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Lecturas de otoño
Luis del Palacio
Es curioso que se diga que en España se lee poco. Sólo el abrumador número de libros publicados anualmente en nuestro país desmentiría esa afirmación; y no es creíble que las editoriales lancen decenas y decenas de miles de ejemplares al mercado si no es por un prurito exclusivamente comercial. Si nos subimos al metro o al autobús veremos la cantidad de personas que en su cartera, bolso o macuto, tienen sitio para un libro, en ocasiones asombrosamente pesado y voluminoso. Hay mucha gente que lee por costumbre, aunque también es verdad que hay quien no lee nunca. La cuestión es, creo, no cuánto se lee sino qué se lee.
Volvamos al metro. Carlos Ruiz Zafón y Pérez-Reverte se llevan la palma; y junto a ellos, el inevitable Dan Brown. Hubo un “revival” de Miguel Delibes a raíz de su muerte, y lo propio ocurrió con Saramago. Algo es algo si, como El Cid, logras ganar alguna batalla después de muerto y los herederos de los derechos de autor, sin duda, lo agradecerán. Hace poco una chica sentada a mi lado leía “La Regenta”. Por su edad deduje que tendría que hacer un trabajo de literatura para el instituto, pero quizá me equivoqué. Entre los lectores del suburbano hay pocos que leen a los clásicos (sin perjuicio de que Delibes y Saramago lo sean) Otra excepción fue aquella señora absorta en la lectura de “Rojo y Negro”; que acaso era la mismísima profesora de la chica de “La regenta”, refrescando algunos párrafos de la novela de Stendhal para su clase de la tarde. La línea 1 tiene esas cosas y la imaginación puede desbordarse entre estación y estación.
Este largo fin de semana, al que ya muchos llaman “Halloween” en vez de Todos los Santos, ha sido propicio para que algunos retomemos el gusto por los viejos autores e incluyamos a otros nuevos entre nuestras preferencias. Del grupo de los primeros saqué de mi biblioteca una novela de Simenon, “Maigret y los testigos reclacitrantes” y una vieja edición en inglés de “Los papeles póstumos del Club Pickwick”, de Dickens. Y del segundo, el de los autores modernos, elegí un nuevo libro de Antonio Pérez Henares (nuevo para mí, animado tras la lectura de “La mirada del lobo”, que es su última obra publicada) cuyo título es “Nublares”, primero de una trilogía dedicada a la prehistoria.
Y para terminar, una obra casi monumental de Mauricio Wiesenthal, “Libro de réquiems”, tan difícil de situar en un género concreto. Una especie de paseo por lugares muy bien conocidos por el autor (París, Venecia, Cádiz, Londres, Viena, Roma, San Petersburgo…) en compañía de ilustres muertos: Tolstoi, Stefan Zweig, Casanova, Falla, Rilke, Mozart…
Pertrechado con estas lecturas avanzará mi otoño, y si al lector de esta columna le han servido de algo mis sugerencias, quizá tenga ocasión de comprobarlo próximamente en un vagón del metro, mientras huyo de los “glissandi” de algún violín zíngaro. Pero de los músicos del metro, como sujetos literarios, hablaré otro día.
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