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Etiquetas:   Estrés   -   Sección:   Opinión

Bares de barrio

Alfonso Callejo
Redacción
viernes, 14 de enero de 2005, 23:21 h (CET)
Me gustan los bares de barrio. Existe una especie de fuerza centr fuga en el devenir de la cotidianeidad que me impulsa frecuentemente hacia distintos afueras, lugares recoletos que se desgajan del epicentro de la rutina. Me gusta escapar de ese vaivn cansino que aprisiona nuestras respectivas existencias. Creo que todos ansiamos evadirnos regularmente de los estrechos par metros casa-trabajo y trabajo-casa y de las tensiones inherentes a ese angosto recorrido.

En los bares de barrio absorbemos los gritos y exabruptos que nos circundan y nos empapamos de una perdonable rudeza que nos sirve de catarsis. Por esta suerte de smosis ya no ser necesario que profiramos alaridos en los frecuentes momentos de la vida en los que sera preciso, pero que nos impide el cors de lo socialmente aceptable. Me gustan los bares de barrio por la laxitud de los estereotipos sociales y el fcil desahogo que proporciona su interior. Los bares de barrio concentran los ltimos tramos de las cifras del INE y se tiene por ello la sensacin de estar pr ximo a realidades sociales exentas de demagogia. All est n las pensiones ms bajas, el famoso porcentaje de ciudadanos que no llega a fin de mes y el grueso de los ndices de paro con nombres y apellidos. All est n con rostros reconocibles los que se aprietan el cinturn reservando siempre un agujero para la ca a y el pitarra. Porque la barra es para ellos el nico foro de protesta y reivindicaci n donde poder acordarse impunemente de los muertos de los polticos con sus reiteradas promesas incumplidas. En los bares de barrio uno saborea con extra o deleite esa reminiscencia anti-sistema de la primera juventud.

Tras la barra de un bar de barrio hay otro colega que subsiste gracias a catorce horas trajinando en seis metros cuadrados, que me recuerdan a los leones del Zoo de Almendralejo, con la seora en la cocina, prolongaci n del hogar con aroma permanente a humo de Ducados. Porque en el bar de barrio la liga anti-tabaco tardar en hacer estragos. Continuar siendo un reducto marginal donde el As y el Marca seguirn ganando por goleada a El Pa s y El Mundo en ndices de audiencia, en esas deliciosas lecturas comentadas a voces, presididas por el cartel con cruces de la porra semanal y el calendario con la tetona de turno. Los rabiosos golpetazos de las fichas de domin y los humeantes corros del tute ponen un fondo nost lgico rememorando con sillas de formica su extinguido ancestro del casino de pueblo, ahora sucedneo y desubicado en el bar de barrio.

S , huyo con frecuencia del pedigr del centro, con sus cafeter as impersonales donde los camareros de uniforme se cruzan como zombis sin participar en ninguna conversacin. Donde todav a se ostenta el poder plantando un zapato sobre la caja del limpiabotas. Les invito a esa periferia exenta de corbatas y gomina donde uno sale oliendo a humo de pueblo llano.

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