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Y ahora a la próxima batalla
E. J. Dionne
WASHINGTON -- El Presidente Obama permitió que los Republicanos definieran los términos del debate político de la nación durante los dos últimos años y les dejó fijar los frentes de batalla donde quisieran. Ni su partido ni él pueden dejar que vuelva a ocurrir.
Los Demócratas serán imprudentes si se entregan al enfrentamiento infructuoso en torno a si sus problemas se deben al fracaso a la hora de movilizar y animar a su electorado o a la hora de ganar el apoyo del centro político. En la práctica, los Demócratas conservaron al votante moderado al tiempo que perdieron al independiente. Lo que más les perjudicó fue este crudo dato: los electores menores de 30 años supusieron casi la quinta parte del electorado en 2008 pero sólo alrededor de la décima parte el martes, según los sondeos a pie de urna de las cadenas. El veredicto de esta semana fue resuelto por un electorado mucho más joven y más conservador. Sí, hubo una brecha de entusiasmo.
El final de esta campaña marca de esta forma el principio de la siguiente ronda, no el final de la competición. Antes de las próximas elecciones -- que van a estar decididas por un electorado más amplio -- los progresistas, incluyendo a Obama, tendrán que ser más sabios con los enfrentamientos que abren, estar más centrados en los problemas económicos del país, y tan despiertos como han sido sus rivales a la hora de promover debates que movilicen a sus efectivos e impulsen sus objetivos.
Obama no se equivocó al luchar por la reforma sanitaria, estimular la economía cuando corría un grave riesgo o sacar adelante la reforma financiera. Pero al no defender estos logros, el Presidente y sus aliados despejaron el camino a políticos partidistas que cambiaron de conversación hacia el lenguaje difuso sobre "un gobierno intervencionista" y "rescates". Un resultado: Sólo la tercera parte del electorado del martes, apuntan sus encuestas a pie de urna, pensaba que el estímulo había mejorado la economía.
Ahora Obama tiene que ofrecer propuestas que promuevan el interés común y los ideales progresistas en formas que obliguen a los Republicanos a pagar el precio de oponerse a ellas. La economía sigue necesitando más apoyo, y Obama debería hacer propia la idea Republicana del reparto de la recaudación para proporcionar a los estados asistencia a gran escala para evitar despidos y subidas tributarias. Esto sería bien recibido por muchos de los nuevos gobernadores Republicanos. ¿Realmente quiere abrir un enfrentamiento con ellos el ala legislativa del partido?
Obama también debería proponer un banco de infraestructuras, que tiene apoyo bipartidista. No hay mejor momento para reconstruir las descuidadas instalaciones públicas de nuestra nación que cuando endeudarse es barato. Y debería abordar el declive de la manufactura estadounidense, una de las causas principales del descontento que asola la región de los lagos.
Para demostrar que su preocupación por el dinero de origen desconocido no era simplemente un tema de campaña, los Demócratas deberían hacer de una ley de transparencia la prioridad de la sesión que resta del Congreso, y volver a ello una y otra vez si el proyecto de ley es bloqueado.
Los Republicanos deben ser presionados para ofrecer detalles tras su retórica anti-gasto público y anti-déficit. Deben ser confrontados con recortes presupuestarios que les obliguen a enfrentarse a sus electorados. Los subsidios agrícolas no son sagrados, tampoco el gasto en armamento que el Pentágono dice que no necesita, ni los cientos de millones de privilegios y ventajas fiscales. Y si los Republicanos siguen insistiendo en las bajadas tributarias a los ricos, deben identificar los recortes del gasto que van a cubrir las bajadas.
En inmigración, el presidente debería poner a prueba al Partido Republicano dejando claro que no hay solución posible a falta del acuerdo bipartidista.
La tenaz desconfianza en el gobierno por parte de la opinión pública obliga a Obama a presionar en favor de reformas es la burocracia y en la forma en que la administración federal contrata, compra o responde a la ciudadanía. La reforma del gobierno debió haber sido prioridad en sus dos primeros años. Ahora es imperativa.
El secretario Republicano en el Senado Mitch McConnell decía hace poco que "lo más importante con diferencia que queremos lograr es que el Presidente Obama sea presidente de una sola legislatura". Lo que dijo es absolutamente cierto. Los Republicanos y Obama tendrán que hacer las cosas juntos, pero no puede quedar ya expectativa de un nivel imposible de bipartidismo.
Los conservadores creen en la libertad del sector privado, el limitar lo que hace la administración federal y en los recortes fiscales a las rentas altas. Los progresistas creen en un gobierno que promueve modestamente más igualdad económica, regula al sector privado en interés público y considera la intervención como promoción de la competitividad estadounidense. Estas elecciones no cambiaron eso. Son un revés para los progresistas, no una derrota permanente. Se llevaron una paliza en la Cámara pero conservaron el Senado. El verdadero enfrentamiento tendrá lugar dentro de dos años -- y con el electorado mostrando igualmente su desaprobación a Republicanos y Demócratas, la batalla está por decidirse.
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