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Le llamaban vida
Mario López
A los que la tenemos cerca, la muerte ni nos asusta ni nos hace más vulnerables a las dobleces. Por el contrario, nos afianza en las escasas convicciones que la sensatez aconseja. Y estas convicciones tienen más que ver con el corazón que con la cabeza. Los sentimientos son mucho más útiles y honestos que las ideas. Por mucho que discrepes de alguien es difícil abandonarlo si lo amas.
Estoy seguro de que con mi último aliento viviré mi última pasión. Y eso es un bálsamo. La vida ahí se queda, para el que quiera o pueda explicarla. Uno se va sin más asunto que el que deja a los otros; en cualquier caso, algo que no dura más de un par de semanas. Se preguntaba últimamente Fidel Castro que qué cosa era el tiempo. Quién lo puede saber. No hay físico, ni matemático que pueda dar una respuesta a ese gran absurdo que nos hace envejecer y llegar tarde a cualquier cita. La cronología es algo que nos fascina tanto que la acabamos convirtiendo en Historia, y la veneramos tanto que llegamos a condensarla en enciclopedias, anaqueles desbordados de novelas históricas, personajes y sucesos mil veces reescritos. ¿Cuál de los cien mil Tiberios que se han retratado tiene que ver con el que practicaba la pederastia en el isla de Capri? ¿Nos importa algo saberlo? No. Nada es importante, más allá de un beso amable.
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