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Del discurso político de Luis García Berlanga a los ojos de la edad proyecta
Mario López
En el día de hoy, cautivo y desarmado el dulce pájaro de mi juventud, este absurdo ejército de huesos y vísceras que componen mi ser físico ha alcanzado su último objetivo: mi guerra ha terminado. Al fin, y no con poco esfuerzo, he llegado al convencimiento de que la política es sólo una cuestión de humor, que el que lo tiene bueno siempre encuentra fácil acomodo en cualquiera de los regímenes políticos que la caprichosa Fortuna nos quiera endilgar a las personas humanas; por mucho que la criatura se empeñe en imaginar su propia calamidad.
El recién fallecido cineasta, Luís García Berlanga, fue uno de esos seres afortunados que se han sabido hacer respetar por el poder, sin dejar de tomárselo a chirigota. El que no entiende este tipo de naturaleza humana es que no ha disfrutado del dulce encanto de la burguesía, esa cálida placenta en la que se crece a la sombra del poder, implicado en una permanente conspiración venial. Es como diría el gran Eduardo Mendoza: “Soy travieso, pero no gamberro; porque siempre he respetado el mobiliario urbano”. Luís García Berlanga ha tenido gestos burlescos hacía el franquismo, pero ha respetado su mobiliario urbano. Esta categoría de hombres de mundo, hedonistas, talentosos, rápidos y dotados de sentido del humor, mimados por las Musas, son los que, a la postre, nos dejan un retrato amable de nosotros mismos, un retrato que guardamos en la filmoteca o en la biblioteca de nuestra casa para desempolvarlo cada vez que una nube negra se cierne sobre nuestro humor. Son, estos personajes, como un bálsamo que nos permite penetrar la realidad sin provocarnos fístulas en el alma. A falta de buenos dirigentes, regocijémonos con las ocurrencias de nuestros alegres compañeros de viaje.
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