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¿Adiós al conservadurismo compasivo?
E.J. Dionne
WASHINGTON - ¿Venderá el movimiento fiscal un refrito en forma de prohibición de partidas presupuestarias extraordinarias?
Es una posibilidad. Pero otra es que esta adhesión a un enfoque puramente simbólico sobre la reducción del déficit sea una señal de que los objetivos centrales del movimiento fiscal pueden encontrarse en otro sitio -- en un esfuerzo por alejar al Partido Republicano de aquellos aspectos de la herencia de George W. Bush que trataron de orientar al movimiento conservador en una dirección nueva. La verdadera intención podría ser obligar al Partido Republicano a despedirse de la idea de un conservadurismo compasivo y de la peculiar pero real variante de multiculturalismo de Bush.
Fue entretenido contemplar al secretario de la oposición en el Senado Mitch McConnell capitulando a regañadientes al movimiento fiscal apoyando la prohibición a dos años de las partidas presupuestarias extraordinarias entre los Republicanos de su camarilla.
McConnell sabe perfectamente bien que poner fin a las partidas presupuestarias va a transferir más autoridad sobre el gasto a la rama ejecutiva al tiempo que ahorra muy poco dinero, si es que ahorra alguno. Las partidas presupuestarias, después de todo, no son nada más que un truco legislativo que da poder a los senadores y congresistas individuales para orientar gestos de generosidad federal hacia sus proyectos favoritos.
El movimiento fiscal habla un montón del "constitucionalismo", pero esta maniobra es una actuación en contra de la preferencia clara de la Constitución por el control legislativo sobre el gasto. Es raro ver tantas energías dedicadas a proteger una decisión que en la práctica concede más poder al Presidente Obama, el político que despierta tanto rechazo entre el movimiento fiscal.
Pero aquí tiene una herética idea: Para muchos que se han concentrado en el movimiento fiscal, la cuestión del gasto público puede ser secundaria. En el curso de la investigación de una columna acerca de la religión y las elecciones de 2010 que mi colega de la Brookings Institution William Galston y yo publicamos el miércoles, me encontré con un notable ensayo de Gary Gerstle, historiador de la Universidad Vanderbilt, en el que argumenta que la aportación única de Bush al conservadurismo fue la adhesión a un "multiculturalismo de lo divino".
Publicado en "La presidencia de George W. Bush: una primera evaluación histórica” (Princeton, 2010), el ensayo considera que Bush trataba de ofrecer "a colectivos de minorías razones para replantearse su hostilidad tradicional al Partido Republicano".
Gerstle apunta que "en cuestiones de inmigración y diversidad, Bush estaba muy alejado de Patrick Buchanan y el ala social conservadora del Partido Republicano". Bush "se encontraba cómodo con la diversidad, el bilingüismo y el pluralismo cultural, mientras los miembros de las subculturas étnicas y raciales de América compartieran su patriotismo, su fe religiosa y su conservadurismo político".
Es notable, añade Gerstle, que "en un momento en que Estados Unidos estaba en guerra y Europa reventaba de tensiones y violencia en torno al islam, Bush jugara un papel positivo manteniendo en calma relativa las relaciones interétnicas e interraciales en Estados Unidos".
Christopher Caldwell, columnista del Financial Times, fue uno de los primeros redactores políticos en detenerse en la importancia del ensayo de Gerstle. Caldwell, conservador estadounidense, se valió del ensayo para criticar el programa multicultural y compasivo de Bush y explicar la llegada del movimiento fiscal. Curiosamente, insinúa que "muchas de las reclamaciones del movimiento fiscal al Presidente Barack Obama también se podrían hacer al Sr. Bush".
Por ejemplo, el principal efecto de la iniciativa religiosa de Bush, en opinión de Caldwell, fue "canalizar un montón de dinero federal al bienestar urbano y los programas de consumo de sustancias". El No Child Left Behind Act, que "se tradujo en la mejora de los resultados educativos de las minorías, lo hizo al precio de centralizar la autoridad en Washington”. Y por supuesto, estaba la propuesta de reforma de la inmigración de Bush en 2007, "la muestra más clara de que estaba perdiendo la atención de su partido”.
No comparto la interpretación razonada de Caldwell de estas cuestiones -- en particular, el problema de la agenda nacional compasiva de Bush era el poco dinero que había dejado -- pero la columna es una soberbia reflexión de algunas de las fuentes más importantes de descontento del movimiento fiscal.
Para los progresistas, la publicación de las memorias de Bush ha sido una ocasión sobre todo para revisitar todos los terrenos en los que consideran su presidencia un fracaso catastrófico: la prisa por entrar en guerra en Irak, las torturas, las bajadas tributarias a las rentas más altas, la respuesta al Huracán Katrina. Es difícil para los de izquierdas (créame, lo sé) entender que hay partes de la herencia Bush que podemos echar de menos.
Pero imagine que el principal resultado del movimiento fiscal es "la corrección" del credo de Bush consistente en el alejamiento de sus rasgos más abiertos y tolerantes y una rebelión hasta contra la idea de que la compasión es un motivo legítimo de legislación pública. Un conservadurismo que abandona la faceta redentora del Bushismo no va a ser una mejora con respecto al modelo viejo.
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