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Felipe González y el retorno del Jedi
Mario López
Llevamos viendo, de un tiempo a esta parte, cómo el progresivo descrédito de Rodríguez Zapatero ha ido propiciando el retorno del felipismo al primer plano de la política. La polivalente Trinidad Jiménez, el impoluto Ramón Jáuregui y el todopoderoso Alfredo Pérez Rubalcaba son la prueba patente de este retorno. Sin embargo, lo que nadie se esperaba es que, a la vez, el propio Felipe González desvelara públicamente y a viva voz lo que hace más de veinte años negó con una obstinación portentosa; tanto, que a la mayoría nos hizo dudar lo que hoy ya no tiene vuelta de hoja: Felipe Gónzalez es la X del GAL. Porque decir que no consintió que se asesinara a la cúpula de ETA es lo mismo que decir que consintió el asesinato de Lasa y Zabala. Lo mismo exactamente. Porque si no fuera así, es obvio que hoy estaríamos imputando al GAL, además de los crímenes que ya conocemos, el asesinato de la cúpula de ETA.
El pueblo español apartó a Felipe González del poder, entre otras razones, por el GAL. De esta manera se saldó la responsabilidad política de la cúpula del PSOE en un asunto tan grave como es el terrorismo de Estado. Pero la mano de la justicia sólo alcanzó una parte de la trama, dejando muchos cabos sueltos; entre otros, evitó sentar en el banquillo al máximo responsable de aquellos terribles crímenes, a aquel que se dio en llamar señor X. La inmensa mayoría de la población tenía la convicción moral de que detrás de aquella X se ocultaba la identidad del presidente de Gobierno, pero nadie quiso tirar la primera piedra contra él. Quizá por respeto místico o por razones de Estado. Quizá se temía el hundimiento del sistema. El caso es que se pasó página. El GAL, no obstante, ha sido resucitado por el PP a lo largo de las dos últimas legislaturas de manera demagógica, con fines puramente electoralistas, para desacreditar al actual Gobierno; pero sin ánimo real de entrar al trapo en un asunto que, ciertamente, se cerró en falso. Y es que cerrar en falso los asuntos es una de las más arraigadas costumbres de los políticos de este país.
Todos los asesinatos son gravísimos, con independencia de la categoría moral de la víctima; máxime si se llevan a cabo con alevosía, premeditación y nocturnidad. Los crímenes de ETA resultan especialmente repugnantes porque no dan opción a sus víctimas a defenderse. Lo mismo podríamos decir de los crímenes del GAL. De la misma manera que muchos españoles reclamamos que los crímenes del franquismo no queden impunes, reclamamos que tampoco queden impunes los de ETA o los del GAL. Ninguno de estos crímenes pueden prescribir. Todas las víctimas han de ser resarcidas y respetadas. Si existen indicios de que Felipe González dirigió el GAL, a la justicia no le queda otra salida que sentarle en el banquillo. Es lamentable que vivamos en un país gobernados por dos partidos que no han zanjado sus cuentas con el pasado, con un pasado reciente manchado de sangre, mentiras y latrocinio. Hoy por hoy, en este país la honorabilidad brilla por su ausencia.
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