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De culpables e inocentes
Daniel Sanabria
Aunque parezca mentira no tengo manía persecutoria a los árbitros, pero es que no existe colectivo deportivo más inepto y protegido que el estamento arbitral español, lo que viene siendo una injusticia de doble densidad: por su falta de criterio a la hora de tomar decisiones y por la libertad de la que gozan para ello. Este fin de semana fue Valdés Aller el que volvió a demostrar que un árbitro con un silbato tiene más peligro que un chimpancé con un rifle.
En el Alcorcón-Barcelona B de la pasada jornada Montoya, futbolista del equipo blaugrana, arrastró su bota izquierda para golpear el rostro de Manu Herrera, guardameta del Alcorcón, cuando las opciones de llegar al balón antes que el cancerbero madrileño prácticamente no existían. En lugar de saltar por encima del cuerpo del portero, como mandan los cánones futbolísticos, Montoya deja el pie muerto para golpear a Manu Herrera, que se revuelve desde el suelo para increpar con insultos al ariete catalán.
Valdés Aller, demostrando ser árbitro antes que persona, decide por esos insultos sacar tarjeta roja a Manu, que se marcha al vestuario expulsado y con la nariz ensangrentada. Así son los árbitros. Valdés Aller no tiene la suficiente madurez mental para entender los insultos y la reacción furiosa de un portero al que le acaban de romper la nariz de forma voluntaria; es decir, el colegiado se pone de parte de Montoya, el infractor, que en lugar de evitar el choque contra Manu, el inocente, disimula saltando instantes más tarde de lo que podría.
La película termina con el culpable exculpado, el inocente castigado y el juez sin juzgar. Porque los árbitros gozan de la más absoluta de las libertades para ejercer su trabajo a su antojo, sin temor a ser represaliados, sancionados o discutidos. Bajo el paraguas de la Real Federación Española de Fútbol y sus absurdos códigos legales, los colegiados nacionales continúan desprestigiando un deporte que para muchos en este paíes es una religión. Una lástima.
Gracias a Dios que Valdés Aller es árbitro de segunda división y no del Tribunal Constitucional, porque con ese concepto de la justicia pondría a temblar los cimientos de la democracia española. En cualquier caso, este pseudojuez deportivo volverá a vestirse de corto el domingo siguiente para pitar de nuevo un partido sin que nadie haga lo contrario mientras Manu Herrera verá a su equipo por televisión y con la nariz rota. Así es la justicia arbitral en España.
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