzó el miércoles.
A excepción de unos pocos legisladores descontentos entre la representación de los Demócratas conservadores y unos cuantos Republicanos, no afloró ninguna oposición. Pelosi ha sido la mejor recaudadora de fondos del bando Demócrata, canalizando dinero tanto a izquierdistas como a moderados. Y ha sido la leal lugarteniente del Presidente Obama en las luchas legislativas de los dos últimos años.
Sus decisiones provocaron otras trifulcas. Cuando reclamó la representación de la oposición, Steny Hoyer quedaba degradado un nivel hasta coordinador, y a su vez desplazó a Jim Clyburn de ese cargo.
Hoyer no puso reparos al cambio; había sido el número 2 de Pelosi con anterioridad. Pero Clyburn no se hacía a la idea, y de pronto la representación Demócrata se enfrentaba a una crisis.
Los dos caballeros que aspiraban a permanecer en la dirección no son jugadores corrientes. Hoyer, que hace tiempo desafió a Pelosi sin éxito por el puesto directivo, tiene relaciones próximas con los Demócratas conservadores y moderados ya devastados por sus derrotas electorales. Clyburn es un legislador veterano del Comité Negro del Congreso, el bloque más leal y digno de confianza del partido.
Ninguno de los caballeros estaba dispuesto a hacerse a un lado, y los Demócratas no se podían permitir que ninguno de los dos fuera humillado. ¿Qué hacer entonces? Pues cambiar el reglamento. Inventar un puesto nuevo de asistente del secretario, sin deberes concretos, y encajar a Clyburn en ese puesto.
Normalmente esto no tendría gran relevancia. Pero estamos a punto de iniciar un Congreso nuevo en el que todo depende de la disposición de la dirección de los dos partidos a enfrentarse a decisiones difíciles -- en materia presupuestaria, Afganistán y una docena de cuestiones polémicas más.
Con demasiada frecuencia en el pasado, los Demócratas han evitado tomar decisiones difíciles añadiendo más dinero y adoptando medidas autoindulgentes parecidas. Allá por los tiempos de Lyndon Johnson, el programa bien concebido y cuidadosamente proyectado Model Cities caía en desgracia cuando el secretario de un subcomité de asignaciones vio que Smithville, Tenn., el municipio del que era oriundo, se convertía en uno de sus destinatarios. Un laboratorio de planificación urbanística.
La disposición de los Demócratas a enfrentarse a la decisión difícil en esta lucha interna traslada exactamente el mensaje equivocado.
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