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El cachalote, el calamar colosal y la erótica del poder
Mario López
El cachalote es el mamífero más grande del planeta. Puede medir hasta 20 metros y pesar hasta 57 toneladas (podría cubrir las necesidades alimenticias de 1500 personas por un año). Para alimentarse, en ocasiones se sumerge hasta las profundidades abisales del océano Antártico a la caza de su plato favorito: el calamar colosal (cranquiluria antártica), un animal de hasta 30 metros de longitud y 500 kilos de peso. El duelo entre los dos animales, el depredador y el depredado, es titánico aunque siempre tiene el mismo desenlace: el calamar en el estómago del cachalote. Lo primero que llama la atención es cómo es posible que siendo el calamar 10 metros más largo que el cachalote sea, en cambio, cien veces más ligero. La explicación es obvia: el calamar es mucho más delgado que el cachalote.
Y lo segundo que uno se pregunta es que cómo le puede merecer la pena al cachalote entablar una batalla titánica para alimentarse. Sumergirse a tres kilómetros de profundidad y emplearse horas en una lucha sin cuartel contra un enemigo extraordinariamente agresivo como es el calamar, tiene que tener una justificación. Porque, con mucho menos esfuerzo, el cachalote se podría hinchar a comer calamares mucho menos agresivos y, probablemente, mucho más apetitosos. Yo creo que detrás de todo este despropósito subyace la erótica del poder. Estoy casi seguro de que al cachalote lo que le mueve es, más que un apetito desmedido, una soberbia incontrolable. No sé porqué se me viene ahora a la cabeza Wall Street.
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