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Tags: Opinión · The Washington Post Writters Group · Robert J. Samuelson
Aprender de los errores de Japón


Robert J Samuelson


Robert J. Samuelson Robert J. Samuelson
martes, 16 de noviembre de 2010, 09:27
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WASHINGTON -- Es difícil de recordar hoy que en los 80 Japón tenía la economía más admirada del mundo. Iba a alcanzar, pensaba la gente de manera generalizada, los estándares de vida más altos y ser pionero de las tecnologías más formidables. Hoy en día todo lo que se escucha son advertencias de no repetir los errores de Japón que redundaron en una "década perdida" de crecimiento económico. Los pecados capitales de Japón, nos dicen, fueron escatimar en "estímulos" económicos y tolerar la paralizante "deflación" (caída libre de precios). La población aplazaba el consumo porque esperaba que los precios bajaran más. Esa es la opinión generalizada - y se equivoca.

Es todo lo contrario: El ocaso económico de Japón demuestra el limitado alcance de los estímulos económicos y la exagerada amenaza de la deflación modesta. La vigorosa creación de empleo e inversión del sector privado no tiene sucedáneos, y eso es lo que viene brillando por su ausencia en Japón. Se trata de una moraleja que debemos tener presente.

Los problemas económicos de Japón, al igual que los nuestros, partieron de enormes "burbujas" de activos. De 1985 a 1989, la bolsa de Japón triplicó su índice. Hacia 1991, los precios del suelo en las principales ciudades se habían triplicado. El batacazo fue brutal. Hacia finales de 1992, la bolsa había perdido un 57 por ciento con respecto a 1989. El precio del suelo bajó en 1992 y siguió una vía constante bajista; ahora se sitúa a niveles de principios de la década de los ochenta. La riqueza se contrajo. Las entidades bancarias - habiendo extendido préstamos con el valor inflado del suelo como aval - se debilitaron. Algunas se declararon insolventes. La economía se caló. Creció cerca del 1,5 por ciento anual en los 90, por debajo del 4,4 por ciento de los 80.

A pesar de masivos estímulos, el crecimiento sustancial no se ha reanudado dos décadas más tarde. Aunque los japoneses reaccionaron moderadamente, adoptaron los consejos de los manuales de economía. Elevaron el gasto público, bajaron los impuestos y dejaron que los déficit presupuestarios crecieran a su aire. El endeudamiento de la administración para financiar el gasto público se disparó del 63% de la economía (producto interior bruto) de 1991 al 101% de la economía real hacia 1997. Ahora ronda el 200%. El Banco de Japón (su Reserva Federal) bajó los tipos de interés, llegando a cero en 1999 -- una política que, con unas cuantas interrupciones breves, sigue en vigor.

La deflación no explica el tenaz estancamiento económico. Los precios al consumo de Japón han bajado en nueve de los 20 últimos ejercicios; el descenso medio anual fue de seis décimas de entero porcentual. "Por lo general la gente no dice, 'voy a esperar al año que viene para comprarme el coche, cuando sea medio punto porcentual más barato'", aduce el economista de la Universidad de Nueva York Edward J. Lincoln, especializado en Japón. Si los japoneses estuvieran aplazando el gasto, el ahorro medio por hogar habría subido; en lugar de eso, bajaba del 15,1% de la renta tras impuestos en 1991 al 2,3% en 2008.

Los deslucidos resultados de Japón tienen dos causas principales. Una es la "economía dual": un sector de la exportación considerablemente eficiente (los Toyota y las Toshiba) mermado por un sector nacional menos dinámico. Hasta la década de los 80, Japón dependió del crecimiento de la exportación que creaba puestos de trabajo y generaba inversión. Un yen devaluado ayudó. "Tenías al 20% de la economía tirando del 80% restante", dice Richard Katz, editor del boletín The Oriental Economist y autor de varios libros acerca de la economía global.

Pero la apreciación del yen a mediados de la década de los 80 -- encareciendo las exportaciones de Japón -- sentenció esta estrategia económica. Desde entonces, Japón ha buscado en vano un sustituto. El crédito abundante (que alimentó las "burbujas" originales) y muchas "reformas" no han bastado. El sector nacional de Japón sigue siendo artrítico, amparado a menudo en cárteles u ordenanzas públicas. Japón tiene uno de los índices de creación de empresas más bajos entre los principales países industrializados. Un estudio sitúa a Japón en el puesto 44 del mundo en facilidad para abrir una empresa nueva, informa el economista Randall Jones, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. (Estados Unidos es el cuarto). En la práctica, los mejores años de crecimiento económico de Japón últimamente (2003-2007) se registraron cuando un yen más débil reanimó la exportación.

La segunda causa es una población envejecida y decadente, que prescinde del consumo nacional. Durante décadas, la familia tradicional de Japón -- un marido adicto al trabajo, una esposa ama de casa y los hijos -- ha sido asediada, como demuestra la antropóloga de la Universidad de Boston Merry White en su libro "Perfectamente japoneses". Incluso en 1989, la tasa de fertilidad (número de hijos por mujer adulta) era 1,57 puntos inferior a la tasa de reemplazo demográfico en torno a 2. La tesitura económica desalentó más la creación de familias. Los salarios bajos y el empleo inestable hicieron que tener hijos pareciera demasiado caro. Para los varones, la edad del primer matrimonio es de 35 años, por encima de los 27 de 1990, dice White. La tasa de fertilidad ronda el 1,3.

De manera que la economía de Japón está atrapada: un yen caro castiga la exportación; el bajo número de nacimientos y unas empresas anquilosadas perjudican el crecimiento nacional. La moraleja para nosotros es que los déficit presupuestarios masivos y el crédito fácil son en el mejor de los casos sucedáneos provisionales necesarios. Son estupefacientes cuyo efecto pasa enseguida. No pueden corregir las deficiencias económicas subyacentes. Es hora de pasar página del debate de los "estímulos".

La prosperidad económica depende en última instancia de la empresa privada. La economía estadounidense es más sólida y flexible que la de Japón. Pero es un mal criterio. Ni la Casa Blanca ni el Congreso parecen comprender que el creciente lastre del régimen regulador y la incertidumbre legislativa minan la confianza de las empresas y la disposición a crecer. A menos que eso cambie, nuestra mediocre recuperación podría replicar la de Japón.

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