Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Un mono con un tampón

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 29 de octubre de 2010, 22:00 h (CET)
Con la genialidad se nace –autor-, la maestría se consigue en base a mucho trabajo –escritor- y la aberrante vulgaridad no es nada más que el resultado de que mono se haya creído que ha llegado a la cima del arte. Entre éstos últimos se encuentra el afamado burro flautista, de Iriarte, o ese mono al que se le han proporcionado un tampón, un sello y papel, al cual, si además se le regalan plátanos por cada sello que logra dejar impreso en el folio, es más que probable que llegue a creerse Goethe.

Las mercantilistas editoriales, sin más interés en la cultura que encuadernar y vender paja como si fueran genialidades literarias, cuando no esa política de manejo y control de masas que ha usado y usa por ariete literario a escribanos sin más méritos que una prosa de campaña y mucho márquetin, hicieron y hacen un flaco servicio a la Cultura, y desde hace ya cinco o seis decenios poco o nada de lo que se vende en las librerías mucho tiene nada que merezca la pena. Y digo Cultura y no otra cosa, porque en las ingentes páginas de todos esos escribanos contemporáneos de mucho éxito librero no hay una sola gota de Literatura.

La política siempre ha despreciado el talento y ha sentido acervo pánico de la inteligencia de los hombres cultos y libres, razón por la cual ha usado siempre mil artimañas para convertir en gurús de las letras no a literatos, sino a cuentistas, y no a autores de calidad y contenido que han sabido dosificar el argumento y el ornamento en las dosis exactas, sino a mamarrachos de mucha túnica y conducta de malandros, haciendo creer al público lector que la calidad tiene que ver la estrafalaria vestidura o el arte con la trasgresión hortera. Y no: un fumeta, sobre todo, es un fumeta; un pervertido, una criatura despreciable; un pedófilo, alguien que debería ser apartado de la sociedad; un miserable, alguien de quien mantenerse lejos; y un asno, una criatura que sólo puede rebuznar. Sin embargo, en esta ceremonia de la confusión que vivimos, los políticos jalean a esas criaturas abyectas que nada tienen que ver con el arte, simplemente porque idiotizan a las masas de votantes y les facultan para seguir mamando de la teta. ¡Qué sabrán los políticos –véase adónde nos llevan- de arte ni de literatura! Y, claro, tenemos la realidad que nos asuela: basura, simple e inmunda materia excrementicia, así en lo moral como en la obra de estos talentos. Nada o casi nada hay en las librerías actuales, ni prácticamente desde el fin de la Guerra Civil o de la II Gran Guerra, que no merezca mejor suerte que la del bombero pirómano: un buen fuego. Y no porque sus obras versen sobre cuestiones ideológicas, sino porque precisamente no versan sobre nada, ni aportan nada, ni contienen arte alguno más allá de mirar una historieta de paralíticos mentales por el ojo de la cerradura de unas páginas que jamás justificaron el sacrificio del árbol del que se obtuvieron. Por eso tenemos en España el solar cultural que habitamos, los argumentos de series televisivas o cinematográficas tan lastimeros o la inmunda categoría de algunos de nuestros escritores más afamados.

Nada hay de extraño, pues, en que Sánchez Dragó y compañía haya escrito en esa supuesta obra biográfica con punibles aberraciones semejantes que se meten de lleno en el delito más abyecto, o en que la decimonónica, carpetovetónica y trasnochada señá Aguirre haya defendido a su adefesio con la vehemencia con que lo ha hecho. El primero, ¡pobre!, no da más de sí ni jamás lo dio, pues su obra no vale ni el papel sobre el que está escrito; y la segunda debe justificar su permanente atentado contra cualquier cosa que tenga tufo a cultura y la entrega del dominio de Teleaguirre a ese adalid de la ignorancia más repulsiva. Un mono con un tampón, palabra, haría mejor papel, dónde va a parar.

La literatura pesa, es cuantificable, se puede medir. Desde ese fin de la Guerra Civil, y salvo tan escasas como muy honrosas excepciones, poco o nada de lo publicado tiene valor, y todos o casi todos los autores son, o productos de márquetin para iletrados, o artificios políticos para servir a intereses espurios. Cuando se valora la lista de nombres que han recibido enormes merecimientos en estos decenios, ya sea en premios literarios particulares o nacionales de mucha millonada y jactancia, ya sea en esos otros internacionales de mucho bombo y trompetería, o ya en la relación de los best-sellers, uno no puede sino entiparse unas cuantas píldoras de Prozac, pero, a la vez, comprende el porqué de la derrota que lleva a la sociedad directamente hacia el abismo: cuando se devora paja, sólo un rebuzno se puede esperar; y cuando se ofrece basura por cultura y divos horteras por vanguardia del arte, sólo se puede lograr el esperpento. Ha sido y es la sublimación del disparate, de lo descabellado, de lo absurdo. Y así vamos, cuesta abajo hacia el desastre en lo social como en lo moral y en lo artístico como en lo todo lo demás: el espectáculo está ya en la calle.

Para quienes no lo saben, la novella nació en el quattrocento para que la ciudadanía, ya algo más culta que en épocas precedentes, pudiera participar de los grandes debates filosóficos que pretendían construir la sociedad, sacando esos temas del restringido mundillo de eruditos en que se encontraban para aproximándoselo al gran público mediante una historia en forma de parábola que contenía un tesis, una antítesis y una síntesis. Nada del cotilleo de mirar por el ojo de la cerradura a una historia ajena había en ello, como no lo había de calentarse la entrepierna o de excitar el ánimo.

La irrupción del mercantilismo editorial y la intrusión de la política y sus promociones interesadas en este ámbito, han facultado la notoriedad de los monos, y tenemos, claro está, lo que tenemos: monadas, gurús, supuestos genios que deben serlo por la mamarrachada o el atuendo, o esas absurdas y aberrantes criaturas que se jactan de orinar al público desde un palco, de ser horteras, de practicar la pedofilia, de estar permanentemente drogados o de vender sus propias heces enlatadas. Es lo que hay; es donde hemos llegado. El espectáculo está en la calle, ya digo; la literatura, sin embargo, sólo en algunos oscuros rincones de unas pocas librerías. La calidad literaria murió hace mucho tiempo a manos de mercachifles y políticos. RIP.

Noticias relacionadas

García Bacca

Juan David García Bacca fue un filósofo, lógico, ensayista y traductor

¿Existe una contabilidad divina y exacta?

Como ninguna energía se pierde, después de la muerte del cuerpo físico la energía tiene que integrarse en alguna parte

Crueldad o justicia

¿Se acepta una justicia injusta?

Médicos, enfermos y políticos

“Ópera magna”: de cómo consiguieron enfrentar a los pacientes y sanitarios, externalizar la sanidad al sector privado, empobrecer la sanidad pública y retroceder más de treinta años en las coberturas básicas

Irrepresentativa

Si en algo coincide nuestra clase política, es que cada vez está más alejada del común de los mortales
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris