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Etiquetas:   El futuro trfico   -   Sección:   Opinión

La cicuta de la dignidad

ngel Esteban
Redacción
martes, 11 de enero de 2005, 21:44 h (CET)
Con la llegada del ao 2666 pusieron m s de mil radares en las carreteras. Estratgicamente colocados por todas las v as del pas, principales y secundarias, vigilaban autov as y autopistas amplias donde el lmite de velocidad era 120, recodos de 50, comarcales de 70 u 80, e incluso calles concurridas de numerosas ciudades. En un mes, esos invisibles pero implacables objetos recolectaron m s multas que en los ltimos cinco a os. Uno de los puntos se hizo muy famoso: en la K-357, a la altura de Villacuernos de la Reina, una carretera ancha y recta, donde se poda circular a 120, terminaba abruptamente en las inmediaciones del pueblo, donde hab a un cartel de 40. El radar estaba colocado a 10 metros escasos de la seal, por lo que casi todo el que pasaba por all era indiferentemente cazado por el metlico polic a. El 14 de febrero contabiliz hasta 500 multas, 13 de ellas a miembros de alguno de los cuerpos represivos que anteriormente sembraban el p nico en las comunicaciones de la zona.

Pronto llegaron las retiradas de carnet, el bloqueo total de las cuentas bancarias, algunas encarcelaciones. Dos altas funcionarias del Estado, con los mismos trajes que llevaban en la revista veraniega que las fotografi, comparecieron ante los jueces por una sanci n histrica, al sobrepasar en 80 kms/hora el l mite permitido.

En muy poco tiempo, la circulacin diaria se hizo liviana, cada vez sal an menos coches. La mayora de los taxistas, conductores de autob s, incluso maquinistas de tren, perdieron sus credenciales para conducir. El negocio, sin embargo, fue para la empresa nacional de Correos. Las cartas iban y venan con celeridad y fruici n. Todo lo que se haba perdido con el impacto del correo electr nico en los ltimos siglos fue recuperado en un instante por la enorme cantidad de cartas que anunciaban multas, comparecencias ante los jueces, condenas de c rcel, sanciones econmicas en cuentas bancarias, p rdida de la condicin de funcionario, etc. Pero tambi n los trabajadores del gremio eran penalizados, y al final no hubo quien pudiera enviar fsicamente las cartas de un lugar a otro. Las palomas mensajeras no eran suficientes, y se demoraban bastante en la entrega de los sobres, de tal forma que muchos se enteraban de las sanciones cuando ya no se pod an recurrir. En ms de una ocasi n, alguna de stas palomas fue sorprendida por un radar, sobrevolando una de las v as muertas, y la justicia actu con el mismo celo que usaba para las personas.

El 15 de junio quise ir a trabajar. Cuando entraba en el garaje record que el da anterior me hab an confiscado el coche, porque desde principio de mes tuve que hacer frente a 4 multas y 3 comparecencias en el Tribunal Superior de Justicia, por las multas del mes anterior. Sal a la calle en busca de un taxi. Ni rastro. Llegaba tarde y opt por ir andando. La calle estaba desierta, pero un asomo de esperanza brillaba en el horizonte: la poluci n atmosfrica hab a desaparecido por completo. Cuando llegu a mi puesto ya era hora de volver, si quer a estar a tiempo para comer en casa. Por la tarde tena un cita con el m dico, a la que no acud porque su consulta estaba en el otro extremo de la ciudad.

Abatido, le expuse a mi mujer los motivos por los que cre a necesario que nos furamos a vivir a otro pa s. Ella entendi e hicimos las maletas. Dos d as ms tarde todo estaba preparado. Los chiquillos, algo nerviosos, pero muy ilusionados con la idea de aprender un nuevo idioma y conocer nuevas amistades. Bajamos todo el equipaje y nos apresuramos a abandonar el pa s de la forma ms r pida. Anita no conduca, a m me haban retirado el carnet, los ni os eran pequeos todav a y apenas haba transporte p blico. Los autobuses no se atrevan a salir de la ciudad y faenaban s lo en los suburbios y aldeas colindantes. El aeropuerto haba sido cerrado porque en sus inmediaciones dos radares hab an terminado con las ganas de acercarse.

Vencido, al fin, torn a casa. Abr la puerta, me sent en el sill n del comedor. Escptico, sosegado, consciente de mi dignidad, como S crates en su crcel, inger lentamente la cicuta.

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