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¿Democracia o sinarquía?

Antonio Pérez Omister
Antonio Pérez Omister
@esapo1
domingo, 31 de octubre de 2010, 10:41 h (CET)
En el año 510 a.C., cuando la tiranía se desmoronó en Atenas, los miembros de la aristocracia de la más poderosa de las ciudades-estado griegas volvieron a enfrentarse entre sí por el poder. Para evitar que esta lucha intestina condujera a males mayores, el político Clisteneo, abuelo del célebre Pericles, se encargó de reformar la constitución vigente e instaurar un gobierno colegiado. Esto es, no elegido por los ciudadanos, sino formado por un grupo de ancianos, sabios e influyentes ciudadanos. Lo llamó sinarquía y funcionó relativamente bien durante unas décadas. El modelo no era muy distinto del que ahora se pretende reimplantar desde la Unión Europea.

Pero ¿quién o quiénes fueron los auténticos promotores de la sinarquía? Durante la tiranía, e incluso antes, los antiguos griegos habían aprendido a diferenciar a los plutócratas (originalmente, los plutos o dueños de la riqueza) del resto de los ciudadanos porque la filosofía que aplicaban los primeros era la pleonexia o deseo desmedido de poseer. De poseer todo tipo de bienes: mercancías, inmuebles, esclavos, tierras, poder sobre la ciudadanía… Con semejante actitud, destruyeron la antigua sociedad igualitaria que existía desde tiempo inmemorial (y que las crónicas posteriores recordarán como una fecunda Edad de Oro, con el bucólico nombre de Arcadia), y dieron lugar a otra época en la que la desigualdad y la violencia se convirtieron en algo cotidiano, generando continuas guerras civiles, hambrunas y otras calamidades.

Entonces apareció una clase de filósofos presocráticos llamada mesoi o conciliadores, que abogaban por recuperar el espíritu de la era antigua y para ello promocionaban su teoría del equilibrio, resumida en sentencias populares como «la virtud siempre se halla en la justa medida» o «nadie debe ser demasiado rico, para que nadie sea demasiado pobre».

Para encontrar la virtud de nuevo era necesario crear instituciones que regularan las prácticas comerciales desleales, la esclavitud y el caos social, impidiendo que los más poderosos pudieran imponer arbitrariamente sus condiciones a los demás. De esta forma aparece la filosofía de la arkhé o armonía, según la cual, los ciudadanos (los habitantes de la polis) sólo podían disfrutar de equidad (eumonía) si los acuerdos alcanzados entre ellos libremente eran respetados por todos. Según los filósofos, ésta era la situación de los hombres al principio de los tiempos, cuando su armonía en la tierra reflejaba la del universo entero.

La influencia de los mesoi fue inmensa en una sociedad en la que los plutócratas eran apenas un puñado de individuos pero aglutinaban todo el poder. Su propuesta de una sociedad syn arkhé (es decir, en armonía o también con orden) pasó a convertirse en un ideal al que podía aspirarse con esperanzas de materializarlo. Arkhé representaba la correcta evolución de todo cuanto existe, un avance paulatino hacia la divinidad, que idealmente debía extenderse en todos los ámbitos, no sólo en el de las relaciones políticas y sociales, sino en la vida personal. Para vigilar su correcta aplicación, se nombraban los arcontes (arkhontes) o magistrados, encargados de mantener el orden y la armonía: los verdaderos defensores del pueblo (demos).

Clisteneo aplicó estas ideas creando un gobierno de sabios aconsejado por los filósofos más destacados, que además tenían la misión de instruir al pueblo a través de las academias o centros de aprendizaje. Así se pusieron las bases políticas y sociales de la Grecia clásica, en la que Pericles, nieto de Clisteneo, instauraría la democracia o gobierno del pueblo.

Aunque era una democracia muy limitada, puesto que no podían participar en ella las mujeres, los esclavos y los extranjeros. Pero hoy tampoco es perfecta, puesto que se ofrecen unas listas cerradas de candidatos (muchos de ellos desconocidos) preparadas de antemano por las élites anónimas que mandan en los partidos. Y la participación de los ciudadanos en el sistema se limita a ejercer el derecho de voto cada cuatro años. Nada más.

Dos mil quinientos años después de su creación, la democracia todavía presenta muchas imperfecciones, y lo más alarmante del asunto es que en lugar de mejorar el sistema para facilitar la participación ciudadana, ésta se reduce cada vez más a través de instituciones supranacionales derivadas de la Unión Europea, que atentan contra la sobernía popular.

Algunos pensadores señalan que la actual civilización mercantilista que padecemos se parece demasiado a la descrita unos párrafos más arriba: el deseo desmedido de posesión de una minoría ha destruido la convivencia social, la armonía entre el hombre y la mujer, el respeto de los hijos hacia sus padres, el equilibrio entre la naturaleza y el ser humano, y muchas cosas más. Algunas de ellas irreemplazables.

No está claro de dónde surgieron los filósofos conciliadores, los auténticos impulsores de aquel cambio, pero lo cierto fue que los plutócratas tuvieron que resignarse a pasar a un segundo plano cuando la ciudadanía conquistó algunas parcelas de poder. Pero su frustración no hizo más que alimentar sus ansias de poder militar, económico y religioso y los llevó a reflexionar sobre si un número de ciudadanos, aun siendo mayoritario, podía agruparse y organizarse para defender sus intereses comunes, ellos también podían superar sus diferencias internas y asociarse para constituir su propia sinarquía. Conocemos la existencia de los mesoi, pero también podemos suponer la existencia de otro grupo de mediadores opuestos y afines a los intereses de los plutócratas.

Tal vez en aquel momento nacieron dos corrientes políticas y filosóficas. La primera, decidida a ayudar al ser humano, la segunda, dispuesta a esclavizarlo. Desgraciadamente, esa segunda alternativa, renacida de sus propias cenizas, es la que se está imponiendo en un mundo de economía globalizada presidido por el mercantilismo, el materialismo hedonista y el consumismo compulsivo.

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