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El enemigo
Ángel Ruiz Cediel
Cosa de las dos Españas, que parecen irreconciliables, sin duda. Con ocasión del cumpleaños de Rafael Amor, este fin de semana tuve la ocasión de reencontrarme con algunos amigos, los unos provenientes de la farándula y de la canción, y los otros del mundo artístico y de las letras. Unos tragos, unas risas, una charla grata y relajante y, cómo no, algunas opiniones sobre el momento que vivimos en España: el PSOE es el enemigo.
Entre quienes tuvimos ocasión de intercambiar pareceres había personas de todas las tendencias, así muy sociales –izquierdistas- como partidarios de cierta imposible continuidad democrática –derechistas-, además, claro, de algunos ácratas. Siempre que uno se reencuentra con viejos amigos hace balance sobre cómo ha ido cambiando las cosas o el tiempo a los unos y a los otros, y había algo que saltaba a la vista: ninguno de los que estábamos allí había sido anteayer de derechas, habiendo todos opositado al franquismo y algunos habiéndose jugado algo más que la simple protesta por traer la democracia a España. Hubo un razonamiento de uno de mis viejos amigos, antaño conocido empedernido progresista pero que ahora estaba en dudas o arrepentido de su “locura de juventud”, que me produjo la misma sensación que si me hubieran baldeado la espalda con agua helada: “No estamos preparados para la libertad, o la libertad no tiene nada que ver que esto”, dijo. No pude evitar sobreponer su parecer a lo que Ortega y Gasset dijera acerca de la particular forma de entender la democracia en aquellos tenebrosos años 30: “No era esto, señores; no era esto.”
Rafael Amor es ya en un cantante residual –por lo auténtico- de aquella generación de cantautores que en los años 70 hicieron las delicias de quienes nos considerábamos fuera del orden del Régimen. Él, cuando sus coetáneos –los de la ceja- se fueron dulcificando o desaparecieron de la escena de otro modo que como simples iconos de un ayer que nunca fue –nada de cuanto hicieron después de la muerte de Franco vale su peso en paja-, permaneció en su misma línea de pensamiento, y, claro, fracasó, quedando reducido a un cantante marginal de ciertas izquierdas utópicas, pero siendo el único que se mantuvo en su autenticidad de hombre y cantautor que escribía letras y músicas. Poco importaba que Alberto Cortez o que Mercedes Sosa incorporaran a sus conciertos y publicaciones algunas de sus obras, porque ya estaba en una de esas listas negras que no existen y vetan a los listados tanto en la televisión como en las compañías discográficas. Algo parecido a lo que pasaba con otros de quienes nos encontramos en este fin de semana, con la salvedad de alguno que ha sabido moverse en esas aguas de favores, credos comparados y accesos restringidos, sin perder demasiado en el quid pro quo imprescindible para la supervivencia.
Sin embargo, a pesar de las diferentes suertes de mis amigos, la opinión era unánime: el PSOE es el responsable de la degradación social y de la desorientación ideológica que vivimos. Algo que no comenzó con Zapatero, sino con González, y que éste que hoy tenemos por presidente sólo ha rematado. “Es la deriva del caos”, como yo mismo me encargué de indicar, pues que es el caos lo que están procurando implantar en todas las conciencias. Escuché a mis amigos, sopesé sus opiniones y me llamó particularmente la atención que ninguno de ellos sintiera la menor simpatía por este gobierno o ese partido o por las criaturas que lo soportan, anteayer sus compañeros de andadura. ¿Envidia?... No, ni mucho menos. Les conozco desde hace muchos años y sus discursos no guardan para mí ningún secreto. Sencillamente están decepcionados del partido, de la evolución de la sociedad y de a sociedad misma, a la que, sin embargo, disculpaban en buena medida por haber sido convenientemente estupidizados mediante programas de televisión, teleseries, músicas basura, empleos basura y muchos etcéteras basura, para poder ser manejados a su antojo en base a burdas artimañas y mentiras continuas.
En estos días en que no dejan de hacerse ediciones discográficas y recitales en memoria de Miguel Hernández (cuyos herederos no ven un euro por derechos de autor), se escuchan por todas partes las Nanas de la Cebolla (música de Alberto Cortez, para el que no lo sabe), dándole notoriedad a un poeta que, como todos los grandes autores de verdad de España (Cervantes, Blas de Otero, Gabriel Celaya y tantísimos otros), vivieron y murieron en la indigencia. Sus obras están atadas por la muerte, pero sería bueno saber, si vivieran esto que vivimos, qué posición tomarían. Tal vez, como los que intercambiamos pareceres este fin de semana, se alarmarían por el enfrentamiento que nuevamente está produciendo este partido entre los españoles, propiciando la reedición de horrores pasados, y con nosotros dijeran como Ortega y Gasset: “No era esto, señores; no era esto.”
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