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Más allá del bien y del mal
Luis del Palacio
De pesadísima puede calificarse la larga entrevista a Felipe González, que publicaba EL País el pasado domingo. Juan José Millás llega a citar entre comillas hasta en once ocasiones, las “sesudas” reflexiones de quien durante catorce largos años rigió los destinos de nuestra nación. Habrá que dejar que la Historia juzgue sin pasión aquellas legislaturas; una época en la que España salía de aquel período llamado “ Transición” y sacaba la cabeza hacia el mundo, iniciando la tarea de vindicar su posición en Europa.
La perfecta equidistancia entre la primera victoria socialista en las urnas (1982), el final de su mandato (1996) y el presente, nos ofrece una perspectiva ordenada con una simetría temporal muy útil para que valoremos la evolución de nuestro país a lo largo de casi treinta años (dos generaciones) de los cuales las dos terceras partes hemos estado gobernados por el PSOE.
No es una columna el lugar apropiado para una larga y detallada reflexión; pero sí es posible esbozar un apunte: los casos de corrupción detectados durante los años que gobernaron quienes por aquel entonces alardeaban de “cien años de honradez” (caso Banesto, caso Juan Guerra, caso Roldán, entre otros) hacen palidecer a la llamada “trama Gürtel” y que esta parezca una especulación financiera propia, por comparación, del juego del Monopoly.
No es cuestión de cuestionar que pudo haber algunos logros, sobre todo en política exterior, durante la era González; pero también se hizo evidente que la decepción y el desencanto fueron adueñándose poco a poco de los que en 1982 votaron masivamente por el cambio.
Felpe González no fue un simple “primus inter pares” en el grupo de barones socialistas, sino, como el Barbero de Sevilla, el verdadero “factotum della città”: nada ocurría a nivel gubernamental sin que el astuto, astuto e implacable Presidente del Gobierno lo supiera.
Cuando en 1993 estalla con toda su fuerza la trama de los Gal, destapada principalmente por la prensa de la época (Diario 16 y otros), a raíz de la reapertura del caso del secuestro policial de un ciudadano inocente, llamado Segundo Marey, en 1983, Felipe González negó cualquier implicación en la trama de corrupción política y terrorismo de Estado más grave que conoce la historia de España. Rodaron las cabezas de algunas figuras clave de la estructura policial y de inteligencia del Gobierno ( Rafael Vera, el general Rodríguez Galindo) y la de quien había sido ministro del Interior durante la etapa de los hechos en cuestión, José Barrionuevo. Finalmente se les juzgó y condenó a diversas penas de prisión e inhabilitación. Y el que había sido máximo responsable del Gobierno durante el tiempo en que acaecieron los hechos, declaró no conocer las actividades de contraterrorismo ilegal que se fraguaban en los despachos oficiales. Nada se pudo probar contra él; el beneficio de la duda le asistió, y aquel escurridizo “Mister X”, probable último responsable de aquella guerra sucia contra los terroristas, se escurrió como Jack el Destripador lo hiciera por las brumosas callejas de Whitechapel.
Y ahora, envuelto en las volutas de su Cohibas, apenas entrado en carnes y en la ancianidad, el que gobernó España durante casi una generación, le confiesa a su amanuense: “Tuve que decidir si se volaba a la cúpula de ETA. Dije no. Y no sé si hice lo correcto”
Extraña confesión.
Ciertos crímenes prescriben. Como aquel misterioso “crimen del cortijo de los Galindos” ( no crea el lector: el nombre es mera coincidencia) del que sólo cabe esperar que el autor nos sorprenda un buen día editando sus memorias… y confesiones.
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