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Etiquetas:   Columna deportiva   -   Sección:  

El Real Madrid no lo da todo

Miguel Terroso
Miguel Terroso
sábado, 30 de octubre de 2010, 07:44 h (CET)
La visita que hizo el Real Madrid esta semana a Murcia para disputar la ida de los dieciseisavos de final de la Copa del Rey puso una vez más de manifiesto (al menos a mí, ya que me tocó vivirlo muy de cerca) un mal endémico del fútbol español, y es la indiferencia, cuando no el desprecio, de gran parte de los aficionados al deporte rey para con los equipos de sus ciudades en detrimento de los dos colosos, Barcelona y Real Madrid.

Son muchos los que discuten que realmente el fútbol inglés esté por delante del español. Es posible que se pueda debatir sobre la potencia de los equipos punteros de ambas ligas, pero un aspecto en el que la liga inglesa gana por goleada es en la sostenibilidad de sus competiciones y sus clubes. El reparto de derechos televisivos es ecuánime entre todos los clubes, sustancial diferencia con lo que ocurre aquí, donde tanto culés como merengues se quedan con una parte insultante del pastel dejando para los demás unas cantidades realmente irrisorias que hace todavía más complicada la tarea de intentar acabar con el tedio que en muchos momentos supone que tan solo dos equipos puedan optar al título (una situación que no ocurre ni en una liga menor como es la portuguesa, donde hasta 3 equipos, ¡3, qué barbaridad!, Oporto, Sporting de Portugal y Benfica, son candidatos a ganar la competición doméstica).

Lo que genera este reparto más justo en Inglaterra de la tarta televisiva no es otra cosa que el hecho de que allí el concepto de afición es radicalmente distinto del que tenemos en España. Las competiciones profesionales inglesas de fútbol albergan hasta 4 categorías (hasta la Third Division, el equivalente a la tercera división española), justo el doble que en España, y es porque los estadios se llenan de seguidores, con entradas de hasta 15.000 espectadores en unos estados llenos de fervientes y devotos seguidores a los que no les importa las penurias que su equipo esté pasando. En los finales de temporada, cuando se deciden los ascensos de categoría, no es extraño ver Wembley con entradas de hasta 60.000 espectadores para ver un partido entre dos equipos de Third Division. ¿Se imaginan un partido de ascenso a Segunda B con el estadio Santiago Bernabeu lleno? Yo tampoco.

Muchas pueden ser las causas del fenómeno que hace que en España muchos clubes pequeños sobrevivan con masas sociales que no están acordes con el seguimiento masivo que tiene el fútbol en este país, pero una de las que primero me viene a la cabeza es que, como en cualquier tema de cierta relevancia en este país, la gente tiene la fea e insana costumbre de llevarlo al ámbito personal, tomándose las críticas hacia sus gustos, preferencias o afinidades como un ataque directo hacia su persona (reaccionando ante esto con la virulencia que nos es característica). La solución entonces para mucha gente con problemas de autoestima es apuntarse a caballo ganador, hacerse de un equipo con un palmarés jalonado de numerosos y brillantes triunfos que uno mismo puede atribuirse para sentirse más realizado y en general, mejor persona.

No se trata, obviamente, de tener una actitud hostil respecto a los clubes que para bien o para mal son los que otorgan prestigio al fútbol español de clubes en Europa y en el mundo, pero tampoco se puede vivir de espaldas a los clubes que deben dar ese estímulo competitivo a nivel nacional. Y eso en gran parte está en manos de los aficionados.

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