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Del excesivo escándalo con Dragó y las japonesitas
Mario López
Es muy complicado hablar de sexo en este país que es, probablemente, el lugar en donde más enfermizamente se vive de todo el mundo. El caso de Sánchez Dragó y las japonesitas ha provocado todo tipo de reacciones vehementes. Esto lo único que demuestra es que por estos pagos seguimos sin vivir con naturalidad los asuntos de la entrepierna.
Que la pederastia es un delito, no hay que aclararlo. Pero tampoco se trata de llevarnos las manos a la cabeza y poner un grito en el cielo. La culpa es una reacción natural del ser humano que le permite su socialización, pero una culpa exagerada es una enfermedad. Lo mismo ocurre con las reacciones viscerales a cualquier asunto que pueda llamarnos a escándalo. Siempre que veo a alguien escandalizarse siento cierta vergüenza ajena; no sé hasta qué punto no está fingiendo una postura impostada a causa de una poco clara definición propia ante el asunto que presuntamente le causa escándalo. A mí, sinceramente, ya me escandalizan pocas cosas; y las pocas cosas que me escandalizan lo hacen muy tenuemente. La naturaleza humana lleva desentrañándose siglos y no seré yo precisamente el que acabe de rematar la faena. El sexo irrumpe en nuestras vidas a edades muy tempranas, como elefante en cacharrería. El sexo forma campos magnéticos inapreciables para unos y mortalmente devastadores para otros. La Historia y las muy diversas sociedades que han poblado y pueblan nuestro mundo han dado fe de lo paradójica, ciega, arbitraria y traicionera que es la libido. También ha quedado sobradamente demostrado el miedo que da el sexo a cierto tipo de sociedades. Con todo lo que acabo de decir no pretendo defender a nadie, ni siquiera a mí mismo (que he llevado una vida sexual insignificante), si no explicar por qué no me escandalizo con las últimas cosas de Dragó; que, esos sí, me parecen mal.
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